Siempre queda ese olor de abandono. Por donde vaya consigo identificar ese pequeño aroma, en las calles, en los cuellos de los abrigos, en las manos y en las palabras, en los besos y hasta en los abrazos, la casa apesta y yo, bueno, ya me conoces abuelo, siendo como eres, seguramente sabrás que escribo esto sin pantalones, que el cenicero está lleno, sabrás de las botellas de cristal vacÃas y de las tres manchas de café de mi camiseta, que de forma ridÃcula han dibujado a Mickey Mouse sobre la tela del hombre que escucha jazz sin pantalones. Como si fuera ceniza, sé que de alguna manera, este aroma viene de la destrucción de algo anterior, un fuego que se ha ido consumiendo con el tiempo y del que ahora sólo queda un cadáver apestoso. Pero tranquilo, estoy bien, sueno muy trágico, pero ya me he hecho al olor, al principio trataba de perfumar allá por donde iba, trataba de ignorar ese olor como algo que no estaba allÃ, que no deberÃa oler, un idiota más con una nariz idiota. Iba por ahà con colonia en la mochila y siempre que podÃa, muy disimuladamente, apretaba el pulverizador por toda la casa, por la calle, yo mismo me "pulverizaba"·de pies a cabeza, y sÃ, perdÃa el olor durante unos instantes, pero terminaba volviendo, y cuando volvÃa, se metÃa en mi cabeza y desde dentro me golpeaba, se clavaba en mis sienes y atravesaba mis ojos, incluso llegaba a hacerme vomitar, mira si te digo. Pero ya no, como un mal amigo, me he acostumbrado a vivir con él y estoy bien, con los años he aprendido a vivir con ese olor, asà como he aprendido a vivir solo, o tonterÃas como que al beber café, siempre interesa más una camiseta que unos pantalones.