Asael carraspeó suavemente, todavía sosteniendo la mirada de la joven, quien no parecía tener ninguna intención de apartarla. Había algo en la forma en que lo observaba que lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, no porque fuera hostil de manera evidente, sino porque era directa, demasiado consciente, como si estuviera evaluándolo sin ningún tipo de filtro.
—Creo que sí —confirmó finalmente, desviando la mirada apenas un segundo hacia los lados, como si eso pudiera ayudarlo a orientarse—. ¿Podrías ayudarme?
La joven no respondió de inmediato. En lugar de eso, dio un paso hacia él con una seguridad que contrastaba con todo lo que Asael había visto hasta ese momento en aquel lugar. No dudó, no vaciló, no mostró respeto alguno por la distancia que normalmente se mantenía frente a alguien como él. Se acercó lo suficiente como para invadir su espacio sin pedir permiso y lo observó de arriba abajo con una franqueza que rozaba la insolencia.
Antes de que Asael pudiera reaccionar, ella extendió la mano y tomó entre sus dedos la tela de su abrigo, frotándola levemente, como si estuviera comprobando algo. Su gesto no fue brusco, pero sí lo suficientemente firme como para dejar en claro que no le preocupaba en lo más mínimo la reacción que pudiera provocar.
Luego volvió a mirarlo, esta vez con una desconfianza mucho más evidente.
—¿Eres de la realeza? —preguntó, clavando sus ojos en los de él, sin rodeos.
La pregunta lo tomó por sorpresa, no tanto por su contenido, sino por la forma en que fue hecha. No había respeto, ni duda, ni siquiera curiosidad genuina. Era una pregunta directa, casi acusatoria.
—Sí... —respondió Asael, sintiendo por primera vez desde que había salido del castillo una especie de inseguridad que no lograba disimular del todo.
La joven no apartó la mirada. Recorrió cada rasgo de su rostro con atención, como si estuviera confirmando una sospecha que ya tenía antes de formular la pregunta.
—¿Eres... el príncipe? —añadió después, con un tono apenas más contenido, aunque no menos firme.
Asael asintió en silencio. Durante un instante creyó percibir un cambio en su expresión, algo mínimo, casi imperceptible, como si la dureza de su mirada se suavizara apenas por un segundo. Pero fue tan breve que no pudo asegurarlo.
—Asael —se presentó, intentando recuperar algo de la formalidad que le resultaba familiar, aunque en ese contexto sonó casi fuera de lugar.
La joven soltó una pequeña exhalación, que no llegó a ser una risa, pero que tampoco pasó desapercibida.
—Sí, ya todos saben tu nombre —respondió, y esa simple afirmación hizo que Asael sintiera un leve calor en el rostro, una mezcla de incomodidad y vergüenza que no esperaba—. Soy Amelie.
No hubo ceremonia en su presentación, ni intento de suavizar el tono. Simplemente lo dijo, como si no tuviera mayor importancia, y acto seguido comenzó a caminar sin mirar atrás, como si diera por hecho que él la seguiría.
No porque se lo ordenara, sino porque no parecía haber otra opción.
Durante unos segundos caminaron en silencio, un silencio que no era cómodo, pero tampoco violento. Asael intentaba procesar todo lo que acababa de ocurrir, mientras observaba el entorno con una atención constante, intentando no perderse nuevamente.
—¿Sabe acaso el rey que el príncipe juega con los pobres? —preguntó Amelie de repente, sin detenerse, sin cambiar el ritmo de su paso.
La frase lo golpeó con más fuerza de la que esperaba.
—El príncipe no sabía que los pobres eran tan pobres —respondió Asael, con un intento de firmeza que no logró ocultar del todo la pesadez que sentía.
Amelie giró levemente la cabeza, lo suficiente como para mirarlo de reojo.
—Algo me hace pensar que el príncipe ya es bastante mayorcito como para vivir en su burbuja —replicó, sin suavizar en absoluto el tono, como si no viera motivo alguno para hacerlo.
Asael no respondió de inmediato. No porque no quisiera, sino porque no encontró una respuesta que no sonara vacía.
—La gente se muere de hambre desde hace tiempo —continuó ella—, pero parece que recién ahora te das cuenta de que vas a heredar este... basurero.
No utilizó la palabra con cuidado.
—No es un basurero —respondió finalmente, más bajo, pero con una firmeza que no había mostrado hasta ese momento—. Solo necesita a alguien que se preocupe por él.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas demasiado, pero una vez dichas, no quiso retirarlas.
Amelie volvió a mirarlo, esta vez con algo distinto en la expresión. No era aprobación, pero tampoco era el mismo desprecio inicial. Había curiosidad.
Lo observó unos segundos más antes de volver la vista al frente.
—Todos aquí odian al rey —dijo después—, y por extensión, te odian a ti.
La frase quedó suspendida en el aire, sin dramatismo, sin exageración, como un hecho que no necesitaba explicación.
Asael sintió cómo esas palabras se asentaban en su interior con un peso distinto al de todo lo que había visto hasta ese momento. No era solo lo que decía, sino la naturalidad con la que lo hacía.
—No tengo permitido estar aquí —respondió finalmente, con una mezcla de frustración y necesidad—. Me mintieron durante todo este tiempo, ¿de acuerdo? Pero eso no cambia lo que quiero hacer ahora. Quiero que las cosas mejoren para ustedes, de verdad. En cuanto vuelva al castillo, tengo demasiadas preguntas que hacerle a mi padre, y voy a empezar a trabajar en ese cambio, sea rey de inmediato o no.
No intentó suavizar lo que decía.
Amelie lo observó nuevamente, más detenidamente, como si intentara decidir qué hacer con esas palabras. No parecía convencida, pero tampoco lo descartó de inmediato.
Finalmente, se encogió de hombros.
—Está bien —dijo, sin entusiasmo, pero tampoco con rechazo—. Vas a tener mucho trabajo.
Luego, tras una breve pausa, añadió:
—Y lo bueno es que, pese a tu pésima orientación, no estamos tan lejos.
Como si todo acabara de empezar.
Asael sintió cómo la tensión en su cuerpo comenzaba a aflojarse apenas, como si el simple hecho de no estar completamente solo en ese lugar desconocido le diera una seguridad mínima, pero suficiente para recuperar algo de control. No era tranquilidad, no del todo, pero sí una pausa dentro de todo lo que había estado sintiendo desde que había salido del castillo.
—Gracias —murmuró finalmente, con un tono más bajo del que habría usado en cualquier otro contexto.
Amelie no respondió con palabras. Se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible, como si no considerara necesario darle mayor importancia a ese gesto. No había calidez en su reacción, pero tampoco rechazo abierto. Era algo intermedio, algo difícil de definir.
El silencio que siguió no fue inmediato, pero tampoco se prolongó demasiado antes de que Asael sintiera la necesidad de llenarlo.
—¿Y... cómo te ganas la vida? —preguntó, intentando sonar natural, aunque la pregunta salió con una torpeza que no logró disimular del todo.
Amelie no lo miró de inmediato. Mantuvo la vista al frente unos segundos más, como si evaluara si valía la pena responder, o quizás cómo hacerlo.
—Tengo algunas cabras —dijo finalmente—. Vendo su leche. No es muy interesante.
Su tono fue breve, casi cortante, como si quisiera cerrar el tema antes de que pudiera expandirse. No había orgullo en sus palabras, pero tampoco vergüenza. Era simplemente un hecho.
Asael asintió levemente, aunque en realidad no sabía bien qué hacer con esa información. No porque fuera irrelevante, sino porque, por primera vez, se daba cuenta de lo poco que sabía sobre la vida real de las personas fuera del castillo.
—Aprecio que me ayudes, aunque no te simpatice —comentó después, con una sinceridad que no intentó suavizar—. ¿Vives por aquí?
Esta vez, Amelie sí lo miró. No con sorpresa, sino con una atención distinta, como si intentara entender por qué él seguía intentando sostener una conversación que claramente no le resultaba cómoda a ninguno de los dos.
Pero esa única respuesta fue suficiente para que Asael entendiera que estaba entrando en un terreno que no le pertenecía, uno en el que cada palabra parecía medirse con cuidado.
—Podría ayudarte a tener una mejor vida —dijo, casi sin pensar, impulsado por una idea que, en su mente, parecía lógica—. Con un mercado más variado, mejores recursos... quizás podría conseguirte un trabajo en el castillo.
Apenas terminó de hablar, supo que algo no estaba bien.
No fue un gesto brusco, pero sí lo suficientemente claro como para obligarlo a hacer lo mismo. Giró lentamente hacia él, y la expresión en su rostro ya no dejaba lugar a dudas.
—¿Ayudarme? —repitió, y en su tono había algo más que incredulidad—. No recuerdo haberte pedido ayuda.
La forma en que lo dijo hizo que Asael sintiera cómo su propuesta, que había considerado razonable, comenzaba a desmoronarse.
—Y no estoy interesada en limosnas trabajando como tu criada —añadió, con un desprecio que no intentó ocultar.
—No dije que fueran limosnas ni que fueras a ser mi criada —corrigió Asael rápidamente, sintiendo la necesidad de aclararlo, aunque no estaba seguro de que eso cambiara algo.
Amelie lo sostuvo con la mirada unos segundos más, evaluándolo, como si intentara decidir si lo que decía era ignorancia o intención.
—No voy a ser tu amante —escupió entonces, y esta vez el asco en su voz fue imposible de ignorar.
La reacción de Asael fue inmediata.
—No —negó con firmeza, sin titubear, y por primera vez desde que habían comenzado a hablar, su tono fue completamente serio—. No es eso.
La respuesta salió con una claridad que incluso a él lo sorprendió.
—Tenemos cabras —añadió después, como si eso fuera suficiente para justificar todo lo anterior, aunque en realidad apenas lograba sostener la conversación.
Amelie no respondió de inmediato. Lo observó unos segundos más, y luego volvió a girarse, retomando el camino sin decir nada.
El silencio que siguió fue distinto al anterior.
Pasó casi un minuto antes de que Asael volviera a hablar, esta vez con un tono más contenido.
—Además, jamás tendría una amante —dijo, no tanto como una defensa, sino como una afirmación—. Si algo puedo admirar de mi padre es que es un hombre de un único amor. Espero ser igual algún día.
Las palabras salieron con más honestidad de la que esperaba. No había pensado en eso antes de decirlo, pero una vez pronunciado, supo que era cierto.
Amelie lo miró entonces con más atención que en cualquier otro momento desde que se habían conocido. No dijo nada, pero su expresión cambió ligeramente, como si esa información no encajara del todo con la imagen que tenía formada.
Aun así, no hizo ningún comentario.
Continuaron caminando en silencio hasta que, poco a poco, el entorno comenzó a cambiar. Las casas seguían siendo modestas, pero ya no presentaban el mismo nivel de deterioro. Asael reconoció el lugar antes de que Amelie se detuviera.
Era una de las zonas principales.
La transición fue sutil, pero evidente para alguien que había crecido allí.
Amelie se detuvo y lo miró.
—¿Puedes seguir solo desde aquí? —preguntó.
Esta vez, su voz no tenía el mismo filo. No era cálida, pero tampoco estaba cargada de desprecio.
—Sí —respondió, aunque no se movió de inmediato.
Dudó unos segundos antes de hablar nuevamente.
—Pero... ¿no quieres venir a comer algo? —preguntó—. Como amigos. No como propuesta de trabajo.
La aclaración fue rápida, casi automática, como si necesitara asegurarse de que no malinterpretara sus palabras otra vez.
Amelie dejó escapar una leve sonrisa, apenas perceptible.
—A tus guardias no suele gustarles ver pobres cerca del castillo —comentó, con un tono que rozaba la ironía.
—Pero irías con el príncipe —refutó Asael, con una lógica que en su mente parecía suficiente.
Ella negó suavemente, y esta vez su sonrisa fue un poco más clara, aunque breve.
Luego dio un pequeño paso atrás y realizó una inclinación exagerada, claramente intencional, casi teatral.
—Te deseo suerte, Asael, príncipe del reino de Asael.
La forma en que lo dijo fue una burla directa que Asael no supo interpretar del todo.
Cuando volvió a incorporarse, no esperó respuesta.
Dejándolo allí, justo en el límite entre dos mundos que, hasta ese momento, nunca había entendido como separados.