𝐀𝐍𝐃𝐑𝐄.
Andre pestañea un par de veces y, al ladear la cabeza, siente el estómago dándole vueltas.
— ¿El ángel de la guarda?
Ni si quiera le causa gracia. Tampoco pena, sólo un odio que le sube por la garganta, como si fuera una úlcera en lo más profundo de las entrañas, y sale atropellado junto con el humo del cigarrillo:
—Hay que ser estúpida.
no se inmuta en lo absoluto, tan sólo parpadea de forma neutral. bastante crítica despectiva se hace dentro de discernimientos como para que opinión de desconocido fuese a recibir reacción inoportuna. recuerda entonces una de las únicas lecciones que su madre le ha dado: compórtate, boheme, no hay nada más desagradable que la falta de delicadeza. es cuando cierto resquemor surge, no ante la presencia impropia, sino como resultado de aquella insólita creencia plantada en razón como parte del chip parental ( que al parecer, de todos sus hermanos, sólo le habían implantado a ella ). “ ¿estúpida por qué? ¿por creer algo diferente a lo que crees tú? ” indaga sin ánimos de empezar discusión pues tonalidad todavía no es hostil y en su lugar, rebosa en curiosidad, en una dogmática serenidad absoluta. “ es tan subjetivo el creer en ángeles de la guarda como el llamarme estúpida en base a ello, ¿o no? si hablaremos con lógica. ” se encoge de hombros y deja de encararlo para atención desviar en ángeles y demonios conviviendo en eufónico desorden. “ pero lo tuyo es el cinismo, me imagino... te pediría que por lo menos acompañes tu opinión de algo más interesante pero tú eres de los que ven todo gris, ¿no? gris y apagado, es casi tan triste como estar ciego. ”









