Si alguien está a punto de cometer una estupidez, uno diría que la culpa y la ansiedad son lo primero en inundar al corazón. Pero, que, aun así, la decisión vale más que el miedo. Puedo afirmar que tal suposición es de lo más estúpido. No, cuando uno está por hacer algo alocado, no hay persona más segura y valiente en el mundo. Es una certeza casi fuera de la realidad. Ningún rastro de dudas, ni razón siquiera. Así estaba yo la primera, y única, vez que lo fui a visitar.
Nunca había hecho algo así. Era una experiencia tan ajena que me parecía familiar. Eran cosas sencillas, cosas que siempre había hecho: que ir a un sitio público, que pedir un taxi, que subirse en el auto y luego bajarse, que alguien me fuera a recibir y que regresara al punto de partida. Pero creo que sobra decir que la situación había sido única en mi vida, al menos hasta la fecha.
Era una zona tan callada. Uno sabía que había gente por ahí, pero no se veía. Tal vez porque era un jueves en la tarde, una tarde calurosa, que las calles tenían pocos peatones y ninguno de ellos decía una palabra. Sus pasos parecían ser sobre nubes y sus ánimos entre niebla. Tan fantasmal, pero llena de vida.
Me había contado él, que las palabras viajaban más rápido que la luz en ese barrio. Que debíamos ser cuidadosos, me había dicho. Pero a mí no me importaba.
Bajándome frente al edificio, sonreí ante la ironía. Era una construcción de los años ochenta. Nada especial, realmente. Tenía 5, tal vez 6 pisos, una fachada sencilla con las ventanas de paletas y columnas marrones. Se veían los balconcitos rejados con macetas de suculentas y uno que otro trapo tendido. En el tercer piso, recuerdo, había una señora alimentando a un desesperado periquito azul dentro de una plateada jaula cubierta con un mantel de girasoles.
Pero tenía algo. Ese condenado edificio tenía algo que no me dejaba caminar más allá de él. No, tenía que quedarme de idiota estudiándolo, parada frente a él, aunque fuera por unos segundos. Estaba fascinada, nunca había sentido tanta familiaridad ante un lugar tan desconocido. Había algo confortante en sus cálidos colores y en la pintura caída de sus paredes. Era un sentimiento acogedor el que emanaba de su fachada, tal vez era lo colorido de los manteles, lazos y decoraciones de los balcones. Tales que te reciben con caramelos, té de hierbas y gelatina de naranja, como en la casa de cualquier abuela en este lado del mundo.
Tal vez, era lo inmortal del edificio lo que me fascinaba. O que estaba rodeado de edificios más deslumbrantes. De aquellos que uno se encuentra en la ciudad: de más de 30 pisos, todos blancos y con amplios ventanales. De esos que se mantienen más bien vacíos. Siempre tuve la impresión de que eran de plástico. Más bien, de papel, destinados a ser demolidos para convertirse en una plaza comercial que también quedaría vacía. Los detestaba.
Creo que sí, que eso era lo más impresionante. Tan acostumbrada a los edificios desechables, que este particular que se mantenía en pie y en movimiento por varias décadas ya, era lo que más me asombraba. Era bellísimo y colorido. Tal vez no muy imponente, pero allí su encanto.
Cualquiera que escriba sabe lo complicado que es ser breve y lo anhelado que es el don. Cualquier escritor sabe la belleza que hay en la simplicidad.
Era un espacio sencillo, pero tan amado.