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Maneras de bien soñar
-Aplaza todo. Nunca se debe hacer hoy lo que se puede dejar de hacer también mañana. No es ni tan siquiera necesario hacer algo hoy o mañana.
-Nunca pienses en lo que vas a hacer. No lo hagas.
-Vive tu vida y no seas vivido por ella. Tanto en la verdad como en el error, tanto en el gozo como en el malestar, sé tu propio ser. Sólo podrás conseguir esto soñando pues tu vida real, tu vida humana, no es tuya, sino de los otros. Así sustituirás el sueño por la vida y sólo te cuidarás de soñar con perfección. En todos tus actos de la vida real, desde el nacer hasta el morir, no hacer nada: eres hecho; porque tú no vives, sino que eres vivido.
Sé para los otros un personaje absurdo: reclúyete pero sin dar un portazo sobre tu torre de marfil, pues tu torre de marfil no es más que tú.
Y si alguien te dijera que todo esto es falso y absurdo, no le creas. No creas tampoco lo que yo te diga, puesto que no debes creer en nada.
-Desprécialo todo, pero de manera que ese desprecio no te incomode. No te tengas por superior a quien desprecias. El arte del desprecio noble consiste en eso.
Fernando Pessoa. El libro del desasosiego.
Foto de Claude Cahun
Desde el momento en que sabemos lo que queremos, ya no estamos solos, el mundo se repuebla. Por todos lados aliados, proximidades y una gradación infinita de amistades posibles.
Ahora. Comité Invisible.
Entre la múltiple enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX recomienda tan a menudo y tan complacientemente, dos muy importantes han sido olvidados, que son el derecho de contradecirse y el derecho de irse.
Baudelaire
-Pero, ¿acaso sabe qué es el agradecimiento? -Yo entiendo que el agradecimiento consiste en hacer buen uso de los regalos que se reciben.
La Montaña Mágica. Thomas Mann.

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Antes de que se diera cuenta se encontró sumido-es más: perdido- en una soledad más profunda de lo que jamás hubiese podido soñar, tanto que le inspiró miedo, que es la condición previa al valor.
La Montaña Mágica. Thomas Mann.
Muchas maneras de matar
Por Bertolt Brecht
Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc…
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.
Ahora- Comité Invisible
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Por encima de todo, hay que mantener el reino de la economía más allá de la extinción del salariado. Algo que se logra haciendo que si cada vez hay menos trabajo, todo esté cada vez más mediado por el dinero, aunque sea en cantidades ínfimas. A falta de trabajo, hay que mantener la necesidad de ganar dinero para sobrevivir. Incluso si algún día se implanta la renta universal, tal como recomiendan tantos economistas liberales, haría falta que su monto fuera suficiente para no morirse de hambre, pero insuficiente para vivir, incluso mezquinamente. Asistimos a un traspaso del poder en el seno de la economía. A la majestuosa figura del trabajador, le sucede otra, raquítica, la del Muerto de Hambre, pues para que el dinero y el control puedan infiltrarse por todos lados, es preciso que el dinero falte por todos lados. En adelante, todo debe constituir una ocasión para generar algo de efectivo, un poco de valor, para ganarse algún “billetito”. La ofensiva tecnológica en curso también debe entenderse como una forma de ocupar y de valorizar a quienes el trabajo asalariado ya no permite explotar. Lo que demasiado apresuradamente se describe como la uberización del mundo se despliega de dos maneras muy diferentes. De un lado, pues, Uber, Deliveroo y consortes, esas ofertas de trabajo no cualificado que apenas necesitan más capital que un trasto viejo. Cada conductor es libre de auto explotarse tanto como desee, sabedor de que tendrá que circular alrededor de cincuenta horas semanales si espera ganar el equivalente del salario mínimo. Y luego están Airbnb, Blablacar, los sitios de contactos, el “co-working”, incluso ahora el “co-homing” o el “co-stockage”, y todas esas aplicaciones que permiten extender al infinito la esfera de lo valorizable. Lo que está en juego en la “economía colaborativa”, con sus inagotables posibilidades de valorización, no es sólo una mutación de la vida; es una mutación de lo posible, una mutación de la norma. Antes de Airbnb, una habitación desocupada en casa era una “habitación de invitados”, o un cuarto libre para un nuevo uso; Antes de Blablacar un trayecto solo en tu coche era una ocasión para soñar despierto, o para subir a un autostopista, o para qué se yo; ahora es una ocasión para hacer un poco de pasta de extranjis, y en consecuencia, económicamente hablando, un escándalo. Lo que iba al chatarrero o se regalaba a gente cercana ahora se venden en Wallapop. Es preciso que, sin parar y desde cualquier punto de vista, estemos constantemente contando. Que el temor de “perder una oportunidad” sea el acicate de la vida. Lo importante no es trabajar por un euro a la hora o ganar algunos céntimos escaneando contenidos para Amazon Mechanical Turk, sino en qué podría desembocar un día esta participación. En adelante todo debe entrar en la esfera de lo rentabilizable. Todo se vuelve valorizable en la vida, incluso los desechos. Y nosotros mismos nos convertimos en muertos de hambre, en desechos que se machacan entre sí so pretexto de “consumo colaborativo”.
Ahora- Comité Invisible
Comprar libro
El salariado ha permitido a generaciones de hombres y mujeres vivir eludiendo la cuestión del sentido de la vida. "Siendo provechosos", "haciendo carrera", "sirviendo". Al asalariado siempre le ha sido lícito dejar dicha cuestión para más tarde- hasta la jubilación, digamos- , mientras lleva una honorable vida social. Y como, según parece, una vez jubilado ya es "demasiado tarde" para planteársele, ya no le queda más que aguardar pacientemente la muerte. De tal modo se habría conseguido pasar una vida entera sin haber tenido que entrar en la existencia. El salariado nos aligeraba así del pesado fardo del sentido y de la libertad humana. No en vano, el grito de Munch perfila, todavía hoy, el verdadero rostro de la humanidad contemporánea. Lo que ese desesperado no encuentra sobre su espigón es la respuesta a la pregunta: "¿Cómo vivir?
Close up. Abbas Kiarostami. 1990

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"Outtakes from the Life of a Happy Man" (Jonas Mekas, 2012).
Der Himmel über Berlin (1987, Wim Wenders)
Canción de la infancia. Peter Handke.
Cuando el niño era niño, andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente, y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño, no sabía que era niño, para él todo estaba animado, y todas las almas eran una.
Cuando el niño era niño, no tenía opinión sobre nada, no tenía costumbre alguna, frecuentemente se sentaba en cuclillas, corría de repente, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
Cuando el niño era niño era el tiempo de las siguientes preguntas: ¿Por qué yo soy yo y no soy tú? ¿Por qué estoy aquí y por qué no allá? ¿Cuándo empezó el tiempo y dónde termina el espacio? ¿No es la vida bajo el sol un mero sueño? Lo que veo y oigo y huelo, ¿no es sólo la apariencia de un mundo frente al mundo? ¿Existe realmente el mal y gente que es mala de verdad? ¿Cómo puede ser que yo, el que soy, no fuera antes de existir; y que un día yo, el que soy, no sea más quien soy?
Cuando el niño era niño, se atragantaba con las espinacas, los guisantes, el arroz con leche y la col hervida. y ahora se lo come todo, y no sólo por necesidad.
Cuando el niño era niño una vez despertó en una cama extraña, y ahora lo repite a menudo. Muchas personas le parecían hermosas, y ahora, sólo en ocasiones, con suerte. Imaginaba claramente el paraíso, y ahora, como mucho, lo adivina. No podía pensar en la nada, y hoy se estremece ante ella.
Cuando el niño era niño jugaba entusiasmado, y ahora sólo se sumerge en algo si ese algo es su trabajo.
Cuando el niño era niño, una manzana y un pan le bastaban de alimento y todavía es así.
Cuando el niño era niño, las moras le caían en la mano como sólo caen las moras y así es todavía, las nueces frescas le ponían áspera la lengua y así es todavía, en cada montaña tenía el deseo de la montaña más alta y en cada ciudad el deseo de una ciudad aún mayor y así es todavía, en la copa de un árbol agarraba emocionado las cerezas como aún lo sigue haciendo, tenía miedo de cualquier extraño y aún lo tiene todavía, esperaba la primera nieve y así la espera todavía.
Cuando el niño era niño, tiraba un palo como lanza contra el árbol, y aun hoy vibra todavía.
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La sociedad del espectáculo (Guy Debord)

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The Toes (Raymond Carver)
This foot's giving me nothing but trouble. The ball, the arch, the ankle--I'm saying it hurts to walk. But mainly it's these toes I worry about. Those "terminal digits" as they're otherwise called. How true! For them no more delight in going headfirst into a hot bath, or a cashmere sock Cashmere socks, no socks, slippers, shoes, Ace bandage--it's all one and the same to these dumb toes. They even looked zonked out and depressed, as if somebody'd pumped them full of Thorazine. They hunch there stunned and mute--drab, lifeless things. What in hell is going on? What kind of toes are these that nothing matters any longer? Are these really my toes? Have they forgotten the old days, what it was like being alive then? Always first on line, first onto the dance floor when the music started. First to kick up their heels. Look at them. No, don't. You don't want to see them, those slugs. It's only with pain and difficulty they can recall the other times, the good times. Maybe what they really want is to sever all connection with the old life, start over, go underground, live alone in a retirement manor somewhere in the Yakima Valley. But there was a time they used to strain with anticipation simply curl with pleasure at the least provocation, the smallest thing. The feel of a silk dress against the fingers, say. A becoming voice, a touch behind the neck, even a passing glance. Any of it! The sound of hooks being unfastened, stays coming undone, garments letting go onto a cool, hardwood floor. --Raymond Carver
Fragmento de carta de Epicuro a Meneceo
Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehuye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca para remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehuye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer.