Cuando la luz del día finalmente se retiró, cediendo su lugar a una oscuridad que no era inmediata sino progresiva, la casa pareció transformarse junto con el entorno. Las últimas franjas de claridad se deslizaron por las grietas de las paredes y desaparecieron sin dejar rastro, y lo que antes era un refugio precario se volvió algo más denso, más inquietante. El polvo suspendido en el aire, apenas visible antes, comenzó a confundirse con las sombras, y los pocos muebles que quedaban dentro proyectaban formas alargadas y deformes contra las paredes, figuras que parecían moverse con cada leve cambio de luz, como si la casa misma respirara en silencio.
El ambiente adquirió un carácter más lúgubre, no por lo que había en él, sino por lo que sugería. Cada rincón parecía ocultar algo, cada sombra parecía tener más profundidad de la que debería. Asael lo percibió de inmediato, aunque no lo expresó. No era el tipo de oscuridad al que estaba acostumbrado, aquella que en el castillo se disipaba con facilidad gracias a antorchas y lámparas. Esta era distinta. Más real. Más presente.
—Ya debemos irnos —anunció Amelie en voz baja, rompiendo el silencio sin alterarlo por completo.
No hubo discusión ni demora. Asael asintió levemente y se puso en movimiento detrás de ella, abandonando la casa con una última mirada rápida hacia el interior, como si intentara memorizar el lugar que, por un breve instante, había sido su único refugio.
El aire exterior era más frío, más limpio, pero también más abierto, más expuesto. Avanzaron por caminos de tierra que Asael no reconocía, senderos irregulares que serpenteaban entre construcciones cada vez más humildes. Las casas que los rodeaban eran pequeñas, muchas de ellas en condiciones similares a la que acababan de dejar, aunque algunas mostraban señales de vida en su interior. La luz del fuego se filtraba a través de ventanas y rendijas, proyectando un resplandor cálido que contrastaba con la oscuridad creciente del exterior.
Ese contraste no pasó desapercibido para Asael. Había algo en esas luces, en esa calidez contenida, que hablaba de vida, de resistencia, incluso en medio de la precariedad. No era el tipo de lujo al que estaba acostumbrado, pero tenía una presencia distinta, más auténtica, más difícil de ignorar.
Continuaron avanzando sin detenerse, dejando atrás las últimas casas hasta que el terreno comenzó a cambiar de forma más evidente. La transición hacia el bosque no fue abrupta, sino gradual, pero clara. Los árboles comenzaron a cerrarse sobre el camino, sus ramas entrelazándose en lo alto, filtrando la poca luz que aún quedaba y sumergiéndolos en una penumbra más profunda.
Allí, el silencio era diferente.
El crujir de hojas bajo sus pies, el susurro del viento entre las ramas, movimientos sutiles que no siempre podían identificar con precisión. Asael sintió cómo su cuerpo respondía a ese entorno con una tensión que no podía controlar del todo. Cada sonido parecía más cercano de lo que era, cada movimiento en la oscuridad parecía tener intención.
La sensación de ser observado se instaló sin previo aviso, creciendo lentamente hasta volverse imposible de ignorar. No era una certeza, sino una percepción, pero lo suficientemente fuerte como para hacer que sus sentidos se mantuvieran en alerta constante. Por momentos, le parecía distinguir pequeños destellos entre la vegetación, reflejos breves, como ojos que lo seguían desde la distancia.
—¿Alguna vez has venido al bosque de noche? —preguntó Amelie sin detenerse, notando el cambio en su comportamiento con una facilidad que no necesitaba confirmación.
Asael soltó una leve exhalación antes de responder.
—Ni de día —admitió, sin intentar suavizarlo.
No tuvo tiempo de añadir nada más. Un movimiento brusco surgió desde un arbusto cercano, rompiendo la quietud con un sonido seco que lo hizo reaccionar de inmediato. Su cuerpo se tensó y dio un paso involuntario hacia un lado, sobresaltado por la repentina aparición de una pequeña figura que cruzó el camino con rapidez antes de desaparecer nuevamente entre la vegetación.
Durante un segundo, Asael no pudo identificar qué había sido.
Pero la reacción ya había ocurrido.
En ese movimiento inesperado, su cuerpo chocó contra Amelie, rompiendo la distancia que habían mantenido durante el trayecto. El contacto fue breve, pero lo suficientemente abrupto como para hacer que ambos se separaran casi de inmediato.
—Lo siento —dijo Asael al instante, con una mezcla de vergüenza y torpeza que no pudo ocultar, recuperando el equilibrio apenas un segundo antes de que su pie se enganchara con algo en el suelo.
El tropiezo fue inevitable. Su cuerpo se inclinó hacia adelante, perdiendo estabilidad por un instante que pareció extenderse más de lo necesario, como si incluso el suelo estuviera decidido a jugar en su contra en ese momento.
El bosque no era un lugar que estuviera dispuesto a facilitarle las cosas.
Y Asael comenzaba a entenderlo.
Amelie se detuvo de pronto, girándose lo suficiente como para observarlo con una mezcla de paciencia y ligera resignación, como si ya hubiera anticipado que el ritmo del trayecto terminaría afectándolo tarde o temprano. Sin decir nada al principio, extendió la mano hacia él con un gesto firme, natural, como si no hubiera lugar para dudas ni para interpretaciones equivocadas.
—Será más fácil llevarte vivo así —comentó con tranquilidad, restándole importancia al gesto como si fuera una simple cuestión práctica—. Es una noche muy cerrada, debe ser el día libre de la luna.
El tono en el que lo dijo no contenía miedo ni inquietud, sino una familiaridad casi absoluta con el entorno. Para Amelie, la oscuridad no era una amenaza, sino una condición más del camino. Asael, en cambio, percibía cada sombra como una presencia posible, cada sonido como una advertencia.
No dudó en tomar su mano.
No tenía ninguna intención de hacerlo.
Pero tampoco encontró razón para evitarlo.
Había algo casi irónico en la situación. Por un lado, necesitaba esa guía para no perderse, para no tropezar a cada paso, para no delatarse con torpeza en un lugar que claramente no dominaba. Por otro, la cercanía con Amelie, incluso en ese gesto tan simple, tenía un efecto que no esperaba, una distracción que contrastaba con todo lo demás.
Sostener la mano de una joven que consideraba hermosa mientras huía por su vida no era exactamente la escena que habría imaginado para sí mismo.
Y, sin embargo, no podía negar que había algo en ello que lo mantenía extrañamente enfocado.
El contraste era absurdo.
Continuaron avanzando sin detenerse, internándose cada vez más en el bosque, donde la oscuridad se volvía más espesa con cada paso. Asael tuvo que concentrarse para seguir el ritmo, no solo por la falta de luz, sino por la irregularidad del terreno, que parecía empeñado en complicarle el avance. Sus pies tropezaban con raíces, con pequeñas elevaciones invisibles, con restos de ramas que no lograba distinguir a tiempo.
Cada paso requería atención.
Cada movimiento, esfuerzo.
Amelie, en cambio, se desplazaba con una naturalidad que resultaba casi irreal. No parecía dudar, no parecía necesitar observar el suelo ni calcular cada avance. Se movía como si conociera cada rincón del bosque, como si sus pasos ya estuvieran trazados de antemano, como si la oscuridad no fuera un obstáculo sino un elemento más a su favor.
Había en su forma de avanzar algo silencioso, casi etéreo.
Asael lo notó con claridad, incluso mientras intentaba no quedarse atrás. La diferencia entre ambos no era solo de experiencia, sino de pertenencia. Ella pertenecía a ese lugar. Él no.
El trayecto se extendió más de lo que Asael habría esperado. El tiempo en el bosque no se medía de la misma forma que en el castillo o en el pueblo. No había referencias claras, no había sonidos que marcaran el paso de las horas, solo una continuidad de sombras y movimientos que parecían repetirse sin fin.
Sin embargo, después de lo que pareció una larga caminata, algo cambió.
Apareció frente a ellos, rompiendo la uniformidad de la oscuridad con una presencia tan inesperada que Asael tardó un instante en comprender lo que estaba viendo. No era una antorcha ni una ventana iluminada. Era algo más bajo, más cercano al suelo.
Cuando se acercaron lo suficiente, la escena se volvió clara.
Varias velas estaban dispuestas directamente sobre la tierra, entre hojas secas y restos de ramas, formando un pequeño círculo de luz que parecía desafiar toda lógica. La llama de cada una se movía suavemente con el viento, proyectando sombras inestables que danzaban sobre el entorno inmediato.
No solo por la imagen en sí, sino por el hecho de que no hubiera fuego descontrolado. Las hojas secas, la madera, todo lo que rodeaba esas llamas parecía suficiente para provocar un incendio en cuestión de segundos.
Y, sin embargo, nada ardía.
Todo permanecía contenido.
Como si hubiera una intención detrás de ese equilibrio.
En el centro de esa tenue iluminación, un cartel de madera se alzaba ligeramente inclinado, sostenido por una estructura simple pero firme. La superficie estaba desgastada por el tiempo, pero las letras talladas aún eran claras, profundas, marcadas con una precisión que no dejaba lugar a dudas.
Asael leyó la inscripción en silencio, sintiendo cómo el significado comenzaba a asentarse en su mente con una mezcla de curiosidad y expectativa.
Y, por alguna razón que aún no terminaba de comprender del todo, también parecía ser el inicio de algo más.
Unos metros detrás del letrero, apenas más allá del círculo de luz que formaban las velas, la silueta de la casa comenzó a definirse entre la oscuridad del bosque. Al principio fue solo una forma difusa, una masa más oscura que el resto, pero a medida que se acercaban, los detalles empezaron a surgir con una claridad que no coincidía en absoluto con lo que Asael había imaginado.
Porque lo que esperaba ver era una casa modesta, acorde al entorno, quizás pequeña, sencilla, algo desgastada pero funcional. Una extensión lógica de todo lo que había visto desde que había abandonado el castillo. Sin embargo, lo que se alzaba frente a él rompía por completo con esa idea.
Construida en piedra y madera, con una presencia imponente que no necesitaba ostentación para imponerse. Las paredes, firmes y bien ensambladas, reflejaban un trabajo cuidado, pensado para durar. Las grandes ventanas, distribuidas con una precisión casi perfecta, dejaban escapar la luz cálida del interior, creando un contraste marcado con la oscuridad que la rodeaba.
Asael se detuvo apenas un instante, no por decisión, sino por pura sorpresa. Sus ojos recorrieron la estructura con atención, intentando abarcarla en su totalidad, pero la magnitud del lugar lo obligaba a observar por partes. Por la altura de las ventanas y la disposición de las mismas, pudo calcular que la construcción tenía al menos tres pisos, además de un ático que apenas se insinuaba en la parte superior, recortado contra el cielo oscuro.
La mansión se extendía hacia los costados con una simetría que no pasaba desapercibida, como si cada ala hubiese sido diseñada para reflejar a la otra con exactitud. Había algo en esa armonía que no solo hablaba de planificación, sino también de intención. No era una construcción improvisada ni descuidada.
La mayoría de las ventanas estaban iluminadas desde dentro, no con la luz uniforme de antorchas, sino con el parpadeo suave de velas, lo que daba a cada espacio una calidez particular, una sensación de actividad constante. No era un lugar silencioso ni abandonado, como el exterior podría haber sugerido.
El camino que conducía a la entrada principal estaba delineado por más velas, colocadas a lo largo de las escaleras que ascendían hacia la puerta. La luz que proyectaban no era intensa, pero sí suficiente para guiar el paso, creando un sendero claro en medio de la oscuridad del bosque. Había algo casi ritual en esa disposición, una intención que Asael no terminaba de comprender, pero que le resultaba imposible de ignorar.
Mientras avanzaban, una pregunta comenzó a tomar forma en su mente, creciendo con cada detalle que observaba.
¿Cuántas personas vivían realmente allí?
Y, quizás más extraño aún, ¿de dónde salían tantas velas?
No era una cuestión menor. En el castillo, la iluminación constante requería una logística compleja, recursos, organización. Aquí, en medio del bosque, lejos del comercio y de las rutas principales, la abundancia de algo tan básico como las velas resultaba, como mínimo, llamativa.
Amelie no pareció notar su desconcierto, o si lo hizo, no lo consideró relevante. Subió los escalones con la misma seguridad con la que había atravesado el bosque y se detuvo frente a la puerta principal. Asael la siguió, aún procesando lo que veía, hasta quedar frente a ella.
La puerta era gigantesca.
De roble macizo, oscura, sólida, con una estructura que transmitía peso incluso antes de ser tocada. No era una puerta pensada solo para cerrar un espacio, sino para protegerlo, para marcar una separación clara entre el exterior y lo que se encontraba dentro.
Amelie la abrió sin esfuerzo aparente, empujándola con un movimiento firme pero controlado, y en cuanto el espacio se abrió, Asael sintió el cambio de inmediato.
Más que el exterior, si eso era posible.
El contraste fue tan marcado que por un instante quedó completamente inmóvil, como si su cuerpo necesitara un segundo extra para adaptarse a lo que estaba percibiendo. La temperatura era distinta, más cálida, más envolvente, y el aire estaba cargado de un aroma que no tardó en reconocer.
No solo la presencia de alimento, sino el olor real, tangible, de algo preparado recientemente, algo que no tenía nada que ver con la escasez que había visto en el mercado ni con las condiciones del pueblo. Era un olor lleno, reconfortante, que llegaba hasta el recibidor con una intensidad que no dejaba dudas sobre lo que implicaba.
A sus pies, extendiéndose hacia el interior, una alfombra roja cubría el suelo con precisión, ajustándose al espacio como si hubiera sido hecha a medida. Asael la reconoció al instante, no por haber visto esa en particular, sino porque era el mismo tipo de detalle que existía en el castillo, el mismo tipo de lujo silencioso que no necesitaba explicaciones.
Todo dentro de esa mansión parecía contradecir lo que había visto afuera del castillo.
Y esa contradicción no hacía más que profundizar su desconcierto.
Porque si el pueblo hablaba de abandono, de pobreza y de olvido, la mansión contaba una historia completamente distinta.
Una que, claramente, aún no entendía.
Y si algo podía sumarse a su sorpresa, fue lo que ocurrió apenas cruzaron el umbral. No hubo tiempo para adaptarse al interior ni para procesar el contraste entre el exterior y la calidez de la casa, porque de inmediato fueron recibidos por un grupo de mujeres que parecían haber estado esperando su llegada, o que al menos no se sorprendían en absoluto por ella.
La primera impresión fue abrumadora.
No solo por la cantidad, sino por la presencia de cada una de ellas. Eran, en su mayoría, mujeres de figuras marcadas, seguras, cuya forma de vestir rompía por completo con todo lo que Asael había conocido hasta ese momento. Sus prendas no seguían las normas rígidas de la corte ni la discreción que se esperaba en los círculos nobles. Había escotes pronunciados, telas que dejaban entrever más piel de la que él había visto jamás en una dama, y faldas con cortes que, al moverse, permitían vislumbrar sus piernas con una naturalidad que no parecía buscar aprobación ni esconderse.
Cada una de ellas se movía con una confianza que no necesitaba validación externa, como si su forma de mostrarse fuera simplemente parte de quienes eran, sin espacio para cuestionamientos.
El recibimiento hacia Amelie fue inmediato y cálido. La rodearon con abrazos, con palabras cariñosas, con una familiaridad que hablaba de vínculos profundos, de una convivencia real, constante. No había formalidad en esos gestos, no había distancia, solo cercanía genuina.
Asael, por su parte, no quedó excluido.
Las miradas se posaron sobre él con una curiosidad evidente, pero no hostil. Algunas de las mujeres lo saludaron con amabilidad, otras con pequeñas reverencias que no parecían responder a una obligación, sino a una elección consciente. Hubo incluso quienes lo abrazaron, reduciendo la distancia con una naturalidad que lo tomó completamente desprevenido.
—Asael, cariño —exclamó una de ellas con entusiasmo, como si lo conociera desde siempre.
Él no supo cómo reaccionar de inmediato.
Su mente intentaba ponerse al día con lo que estaba ocurriendo, pero la situación avanzaba demasiado rápido como para procesarla con claridad. Había esperado encontrar a la familia de Amelie, quizás padres, hermanos, una estructura más tradicional, algo que pudiera ubicar dentro de lo que conocía.
Pero aquello no se parecía a nada de eso.
Solo en el recibidor había contado al menos nueve mujeres, y el murmullo constante que llegaba desde el resto de la casa dejaba en claro que no eran las únicas. Había más voces, más movimiento, más vida extendiéndose por cada rincón de la mansión.
Y, sin embargo, no había ni un solo hombre.
El pensamiento llegó sin aviso.
La idea apareció de forma abrupta, alimentada por todo lo que no comprendía, por la extrañeza del lugar, por la sensación de haber entrado en algo que no seguía las reglas habituales. Asael la descartó casi de inmediato, pero no sin antes sentir un leve escalofrío recorriéndole la espalda.
Se obligó a recomponerse.
Respondió a cada saludo con la mayor cortesía posible, intentando mantener la compostura que le habían enseñado desde niño, aunque la situación no se lo facilitaba. A medida que las interacciones continuaban, comenzó a perder la noción de a quién había saludado y a quién no, lo que lo llevó, en más de una ocasión, a repetir el gesto con la misma persona sin darse cuenta.
Nadie pareció molestarse.
El ambiente seguía siendo cálido, incluso acogedor.
El rubor no abandonó sus mejillas en ningún momento. En su mundo, el contacto físico estaba regulado, medido, reservado para contextos específicos. Aquí, en cambio, los abrazos eran espontáneos, naturales, y él no tenía forma de anticiparlos ni de evitarlos sin parecer descortés.
Y no podía permitirse eso.
—Asael, te presentaré —lo llamó Amelie, sacándolo de ese breve caos social en el que se encontraba.
Él respondió casi de inmediato, acercándose a ella con una obediencia que le recordó, de forma inevitable, a cuando era niño y respondía sin cuestionar a las indicaciones de quienes lo guiaban.
La mujer que tenía frente a él destacaba de una forma distinta. Su cabello oscuro enmarcaba un rostro sereno, y había en su mirada una profundidad que no necesitaba imponerse para hacerse notar. Parecía mayor que la mayoría de las presentes, aunque ninguna aparentaba haber alcanzado los cuarenta.
—Un gusto —murmuró ella con suavidad.
—El gusto es mío —respondió Asael, inclinando ligeramente la cabeza—. Es una casa preciosa.
No era solo una cortesía.
Era una afirmación sincera, incluso si aún no comprendía del todo lo que implicaba.
—Ella es Vera, es quien nos organiza principalmente —continuó Amelie, señalando a otra mujer de rizos cerrados y castaños, cuya postura transmitía una autoridad tranquila, sin necesidad de imponerse.
—Un gusto —dijo Asael, acompañando sus palabras con una pequeña reverencia.
—El gusto es mío, joven príncipe —respondió Vera con una leve sonrisa que no perdía firmeza.
—Ella es Circle, llévate bien con ella —añadió Amelie, con un tono que mezclaba advertencia y familiaridad.
Asael dirigió la mirada hacia la joven en cuestión, y de inmediato comprendió por qué había sido mencionada de esa forma. Circle destacaba entre todas las demás, no solo por su presencia, sino por detalles que resultaban imposibles de ignorar. Sus largas trenzas naranjas caían con precisión sobre sus hombros, enmarcando un rostro que, por sí solo, ya habría captado la atención.
Pero fueron sus ojos los que lo detuvieron.
No de una forma tenue o ambigua, sino clara, definida, imposible de confundir.
El vello en la nuca de Asael se erizó al instante, una reacción instintiva que no pudo controlar. No necesitaba más señales. No necesitaba confirmación.
Circle sonrió, pero no fue una sonrisa amable ni casual. Había en ella algo calculado, casi felino, como si disfrutara del efecto que generaba. Extendió la mano hacia él, y Asael, aunque tenso, respondió al gesto.
—Saint Circle —aclaró ella con un tono meloso, como si cada palabra llevara una intención más profunda de la que aparentaba.
—Asael Sallow —respondió él, manteniendo la formalidad, aunque su voz no logró ocultar del todo la tensión.
—Lo sé —murmuró ella, inclinándose apenas hacia él—. Lo sabría incluso si no llevaras el nombre del reino entero contigo.
Simplemente se apartó, dejándolo con esa frase suspendida, con una sensación que no terminaba de encontrar un lugar claro dentro de todo lo que estaba ocurriendo.
Asael quedó inmóvil por un instante, siguiendo su figura con la mirada mientras se alejaba, como si intentara comprender algo que aún no estaba listo para entender.
—No le hagas caso —susurró Amelie cerca de él, con un tono bajo pero firme—. Huele el miedo.
El comentario no era tranquilizador.
Antes de que Asael pudiera responder, Amelie volvió a empujarlo suavemente, guiándolo hacia otra figura.
Y en ese instante, todo lo demás quedó en segundo plano.
Asael se recompuso al instante.
—Es un honor —dijo Asael con amabilidad, inclinándose con la cortesía que le habían enseñado desde niño antes de tomar la mano de la mujer y besarla con respeto—. Tienen una mansión preciosa, nada que envidiar al castillo del que vengo.
La mujer respondió con una risa suave, contenida, como si aquel gesto no le resultara extraño, pero sí ligeramente entrañable. Había en su expresión algo cálido, una mezcla de orgullo y nostalgia que no se ocultaba del todo.
—Soy Tenebra, joven Asael —se presentó con una voz serena, pero cargada de matices—. El placer es nuestro. Esperábamos tu visita.
La forma en que lo dijo no fue casual. No sonó como una cortesía vacía ni como una frase improvisada para recibir a un invitado inesperado. Hubo algo en esas palabras que hizo que Asael se detuviera un instante, que lo obligó a observarla con más atención, como si intentara descifrar qué había detrás de esa afirmación.
Por un momento, creyó ver cómo sus ojos se humedecían, apenas, como si una emoción más profunda hubiera intentado salir a la superficie. Sin embargo, Tenebra se recompuso con rapidez, conteniendo cualquier señal que pudiera delatarla, devolviendo a su rostro esa calma firme que parecía caracterizarla.
—Eres igual que tu madre —añadió, y esta vez no hubo intento de suavizar el peso de la frase.
Asael sintió cómo algo se tensaba dentro de él.
No era la primera vez que escuchaba algo similar, pero nunca había tenido la oportunidad de profundizar en ello, de ir más allá de una simple comparación. Siempre había sido una afirmación vacía, repetida sin contexto.
—¿Usted conoció a mi madre? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y necesidad que no intentó disimular.
Tenebra asintió lentamente, y en ese gesto había una añoranza clara, acompañada de una tristeza que no necesitaba palabras para ser comprendida.
—¿Qué sabe de ella? —insistió Asael, dando un paso más cerca, impulsado por una curiosidad que ya no podía contener.
No era una pregunta ligera.
Tenebra lo observó durante unos segundos, evaluándolo, como si midiera no solo lo que iba a decir, sino también lo que él estaba preparado para escuchar.
—Luna... —comenzó, pronunciando el nombre con una suavidad particular, como si cada letra tuviera un peso propio— fue una joven singular.
La palabra no fue elegida al azar.
—Y ser singular es lo mejor que nos puede pasar —continuó, sin apartar la mirada de él—. Como lo es Circle... como lo es mi propia hija.
Hubo una breve pausa, no incómoda, sino medida, como si esa introducción fuera apenas el inicio de algo más amplio.
—Pero te contaremos más en la cena.
La decisión no fue impuesta, sino presentada con naturalidad, como si el momento adecuado para esa historia aún no hubiera llegado. Con un gesto leve, Tenebra señaló hacia una de las puertas del salón, y Asael siguió la dirección con la mirada.
A través de ella se abría un comedor que superaba cualquier expectativa que pudiera haber tenido.
La mesa era gigantesca, extendiéndose a lo largo de la sala con una presencia imponente, cubierta por una variedad de platos que no solo eran abundantes, sino también cuidadosamente preparados. La disposición de la comida no era caótica ni improvisada; había orden, intención, una armonía que hablaba de costumbre, de repetición, de algo que no era excepcional, sino habitual.
Asael no había exagerado antes.
Ese lugar no tenía nada que envidiar al castillo.
Y, en ciertos aspectos, incluso lo superaba.
El aroma que impregnaba el aire era intenso, envolvente, mucho más cercano y real que cualquier banquete al que hubiera asistido en su vida. No había distancia entre quienes cocinaban y quienes comían, no había una cadena de servicio que separara el origen del resultado.
Aquí, todo parecía más directo.
Se sentó junto a los demás, intentando mantener la compostura, aunque la escena lo desbordaba en más de un sentido. La comida era deliciosa, no solo por su sabor, sino por lo que representaba en contraste con lo que había visto horas antes en el mercado. Aquella abundancia no era solo un lujo.
Una que no podía ignorar.
Cuando probó el pavo asado, comprendió algo que hasta ese momento había pasado por alto. No había comido nada desde el desayuno. La sensación lo golpeó de inmediato, despertando un hambre que había permanecido oculta bajo la tensión del día.
Sin perder la etiqueta, comenzó a comer con una rapidez contenida, cuidando cada gesto, cada movimiento, intentando no delatar la urgencia que sentía. Aun así, cada bocado era más consciente que el anterior, más presente, como si su cuerpo reclamara todo lo que había dejado de recibir durante ese tiempo.
El murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente, pero no era un ruido desordenado. Había vida en él, intercambio, cercanía. Nada que ver con los silencios medidos del castillo, donde cada palabra era evaluada antes de ser dicha.
Cuando finalmente llegó el postre, Asael ya había logrado recuperar algo de su compostura, aunque su mente seguía girando en torno a las preguntas que habían quedado abiertas.
Sintió un leve toque en el brazo.
El gesto fue suficiente para atraer su atención sin interrumpir el flujo de la mesa. Él giró ligeramente hacia ella, encontrándose con una mirada que parecía anticipar lo que estaba por decir.
—Tengo entendido que tu madre vivió aquí antes de casarse con el rey, ¿cierto, mamá? —preguntó Amelie, elevando apenas la voz lo suficiente como para que fuera escuchada.
La reacción fue inmediata.
Las conversaciones no se detuvieron por completo, pero sí bajaron de tono, como si una atención compartida se hubiera instalado en la mesa. No había imposición en ese silencio, sino interés.
Tenebra asintió lentamente, apoyando las manos sobre la mesa con calma.
—Cierto —respondió, y esta vez su voz llevaba consigo un peso distinto, más profundo—. Luna y yo nos criamos juntas aquí.
Hubo una pausa breve, pero significativa.
—Éramos como hermanas —añadió—, porque ninguna tenía realmente padres.
Sus palabras no buscaban dramatizar, pero la verdad en ellas era imposible de suavizar.
—Mis padres me dejaron aquí cuando era muy pequeña —continuó, manteniendo la serenidad—. Y los padres de Luna murieron de forma trágica. Ella también fue dejada aquí por los pobladores.
Asael no apartó la mirada.
Cada palabra construía una imagen nueva, una historia que hasta ese momento le había sido completamente ajena. Su madre no era solo una figura lejana, una memoria incompleta.
Había tenido una vida antes.
Y por primera vez, Asael sentía que estaba empezando a conocerla de verdad.
—Disculpen mi pregunta, pero... ¿qué se supone que es este lugar? —preguntó Asael finalmente, rompiendo el flujo natural de la conversación con una inquietud que ya no podía contener.
La pregunta no fue agresiva ni desconfiada, pero sí directa. El silencio que siguió no fue absoluto, aunque sí lo suficientemente marcado como para que varias miradas se dirigieran hacia él. Algunas de las jóvenes se tensaron apenas, como si esa duda hubiera tocado un punto sensible, algo que no siempre era bien recibido fuera de ese espacio.
Vera, sin embargo, no mostró ninguna incomodidad.
—Es una residencia de brujas, Asael —respondió con calma, sin rodeos, como si no hubiera motivo alguno para ocultarlo ni para suavizarlo.
La afirmación quedó suspendida en el aire con una claridad que no dejaba espacio para interpretaciones.
Asael asintió levemente, obligándose a mantener una expresión serena, como si aquella revelación no hubiera cambiado nada en su percepción, aunque por dentro cada pieza comenzaba a encajar con una rapidez que no le resultaba del todo cómoda. Aun así, decidió continuar, sosteniendo el tono natural que había adoptado hasta ese momento.
—Pensé que las brujas vivían en el pueblo, como todos —comentó, intentando que su voz no delatara la cantidad de preguntas que comenzaban a acumularse en su mente.
—Algunas lo hacían —intervino Circle, inclinándose ligeramente hacia adelante, con esa expresión cargada de picardía que parecía acompañar cada una de sus palabras—. Antes de las cacerías de tu padre.
La frase cayó con una ligereza que contrastaba con su contenido. Varias miradas se dirigieron hacia ella de inmediato, algunas cargadas de reproche, otras de advertencia silenciosa. Pero Circle no pareció afectada en lo más mínimo. De hecho, la reacción pareció divertirla.
Como si disfrutara incomodar.
Asael no respondió de inmediato. La mención fue demasiado directa como para ignorarla, pero también demasiado compleja como para abordarla en ese instante sin desviar completamente la conversación. En lugar de eso, dejó que la siguiente pregunta tomara forma, una que, ahora, parecía inevitable.
—¿Mi madre era una bruja?
La sorpresa se reflejó en varios rostros alrededor de la mesa, no de forma exagerada, pero sí lo suficiente como para que Asael lo notara. Incluso Circle, que hasta ese momento parecía anticiparlo todo, mostró un leve gesto de incredulidad, como si esa ignorancia no encajara con lo que esperaba de él.
—¿No lo sabías? —preguntó una de las mujeres, con una mezcla de asombro y comprensión.
Asael negó con la cabeza, lentamente.
—Eso explica por qué nunca nos has visitado —añadió ella, más para sí misma que como una acusación.
Tenebra tomó la palabra sin prisa, apoyando las manos con suavidad sobre la mesa antes de hablar, como si se preparara para algo más que una simple respuesta.
—Sí, Asael —comenzó, con una voz que había ganado una profundidad distinta—, tu madre era una bruja.
No hubo dramatismo en la afirmación.
—Cuando llegamos a la adultez, se convirtió en una joven hermosa, poderosa y vivaz —continuó, y en cada palabra se percibía algo más que una descripción—. El rey la conoció en el pueblo, porque en esos tiempos íbamos seguido, y no éramos mal recibidas. Éramos sanadoras.
Asael escuchaba sin interrumpir, sintiendo cómo cada detalle añadía una capa nueva a la imagen que tenía de su madre, una imagen que hasta ese momento había sido incompleta, casi inexistente.
—Tu padre cayó perdidamente enamorado de Luna —prosiguió Tenebra, y esta vez su mirada se suavizó—. No se lo podía culpar. Ella era... atrapante. Para todos.
Hubo una leve pausa, como si ese recuerdo necesitara un instante más para asentarse.
—Pero ella siempre había rechazado a los hombres —añadió—, así que cuando nos dijo que se casaría con el rey, fue una sorpresa para todas.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, cargada de una felicidad antigua, de un recuerdo que aún conservaba su brillo.
—Estábamos muy felices por ella. Todo el reino lo estaba.
La voz de Tenebra no se quebraba, pero sí se volvía más cálida, más cercana, como si cada palabra la acercara un poco más a ese tiempo.
—Tu padre, Asael, era un joven bondadoso —continuó—, un rey modelo. Desde que fue coronado, recorría el reino constantemente, asegurándose de que todo estuviera en orden, de que su gente estuviera bien. Y luego lo hacía junto a su reina.
El contraste con lo que Asael había visto ese mismo día no pasó desapercibido para él.
—Pobrecita Luna... —murmuró Tenebra, apenas, antes de continuar—. Tuvieron una boda preciosa. No era solo una ceremonia bien organizada, no era solo un evento para el reino... se notaba que se amaban.
Sus ojos se detuvieron un instante, como si buscaran en la memoria algo que no quería perder.
—Porque esas cosas se ven en los ojos —añadió con suavidad—, y nosotras vemos muy bien.
El silencio en la mesa era ahora más profundo, más atento.
—Luna siempre había soñado con tener hijos —prosiguió—. Hijos e hijas. Así que el reino festejó... y nosotras aún más cuando anunciaron que la reina esperaba un bebé.
Asael sintió cómo algo dentro de él se tensaba, no por incomodidad, sino por la intensidad de lo que estaba escuchando. Aquella historia no era lejana.
—Todo el reino soñó con que su primer hijo fuera el heredero al trono —continuó Tenebra—. Dijeron que se llamaría Asael, en honor al reino entero.
La mirada de Asael no se apartó de ella.
—Era su forma de demostrarnos que ellos nos amaban tanto como nosotros los amábamos a ellos —añadió—. Eras su regalo, Asael.
Las palabras no fueron grandilocuentes.
—Porque tu nombre significa "obra de Dios" —concluyó—, y Dios te había entregado a este reino como un regalo.
El silencio que siguió fue distinto, cargado de algo más profundo.
Tenebra tomó su copa con lentitud, llevándola a los labios como si necesitara ese gesto para continuar, como si hubiera algo en su garganta que requería ser contenido antes de seguir hablando.
—Pero algo salió muy mal durante el parto —continuó Tenebra, y esta vez su voz perdió parte de la firmeza que la había sostenido hasta ese momento, dejando entrever una tristeza más profunda, más antigua—, y la pobre Luna no pudo resistir.
El silencio que siguió no fue casual. Fue el tipo de silencio que se instala cuando una verdad demasiado pesada se posa en el aire y nadie se atreve a interrumpirla.
—Murió antes de ver cumplido su sueño —añadió con suavidad, como si cada palabra tuviera que atravesar una resistencia invisible—. Siempre fuiste su sueño, Asael.
Las palabras no fueron dichas con dramatismo, pero sí con una honestidad que resultaba imposible de ignorar. Asael no se movió. No habló. Se limitó a escuchar, sintiendo cómo algo dentro de él comenzaba a reacomodarse de una forma incómoda, inevitable.
—El rey estaba en cólera —prosiguió Tenebra, y su tono cambió, endureciéndose apenas—. Jamás vi a alguien tan enojado. Parecía haber perdido la cabeza. —Ejecutó a los sanadores por no haberla salvado —continuó—, pero la sangre que derramó no sirvió más que para hacerlo enfurecer aún más.
Algunas de las mujeres bajaron la mirada. Otras permanecieron inmóviles, pero tensas, como si esa parte de la historia aún doliera.
—Cuando nos presentamos en el castillo para pedirle darle a Luna el funeral que ella hubiese deseado, él nos culpó de su muerte —dijo Tenebra, y esta vez no hubo suavidad en su voz—. Dijo que nuestra magia la había envenenado desde dentro, que su alma estaba corrupta.
La palabra quedó suspendida, pesada.
—Y que, por nuestra culpa, tu alma también debía de estarlo.
Asael sintió un leve escalofrío recorrerle la espalda.
—Y entonces comenzaron las cacerías de brujas.
No hizo falta más explicación.
El peso de esa frase se sostuvo por sí solo.
—El rey intentó incluso culparte a ti, Asael —añadió Tenebra, con una mezcla de incredulidad y dolor—. Eras tan solo un bebé.
—Pero no podía mirarte a los ojos sin llorar —continuó, y en ese punto su voz volvió a suavizarse—. Siempre fuiste idéntico a Luna... y eras lo único que le quedó de ella.
La contradicción no necesitaba ser explicada.
—Así que decretó que nunca podrías acercarte al pueblo ni al bosque —concluyó—, porque nosotras... corromperíamos tu alma.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No era solo respeto. Era asimilación. Era el tiempo que necesitaba cada uno para acomodar lo que acababan de escuchar.
Entonces, algo cambió en la expresión de Tenebra. Fue sutil, pero suficiente como para que Asael lo notara. Sus ojos se movieron hacia Amelie, y en ellos apareció una preocupación inmediata, casi urgente.
—¿Te han visto con él, hija? —preguntó, y esta vez no intentó disimular la tensión en su voz.
Amelie sostuvo la mirada de su madre sin vacilar, aunque una ligera rigidez en su postura delataba que la pregunta no le resultaba indiferente.
—No lo creo, mamá —respondió, manteniendo la calma en el tono, aunque había algo en su expresión que sugería una alerta contenida.
Asael permaneció en silencio.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque había demasiado. Su boca se sentía seca, a pesar de haber bebido más de lo habitual durante la cena, como si su cuerpo no supiera cómo reaccionar ante la acumulación de información, de emociones, de preguntas que no encontraban un lugar claro.
Finalmente, carraspeó levemente, obligándose a hablar.
—¿La magia... corrompió mi alma? —preguntó, y por primera vez desde que había llegado, su voz no logró ocultar del todo la inseguridad.
La reacción fue inmediata.
Varias risas suaves recorrieron la mesa, no burlonas, sino ligeras, casi tranquilizadoras. No se reían de él, sino de la idea.
—La magia no corrompe —respondió Circle, con una seguridad que no dejaba espacio para dudas—. Es algo que se tiene o no... como un lunar.
La comparación era simple.
Asael asintió lentamente, aunque la convicción no llegó de inmediato. Había pasado toda su vida bajo una narrativa completamente distinta, y desmontarla en unos minutos no era tan sencillo.
—Disculpen... —murmuró finalmente, poniéndose de pie—. Necesito un momento.
No hubo preguntas ni intentos de retenerlo. Solo miradas que lo siguieron en silencio mientras se alejaba de la mesa.
El pasillo se sintió más frío en comparación con el comedor, más silencioso, como si el bullicio hubiese quedado atrás de forma abrupta. Asael avanzó sin pensar demasiado en hacia dónde iba, abriendo la primera puerta que encontró, luego otra, hasta que finalmente empujó una más al final del corredor.
Amplia, silenciosa, casi vacía.
El aire allí era distinto, más denso, impregnado del olor de los libros, de la madera antigua, de un lugar que había sido pensado para la reflexión, para el aislamiento voluntario.
Entró sin dudarlo, dejando la puerta abierta detrás de sí.
Se dejó caer en uno de los sofás con un suspiro contenido, apoyando los codos sobre las rodillas mientras intentaba ordenar sus pensamientos, aunque estos parecían resistirse a cualquier tipo de estructura.
Escuchó pasos detrás de él.
No necesitó girarse para saber quién era.
Ella no dijo nada al entrar. Se limitó a avanzar unos pasos y apoyarse contra una de las estanterías, cruzando los brazos con una naturalidad que contrastaba con la intensidad del momento. Su mirada se posó sobre él, atenta, silenciosa, como si estuviera esperando a que él encontrara las palabras por sí mismo.
Y por un instante, ninguno de los dos habló.
—¿Sabes? —comenzó Asael después de unos segundos de silencio, dejando escapar una pequeña risa nerviosa que no lograba disimular del todo lo que sentía—. No esperaba nada de esto cuando dijiste que iríamos con tu "familia".
El comentario no llevaba burla, sino una especie de incredulidad todavía fresca, como si una parte de él siguiera intentando acomodar todo lo que había visto desde que había cruzado esa puerta.
Amelie no se movió de su lugar contra la estantería. Lo observó con calma antes de responder, como si la aclaración fuera necesaria, pero no urgente.
—Todas ellas son mi familia —dijo con sencillez, sin justificarlo ni adornarlo, como si no hubiera nada extraño en esa afirmación.
Asael asintió levemente, aunque su expresión dejaba en claro que aún estaba procesando esa idea.
—Todas son tan... jóvenes —murmuró, más para sí mismo que para ella, sin poder evitar que la duda se filtrara en su voz.
Amelie negó con suavidad, cruzando los brazos.
Esa respuesta no simplificó nada.
Si acaso, abrió más preguntas.
—¿Quién es la mayor? —preguntó Asael, levantando apenas la mirada.
Amelie se tomó un segundo para pensarlo, ladeando la cabeza con un gesto casi distraído.
La respuesta hizo que Asael se quedara en silencio unos instantes, asintiendo muy lentamente, como si esa información encajara con algo que ya había intuido sin poder ponerlo en palabras.
Bajó la mirada hacia sus propios zapatos.
El contraste lo golpeó de forma inesperada.
¿En serio había ido a una reunión con cuatro reyes vestido de esa forma?
La imagen apareció con una claridad incómoda, pero la dejó pasar casi de inmediato. No era eso lo que debía ocupar su mente ahora.
No cuando todo lo demás pesaba tanto más.
No, debía pensar en su madre.
Y, inevitablemente, en su padre.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Amelie entonces, con un tono más suave, menos distante.
Asael dejó escapar el aire lentamente antes de responder.
—Confundido —admitió, sin intentar suavizarlo—. Sucedieron tantas cosas hoy... tantas mentiras, tantos ocultamientos me fueron revelados que ya no distingo la realidad.
Era la forma más simple de decirlo.
Amelie se separó de la estantería y caminó hacia él con una calma medida, como si no quisiera invadir más de lo necesario. Se sentó a su lado sin hacer ruido, lo suficientemente cerca como para que sus brazos se rozaran apenas, y tomó su mano sin decir nada.
El gesto fue firme, pero no invasivo.
Asael bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas. Una parte de él agradecía ese contacto, esa presencia que no exigía respuestas inmediatas, pero otra parte esperaba palabras, alguna guía, algo más concreto a lo que aferrarse.
Aun así, no retiró la mano.
—¿Qué harías tú en esta situación? —preguntó finalmente, sin mirarla, con la voz más baja.
Amelie se encogió de hombros levemente, como si la respuesta no fuera sencilla, pero tampoco imposible.
—Me encargaría de resolver mis asuntos —dijo con naturalidad—. Aunque, claro... no es fácil.
La honestidad de la respuesta no lo tranquilizó.
Pero tampoco lo desestabilizó más.
Asael asintió, aunque la duda seguía presente.
—No sabría siquiera por dónde comenzar...
Amelie giró apenas hacia él y, con un gesto inesperadamente suave, apoyó su mano en la mandíbula de Asael, obligándolo a alzar la mirada y encontrar la suya. No hubo brusquedad en el movimiento, pero sí una firmeza que no dejaba lugar a evasivas.
—Primero, conviértete en un rey, Asael.
Las palabras no fueron dichas en voz alta, pero tampoco en un susurro. Fueron claras.
Asael sostuvo su mirada, intentando comprender lo que realmente implicaban, y entonces lo vio. En los ojos de Amelie había algo más que determinación. Había decepción. No abierta, no acusadora, pero presente, como una sombra que no lograba ocultarse del todo.
Por un instante, creyó notar un leve destello rosado en su mirada, tan fugaz que no estaba seguro de haberlo visto realmente.
Se apartó de él con la misma rapidez con la que se había acercado, como si necesitara recuperar distancia, como si ese momento hubiera sido más de lo que estaba dispuesta a sostener.
—No solo un título de rey —aclaró, retomando un tono más firme, más controlado—. Actúa como un rey.
Las palabras quedaron resonando en el aire.
Y esta vez, Asael no dudó.
—Debo volver al castillo lo antes posible —sentenció, incorporándose apenas, con una determinación que no había estado presente antes—. Lo más probable es que intenten asesinar a mi padre durante esta noche... y me darán por muerto en la mañana.
—Solo necesito entrar en el castillo.
La puerta de la biblioteca se abrió apenas, lo suficiente como para que una figura se asomara con discreción.
Si acaso, parecía haber estado esperando ese momento.
—Podemos ayudarte a entrar al castillo sin que lo sepan —dijo, con la misma calma con la que había respondido todo desde el principio.
Y por primera vez desde que había comenzado aquel día, Asael sintió que, quizás, tenía una posibilidad real de actuar.