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Instrucciones para tomar espuma de café capucchino sabor cajeta.
Una vez que el mesero sirve el vaso, diga gentilmente gracias. Y si se anima. Sonría al momento. Acto seguido fije la mirada en el vaso, el plato, y la cuchara. Observe cómo están los ingredientes uno sobre otro. Usted en algún momento tomará eso pero mezclado. Aquí aplica perfectamente el axioma que indica que “el todo es más que la suma de las partes”. A veces uno tiene lo que necesita pero no sabe qué hacer con todo eso. Es preciso saber dar a cada cosa su lugar, su espacio, tiempo, y dedicación, al momento de mezclar. Pero regreso a las instrucciones. Vea la bebida. Imagine qué tan caliente puede estar. Después (y únicamente después de eso), tome pequeñas cucharaditas de espuma y canela. No se preocupe si los comensales que se encuentran a su alrededor lo miran extrañados, tal vez preguntándose qué diablos hace Usted, y clavando las miradas sobre su mano, la cuchara, y la espuma. Me refiero a esas miradas acusadoras que no requieren de mayor explicación y descripción. Esas que nos enseñaron nuestros padres cuando éramos niños. Las que nos propinaban cada vez que hacíamos algo mal. Las que usaban para advertirnos de no cometer la misma falta. De esas que clavan la mirada sobre nuestros ojos. Que hurgan en nuestros pensamientos, en la moral, y hasta en los sentimientos. Que no dicen nada, pero que expresan que eso no debe hacerse.
Tampoco dé mucha importancia esas miradas. Puede ser el caso que tan sólo Usted piense que lo ven, y lo juzgan. Y en realidad no lo ven (y tampoco lo juzgan). Pero ya me extravié otra vez del instructivo. Así que prosigo.
Entonces, sírvase las cucharadas de espuma que considere necesarias. No se apresure. Tiene que tomarse el tiempo necesario, y sólo el necesario para tomar la espuma de café capucchino sabor cajeta. Sienta la canela, el café, y la leche. Todo ello se encuentra en la espuma. Si por error voltea a mirar a la mesera, al comensal que está a su lado (o a su acompañante), regrese la mirada a su mano, la cuchara, y la espuma de café capucchino sabor cajeta. Es una tarea que puede llevarle dos, tres o cuatro minutos. No se trata de pensar filosóficamente mientras toma pequeñas cucharaditas de espuma de café capucchino sabor cajeta. Ni lucir extravagante a los ojos de los demás (o de usted mismo). De lo contrario este instructivo tendría otro título, otra intencionalidad, y obviamente, otro discurso. Podría llamarse: Cómo lucir extravagante o intelectual mientras toma pequeñas cucharaditas de espuma de café capucchino sabor cajeta.
Usted podrá notar que conforme se acerca a la superficie de su bebida, el sabor de la espuma cambia. Ya no le sabrá a canela. Tal vez, tampoco a café, y sólo tenga cierto sabor a leche. No siempre es igual. La textura de la espuma tampoco es la misma, la de arriba es diferente a la de abajo.
Ya que ha terminado con la espuma de café capucchino sabor cajeta. Fije la mirada en la cajeta, la cual, por obvias razones de física, se encuentra en el fondo del vaso. A continuación proceda a mezclar los ingredientes con la cuchara que acompaña la bebida mientras observa con atención cómo se disuelve la cajeta, la leche, y el café. Comprobará después que ciertas cosas por separado, no siempre tienen un buen sabor, pero reunidas todas, crean algo muy bueno. Es preciso notar que los ingredientes requieren de ciertas cantidades, no más, ni menos. De lo contrario el resultado puede ser no muy placentero. Así sucede con la vida. Pocas personas reparan en ello.
No todas identifican lo que parece ser un adorno. Ya que terminó. Pruebe la galleta sabor chocolate que sirven al costado del vaso. No olvide que también debe tomar la bebida.
Probablemente se dará cuenta que es mucha cajeta. Que le resta sabor al café. Que la bebida bien podría pedirse a la mesera como un vaso de cajeta con café capucchino.
No cuente las calorías. No se flagele ni se aflija (tiene toda la semana para hacerlo). Dicho esto, ahora sí le narro el instructivo sobre Cómo lucir extravagante o intelectual mientras toma pequeñas cucharaditas de espuma de café capucchino sabor cajeta…

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¿Por qué tomar algo que no te gusta?
Me han servido ya mi segundo capucchino sabor cajeta.
Un día se me ocurrió pedirlo. ¿No será demasiado dulce? ¿no tendrá demasiadas calorías? (¿no tendrá demasiada cajeta?) Tal vez sí, tal vez sea por eso que sólo la primera vez le agregué un poco de azúcar (¿se imagina Usted añadirle azúcar a la cajeta? ¡Pues eso hice!) Después ya no añadía nada. Solo un gracias a la mesera o mesero.
Un día Don Genaro, quien la hacía de mesero en la Cafetería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, lanzó una importante advertencia en tono de sugerencia, ya que había servido mi café: Ya no es necesario agregar azúcar. Don Genaro sonreía siempre al momento de servir; su voz se escuchaba amable, bonachona diría yo, Con frecuencia se le oía reír y echar chascarrillos por ahí. Ya pasaba de los setenta años, pero se le oía joven y sencillo. A veces detenía la lectura para escucharlo hablar. Dicen que las palabras dan cuenta de nuestro pensamiento y personalidad. Y las suyas eran las de un espíritu amigable.
Pues bien, a la advertencia lanzada por Don Genaro, decidí responderle con una sonrisa a modo de agradecimiento. Por breves segundos (así son todos: pequeños, rápidos, pero significativos) recordé el primer día que pedí un café capucchino sabor cajeta en La Selva, una cafetería ubicada allá en una esquina de la placita de Tlalpan. Fue la primera de tantas veces que visité el lugar acompañado de tan sólo un pequeño morral negro, un Kindle que cargaba para leer, unos audífonos y mi ipod nano. Pasaban ya quince minutos después de las seis de la tarde. Había comido unos chilaquiles verdes, y bebido una cerveza pacífico bien fría.
¿Desea algo más? ¿un café, tal vez? -me preguntó el mesero-, Y pedí la carta. Tomar un café que no hubiera probado antes sería una buena opción. Y ahí estaba yo mirando los capucchinos, y los sabores. Quería algo dulce que contrastara con lo amargo del café. Eso lo descubrí varias semanas después cuando pedí un sabor diferente, tal vez amareto, u otro que no recuerdo el nombre, era un sábado en la Cafetería La Selva del Fondo de Cultura Económica.
Dicen que de la vista nace el amor, y el café capucchino que no era sabor cajeta no produjo en mí esa sensación que algunos llamarían ‘amor a primera vista’. Por el contrario, no supe qué hacer, ni cómo tomarlo. Cada sorbo que daba a la bebida provocaba en mí una especie de recriminación: ¿por qué tomar algo que no te gusta?
Otro día descubrí que era suficiente con pedir un sólo café capucchino sabor cajeta, y no dos.
"Los objetos en el espejo están más cerca de lo que aparentan". No sólo en el espejo, también en nuestros pensamientos, en nuestros actos. Pero no siempre los vemos: a los objetos, a las personas.
Hoy no escribiré nada. Caminaré por las calles de Coyoacán, tal vez compre un café moka en La Catrina, tal vez decida escuchar sólo estas notas. Ensimismarme por un rato. Mirar, sin mirar a mi alrededor. Ver, o mejor dicho, verme sin mirarme.
Verme (pensarme) a través de la música. A ver a dónde me lleva...
No, éste no es un curso de ética del dibujante. Tercera parte
No se borra lo importante
Y es así que todo esto me llevó a escribir su nombre durante el día y la noche. La mayor parte del tiempo lo escribí en mi memoria. Ahí se dibujaron también muchas ilusiones, deseos, y desencuentros.¿Y ahora cómo borrarlos?
Decidido un día me propuse la tarea de eliminar las letras que unidas todas, formaban su nombre y la significaban. Pero al poco tiempo recordé lo inútil que era. El oficio de dibujante enseña que no todo se puede borrar. Pues se estropea la obra. Solo deben atenderse los excesos.
No todos los trazos son erróneos. Ahí están las palabras dichas, las pensadas e imaginadas, los silencios; el esbozo de las ilusiones, de los deseos y de todo aquello que es posible imaginar; las historias cumplidas y las no cumplidas, las ciertas y falsas.
No resulta preciso pintar de blanco el cuadro (el dibujante nunca se atrevería a realizar tal cosa) para reiniciar el proyecto. En ocasiones la obra tan solo requiere de mayor cuidado, pero sobre todo de paciencia. Imaginar los posibles trazos y a continuación marcar ligeramente la idea. Todo dibujante debe aprender a disculparse a sí mismo, porque no todo le saldrá bien (y a la primera).
Así pues, no borré su nombre ni lo que significaba. En una obra se pueden borrar muchas cosas. Pero no lo que es importante.

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No, éste no es un curso de ética del dibujante. Segunda parte
Y entonces ¿qué hacer? Entonces, nada.
Cuando el dibujante no puede conseguir un trazo que lo satisfaga, debe detenerse. Lo suficiente como para conciliar la tranquilidad. Para repensar el trazo, la estrategia. Ensayar el trazo. No aplica "dibujar lo mismo" en otra parte porque los trazos son únicos y corre el riesgo de no querer repetir lo que ya se hizo.
A veces la única salida es dejar el cuadro como está. Abandonar el proyecto. Aunque debo admitir que, como dibujante, nunca he abandonado un cuadro, lo he dejado para otra ocasión, le he dado su tiempo (mi tiempo). Hay obras cuyo destino consiste en ser sólo una idea o un proyecto.
Lo cierto es que un cuadro representa una pasión entregada. El dibujante sabe que nunca (reitero: nunca) dibujará lo mismo más de una vez. Cada obra representa una pasión entregada única y distinta.
No, éste no es un curso de ética del dibujante
Dibujar a lápiz no requiere de mucha expertise, pero sí de mucha paciencia. Desde el principio se sabe que quien hace los primeros (y últimos) trazos, se equivocará. Por lo que el borrador llega a ser tan importante que el lápiz. El primero le reprocha sus excesos pero nunca su ligereza. A veces reclama la indecisión de los trazos. Pero sobre todo castiga los excesos.
El borrador suele usarse para "eliminar" los errores, los excesos, los malos trazos. Pero no todo puede borrarse. "Siempre" suele quedar una marca, una imperfección, un pequeño espacio en el cual el dibujante "sabe" que ahí existió un error. Y puede ver esas imperfecciones que pueden o no ser visibles a los demás.
Con la práctica el dibujante reconoce el peligro que puede llegar a significar un borrador. Por intentar borrar (desaparecer) un error, o una imperfección, puede hacerlo mucho más evidente. Al grado de resultar molesto.
El dibujante aprende que existen trazos más difíciles que otros. Y descubre que una obra solo admite cierto número de trazos "correctos" y de "borrones" y de "cuentas nuevas". Reconoce, o si se prefiere, llega a descubrir que existe un especie de equilibrio entre un borrador, un lápiz, y una hoja de papel.
Quien piense que he olvidado hablar de la textura del papel, está equivocado. Los principios arriba mencionados se aplican a la textura y resistencia del papel.
Este manual ético (todavía incompleto) sobre dibujar se aplica siempre. El dibujante sabrá al iniciar cada trabajo dónde tendrá más dificultades. Y deberá tomar la decisión de dibujar esa parte o abandonarla. Se puede trazar ligeramente o con mayor fuerza. Pero está prohibida la indecisión, o mejor dicho, cuando ésta es sumamente grande.
El dibujante que adquiere mayor expertise "maquilla sus errores", los hace parte de su obra. Esos "detalles" (que sólo él sabe) llegan a caracterizarlo frente a los demás. No todo se puede maquillar. Pero si es conocedor, sabrá que a veces no se puede hacer más. En eso tiene razón Saramago cuando afirma que llega un momento en que una obra no admite un trazo más.
No, no es un manual de ética del dibujo. Es una manual de ética del uso del borrador. No todo lo que se decide borrar debe eliminarse. El que dibuja no siempre elimina errores con el borrador. A veces descubre que los trazos eran los correctos. Se debe tener cuidado de no adelantarse o desesperarse.
Quien dibuja es probable que escriba, y hasta aquí me acompañan estas palabras.
Uno nunca sabe
LF
De la conciencia y otras malas amistades
Pobre de ti. Porque yo, tu conciencia, te lo dije un día antes, Sí, sí lo hiciste. ¿Y ahora qué?, Y ahora nada, las conciencias sólo se encargan de recordar (reprochar) lo que se debe hacer, y no se hizo. De sugerir lo que debes hacer; de acompañarte en los peores momentos, cuando nadie más está contigo; de reprocharte lo imbécil que fuiste, Grata compañía la tuya, A mí no me culpes. Tú me has llamado.
Los ojos de infante
Yo no entendía sus ladridos. Pero su mirada la comprendía muy bien. Siempre que nuestras miradas se cruzaban, recorría por mi cuerpo un escalofrio que perturbaba, como si sus ojos urgaran en mis pensamientos; aquellos no eran los de un perro. Llegué a convencerme de que Infante sólo tenía la apariencia de un can, sin serlo.

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El duelo
Ese día no llovió ni nevó, tampoco era un día nublado, ni hacía frío. Ese día, en cambio, regresé a casa, cerré con llave, cerré la puerta de la habitación, y decidi dormir, mucho, bastante, lo suficiente como para olvidar, o para pensar que todo había sido un sueño.
De la gripe y otros catarros intelectuales
Cuando la inspiración se hace presente, no hay de otra que atenderla. Es igual a la gripe, no te deja en paz, te sigue a todas partes, te recuerda en cada estornudo que… tienes gripe.
No te deja pensar en otras cosas, de modo que debes resignarte, o bien, tomar la circunstancia del mejor modo posible. Lo que puede significar no tomar medicamento alguno y… esperar… esperar… y esperar a que te duela completamente la cabeza, por no decir que a esas alturas (lo de alturas lo digo deliberadamente), apenas puedes darte a entender por la moquera que te cargas. Ya no se mencione los escalofrios, los ojos más rojos que una bandera comunista… Ah! pero eso sí, ¡con una coca bien fría! Total, ya estàs enfermo (o enferma), qué más da.
Pero ya me perdí un poco. El asunto con la inspiración es que no siempre llega en el mejor momento (¿es que existe un mejor momento?). Retiro lo dicho. Siempre llega en el mejor momento.
Pero tiene su chiste. El problema es que en mi caso, la inspiración suele llegar ¡a las tres de la mañana!