Sin exégesis
Lo que a continuación voy a narrar sucedió durante una noche de verano, a principios de la década de los noventa. En aquél entonces vivía en Londres con mis padres, quienes no se cansaban de exigirme que me pusiera a trabajar, pero yo decidí renunciar a la vida que ellos, y la sociedad, trataban de imponerme y me dediqué a vivir una vida llena de excesos y hedonismo, de la cual muchos de ustedes, lectores, se podrían sentir más que horrorizados.
Una noche en particular de aquel verano, fui con mis amigos a un club nocturno. Algunos de mis compañeros consiguieron un par de chicas y otros decidieron irse temprano, así que nos dejaron solos a Syd y a mí.
Nos fuimos a su departamento con la intención de escuchar música y seguir bebiendo. Durante el camino, Syd me platicó que su distribuidor le acababa de vender la heroína más cara que había comprado, pero le aseguró que era la más limpia y pura que podría probar jamás. Lo mejor de todo es que estaba dispuesto a compartirla conmigo.
Al llegar a su casa, Syd no perdió el tiempo y buscó lo necesario para preparar la sustancia que ansiábamos probar. Él fue el primero en inyectarse: la sustancia le hizo efecto al instante, tanto que tuve que quitarle la aguja del brazo antes de poder comenzar con mi propia experiencia.
En cuanto introduje la sustancia en mis venas me separé del mundo real y me fui directo a un mundo onírico.
Me encontré acostado en el desierto, sin poder moverme. Al principio todo fue confuso, parecía ser de noche y no sabía dónde me encontraba. Comencé a caminar y de inmediato sentí que no estaba solo. Miré alrededor y a lo lejos me encontré con un par de ojos de color rojo que me miraban sin pestañar.
De pronto, un ser amorfo y oscuro, que se confundía con la noche, se desplazó hacia mí a una velocidad inhumana y, de inmediato, sentí cómo me recorría un escalofrío por todo el cuerpo: me invadió el terror.
Intenté correr, pero no pude moverme. En cuestión de segundos me invadió una masa oscura, un tanto líquida; sentí que perdía el aliento y pensé que iba a morir. Todo me dio vueltas. Me sentía como si me hubiera atrapado un tornado.
No sé cuánto me habrá durado esa sensación, mi frecuencia cardiaca era tan fuerte que podía escuchar los latidos de mi corazón y perdí la noción del tiempo —y del espacio—. De un momento a otro, me encontré tirado en el suelo. Había más luz en el ambiente, pero al estilo del ocaso.
Seguía sin poder moverme, mis músculos no respondían y comencé a preocuparme porque había unas aves volando en círculos alrededor de mí. Cada vez volaban más cerca. Traté de gritar, de moverme, de darles cualquier señal para que supieran que seguía vivo… pero no pude.
También percibía una vibración en el piso, pero el terror que sentía por estar a punto de ser comido en vida desviaba mi atención, hasta que los seres voladores se alejaron y vi llegar a una hermosa mujer montada en un caballo.
La mujer bajó del caballo, se acercó a mí con movimientos sutiles pero precisos y estudiados. Me cargó con mucha facilidad, me subió con ella al caballo y comenzamos a andar. Me llevaba en sus brazos y de pronto me comencé a marear y a ver escenas de mi adolescencia, de mi niñez: vi a mis padres, a mis maestros de la escuela, me vi jugando en el parque al que me llevaba mi madre después de hacer mis tareas de la escuela.
No sé describir si eran imágenes lo que veía o sólo eran recuerdos. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. Me olvidé de la mujer que me llevaba en los brazos hasta que vi escenas que no recordaba: ¿ya no era mi vida lo que pasaba por mi mente?
Comencé a llorar, era un llanto ruidoso, de desesperación. No lo podía controlar. Y era porque había vuelto a ser un bebé y sólo podía manifestar mi desesperación y mi angustia a través del llanto.
La mujer me llevaba en brazos y yo seguía llorando sin parar. Volví a ser consiente del lugar en el que estaba: ya no era un desierto, estábamos en la parte superior de una enorme peña. De pronto vi una luz en el cielo, a una distancia que al principio parecía inconmensurable. La luz se acercaba hacia nosotros a una velocidad impresionante.
Me di cuenta que ya no estaba llorando y comencé a sentir una paz y tranquilidad como nunca antes había experimentado. De pronto observé que la luz era en realidad un objeto metálico, que se detuvo a unos pocos metros de distancia de donde nos encontrábamos.
Una luz azulosa se desprendió del objeto en dirección a nosotros, la cual me recordó las pinturas sacras en las que se observa la ascensión de Cristo. La mujer me levantó en sus brazos y de pronto comencé a flotar, atraído a ese objeto enorme que se encontraba sobre nosotros.
El miedo desapareció por completo. Estaba seguro de que iba a morir, sin embargo, era tal la paz que sentía que no me importaba lo que fuera a suceder. La luz se intensificaba más y más, hasta que no pude ver nada.
Un momento después abrí los ojos y me encontré en el sucio y descuidado departamento de Syd. Mi rostro daba de frente a la lámpara y me lastimaba los ojos. Mi amigo seguía dormido en el sofá, o inconsciente —qué iba a saber yo—, en la misma posición en la que lo dejé antes de inyectarme.
Tomé mi abrigo y salí a la calle. Era de tarde, el cielo estaba gris y caía una llovizna ligera. Me escabullí entre la gente que caminaba apurada hacia sus casas después de una extenuante jornada laboral. Pasé frente a un pub, pedí una cerveza y continué con mi vida cotidiana: alcohol y drogas en exceso.










