Felizmente correspondió a ese nuevo beso, con la emoción desbordando al no ser el único deseoso de contacto. Estrechó a Emme entre sus brazos, deseando tenerle lo más cerca posible mientras éste seguía brindándole la calidez de su boca. Sus labios se separaron de manera perezosa, y Finn conteniendo los propios para que no volvieran a atacar los de su pareja; ya habría tiempo para besos, no era necesario gastarlo de golpe.
El albino también soltó una risilla, quizá porque la de Emmerik era contagiosa, o sencillamente porque las endorfinas no paraban de revolotear dentro de él. Se sentía como cuando era adolescente y el mínimo detalle en relación al moreno conseguía hacerle latir el corazón tan fuerte que incluso le dolía.
— Yo también. —utilizó el mismo tono bajo y grave, como si estuvieran envueltos en un hechizo que se negaba a romper. Por otra parte, no podían pasarse el rato ahí plantados en el descansillo, así que le dio un besito en la nariz antes de tomarle la mano y dirigirse ambos a la cocina.
Le quitó la bolsa del súpermercado, dejándola sobre la mesa y lanzándose a rebuscar en su interior como si fuera un niño pequeño buscando chucherías e ignorando todo lo demás. De hecho, sonrió como tal al hallar su “caramelo”.
— Si es que tengo que quererte. —
Viéndose prácticamente arrastrado, de nuevo, al interior de la vivienda aprovechó para observar el estado en el que esta se encontraba; distinto al que solía presentar en las pocas ocasiones en las cuales coincidió con el dulce y atento progenitor del muchacho. Era de esperar, puesto que el hombre no parecía prestar demasiada atención a temas tan poco importantes como los que eran la manutención básica de un hogar o el cuidado del que se suponía que era su hijo.
No, no era momento de pensar en aquello. Tan solo de hacerlo sentía como su interior comenzaba a retorcerse, preso de la rabia y la impotencia al ser incapaz de actuar de algún modo que pudiera considerarse correcto y así librar a Finn del calvario de en lo que imaginaba que debía convertirse la convivencia junto a ese engendro con nombre de padre.
Una vez en la cocina sonrió, divertido gracias a la actitud del albino quien se hallaba, como en muchas otras veces anteriores, en mitad de la búsqueda del tesoro; expresión con la que bautizó Emmerik tal entusiasmo. ––No iba a dejarte sin salmón, aunque tampoco pases de largo solo por gulas y dejes de lado la comida de mi madre. ––Informó en tono bromista, abriendo con delicadeza la mochila que este portaba para descubrir así una nueva bolsa la cual ofreció al contrario. ––Ha querido que me llevara algo más de comer, ya sabes como es. Según ella “Son platos franceses y quiero que los pruebe, ¡Guardadlos bien en la nevera cuando llegues!” ––Rió, imitando la voz perteneciente a la fémina. ––Le hacía bastante ilusión por lo que parecía cuando me los dio. ––No eran cantidades exageradas pero sí las suficientes para obtener una buena cena durante uno o dos días junto a lo que el mayor había comprado.