Pienso en la pequeña que fui hace varios años, mientras pasaba el momento más difícil y el clima más oscuro de su vida, en una edad tan temprana como la mayoría de las experiencias que recababa en su memoria.
Ella lloraba, cada día, cada noche, raro era el día en el que la tristeza no se apoderaba de su pequeño cuerpo y la hacía explotar en lágrimas y sentimientos destructivos.
A su corta edad, 11 años, ya cargaba con problemas de adolescentes, tenía dependencia emocional de una persona que por más que intentara, no le iba a corresponder, pasaba por bullying que consumía todas las zonas en las que estaba en su día a día, un padre que la amaba, pero siempre se encontraba ocupado para darle el futuro que quería para ella, una madre que se sumergía en sus necesidades y las mismas no le permitían voltearle a mirar.
Su única y más fiel compañía, era el miedo, la constante sensación de miedo de ser quién era, de mostrar todos sus colores y obtener un rechazo de los demás por lo mismo. Y miraba al cielo, mientras en su cabeza hablaba con aquel ser divino que le presentaron desde que tuvo memoria, haciéndole constantes preguntas sobre por qué la hizo así, por qué no le dió una vida más fácil, como la que veía en sus amigas, quienes se comportaban siendo ellas sin problema. Viviendo del miedo, el miedo a morir, y a su vez, deseando perder ese único miedo, para terminar con todos los demás, el miedo a que sus papás no acepten la persona que realmente es, el miedo al rechazo del mundo, el miedo al sentimiento de soledad constante, el miedo a sí misma.
Y al terminar cada uno de sus días, mientras lloraba en un rincón en el que se sentía un poco más cálida dentro de su habitación, observaba la puerta, cerrada, y fría.
La observaba, mientras en su cabeza retrataba escenas donde alguien, quién sea que fuera, atravesara esa puerta, la tomara en sus brazos, y la salvara de toda la oscuridad que dentro de sí misma la estaba consumiendo; y lo anhelaba tanto, y tan fuerte, que dolía, porque al mismo tiempo, lo pedía tan silenciosamente, que para su muy mala suerte, nadie pudo escucharla, y nadie jamás atravesó esa puerta.
En mi corazón no hay cantidad posible de medir para expresar el orgullo que siento por ella, incluso con todo el mundo en su contra, resistió, luchó tan fuertemente que aunque hubiese pasado cada noche llorando y estando a un paso más de rendirse, al día siguiente salía a vivir ese día más que tanto le dolía vivir, y mostraba el mejor lado a los demás, el lado amable, el lado feliz, siendo la niña dulce, tierna, y feliz que la mayoría de su entorno recuerda que conoció, sin saber que de eso, nunca hubo tal cosa.
Hoy, con 17 años, siendo lo que soy, viviendo el día a día, con climas bajos a menudo, con oscuridades temporales que apuestan por ser permanentes, me lleno de saber que incluso con todo en mi contra, no permití rendirme, me lleno de pensar, en esa Mariana y darme cuenta de todo el peso que cargaba en sus pequeños hombros, y en como pudo cargarlo todo y lanzarlo fuera de sí.
El camino a la felicidad nunca va a ser estable, siempre hay caídas, algunas más difíciles de superar, algunas más largas, otras que, incluso parece que no superaremos nunca, pero la respuesta siempre es intentar, intentar todas las alternativas a la mano para salir adelante, para salir de todo aquello que no se siente bien.
Hoy, después de 6 años, abro la puerta de aquella habitación, y tomo fuertemente en un abrazo a esa pequeña yo, mientras le digo lo orgullosa que me siento de ella y de su fuerza, porque sé lo necesario que eran esas palabras para ella, le explico que está bien, que su personalidad está bien, su manera de expresarse está bien, no tiene nada que ocultarle a los demás y que puede cambiar su apariencia físicamente sin necesidad de atormentarse tanto en el proceso.
Y hago una tregua, por fin, con ella, porque ni yo ni ella tenemos la culpa de las cosas que la vida nos puso en el camino, que de todos tuvimos una experiencia y quizá era necesaria para ella, y para mí, que estaremos bien.