Algo que todavía recuerdo
Hace bastante que quería contar esta historia porque, aunque pasó hace muchos años, todavía me acuerdo bastante bien. Habían pasado dos años desde que dejé de vivir con el otro hombre que me maltrataba. Durante un tiempo dormí donde podía y pregunté en todos lados si necesitaban a alguien, hasta que un día entré a un minimercado del barrio. El dueño me dijo que justo estaba buscando una mano. Yo ya lo conocía de vista porque era bastante conocido por el barrio. Siempre organizaba campañas solidarias, donaba alimentos y subía fotos a las redes ayudando a familias que necesitaban cosas. Todos hablaban muy bien de él. Me ofreció quedarme a trabajar ahí: tenía que limpiar, acomodar la mercadería, descargar los pedidos y ordenar el depósito, y a cambio podía dormir en una piecita del fondo. Me dijo que el sueldo no era gran cosa, pero que ahí no me iban a faltar techo ni comida. A esa edad, después de haber pasado un tiempo sin saber dónde iba a dormir, acepté sin pensarlo. Los primeros días trabajé desde que abría hasta que cerraba. Aprendí dónde iba cada producto, cómo ordenar las góndolas y hasta me dejaron atender la caja cuando el dueño salía un rato. El problema empezó cuando me di cuenta de que pasaba todo el día rodeado de comida y aun así terminaba acostándome con hambre. Comía apenas lo suficiente para seguir trabajando. Una vez le pedí un poco más y me dijo que tenía que aprender a valorar las cosas y que la comida no se regalaba. Lo que más me llamaba la atención era que cuando algún producto estaba por vencer tampoco me dejaba comerlo. Lo separaba y lo guardaba en unas cajas en el depósito. Unos días después vinieron a grabar una campaña solidaria y ahí entendí para qué guardaba esas cajas. Las sacó, las acomodó para que se vieran bien y empezó a repartirlas mientras hablaba de lo importante que era ayudar a los demás. Todos lo felicitaban y yo estaba ahí, mirando. Cuando terminaron de grabar, volvió a guardar todo lo que había sobrado y seguimos trabajando como cualquier otro día. Con el tiempo el hambre pudo más que yo. Había descubierto que una de las cámaras tenía un punto ciego justo al lado de la estantería donde estaban las barras de cereal y las galletitas. Esperaba a que cerrara el local, agarraba algo para comer y después rompía un poco más el paquete para que pareciera que habían entrado ratas. Durante varias semanas funcionó. El dueño puso trampas, llamó a una empresa de fumigación y no paraba de quejarse de la plata que estaba perdiendo por la supuesta plaga. Hasta que una noche revisó las cámaras otra vez y encontró el momento en el que yo salía de ese punto ciego. Al día siguiente me llamó a la oficina, me mostró el video y me dijo que había traicionado su confianza y que alguien como yo no podía trabajar en su negocio. Esa misma tarde me echó y tampoco me pagó lo que me debía. Cuando salí con mi mochila vi que estaban cargando la camioneta para otra campaña solidaria. Él estaba sonriendo para las fotos y yo seguí caminando.
Ahora que lo pienso después de tantos años, creo que lo que más recuerdo de todo eso es que nunca entendí cómo alguien podía tener tanta comida y aun así no querer compartirla. En ese momento solo sabía que tenía hambre. Hoy entiendo que a veces tener mucho no significa estar dispuesto a dar un poco.
















