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Pieter Neefs the Younger & Frans Francken III - The nave of Antwerp Cathedral. Detail.
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La inutilidad de los libros Por Roberto Arlt
Me escribe un lector:
âMe interesarĂa muchĂsimo que Vd. escribiera algunas notas sobre los libros que deberĂan leer los jĂłvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro estĂĄ, la experiencia propia de la vida)â.
No le pide nada el cuerpoâŚ
No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, Âżen dĂłnde vive? ÂżCree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseĂąarĂĄn a formarse âun concepto claro y amplio de la existenciaâ? EstĂĄ equivocado, amigo; equiÂvocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, crĂŠalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia mĂĄs o menos complicada que he conocido habĂan leĂdo. LeĂdo, desgraciadamente, mucho.
Si hubiera un libro que enseĂąara, fĂjese bien, si hubiera un libro que enseĂąara a formarse un concepto claro y amplio de la existencia, ese libro estarĂa en todas las manos, en todas las escuelas, en todas las universidaÂdes; no habrĂa hogar que, en estante de honor, no tuviera ese libro que usted pide. ÂżSe da cuenta?
No se ha dado usted cuenta todavĂa de que si la gente lee, es porque espera encontrar la verdad en los libros. Y lo mĂĄs que puede encontrarse en un libro es la verdad del autor, no la verdad de todos los hombres. Y esa verdad es relativa⌠esa verdad es tan chiquita⌠que es necesario leer muchos libros para aprender a despreciarlos.
Los libros y la verdad
Calcule usted que en Alemania se publican anualmente mĂĄs o menos 10.000 libros, que abarcan todos los gĂŠneros de la especulaciĂłn literaria; en ParĂs ocurre lo mismo; en Londres, Ădem; en Nueva York, igual. Piense esto:
Si cada libro contuviera una verdad, una sola verdad nueva en la suÂperficie de la tierra, el grado de civilizaciĂłn moral que habrĂan alcanzado los hombres serĂa incalculable. ÂżNo es asĂ? Ahora bien, piense usted que los hombres de esas naciones cultas, Alemania, Inglaterra, Francia, estĂĄn actualmente discutiendo la reducciĂłn de armamentos (no confundir con supresiĂłn). Ahora bien, sea un momento sensato usted. ÂżPara quĂŠ sirve esa cultura de diez mil libros por naciĂłn, volcada anualmente sobre la cabeza de los habitantes de esas tierras? ÂżPara quĂŠ sirve esa cultura, si en el aĂąo 1930, despuĂŠs de una guerra catastrĂłfica como la de 1914, se discute un problema que debĂa causar espanto?
ÂżPara quĂŠ han servido los libros, puede decirme usted? Yo, con toda sinceridad, le declaro que ignoro para quĂŠ sirven los libros. Que ignoro para quĂŠ sirve la obra de un seĂąor Ricardo Rojas, de un seĂąor Leopoldo Lugones, de un seĂąor Capdevilla, para circunscribirme a este paĂs.
El escritor como operario
Si usted conociera los entretelones de la literatura, se darĂa cuenta de que el escritor es un seĂąor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada mĂĄs. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan Ăştiles como las casas, y despuĂŠs⌠despuĂŠs que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.
En nuestros tiempos, el escritor se cree el centro del mundo. Macanea a gusto. EngaĂąa a la opiniĂłn pĂşblica, consciente o inconscientemente. No reÂvisa sus opiniones. Cree que lo que escribiĂł es verdad por el hecho de haberÂlo escrito ĂŠl. El es el centro del mundo. La gente que hasta experimenta difiÂcultades para escribirle a la familia, cree que la mentalidad del escritor es suÂperior a la de sus semejantes y estĂĄ equivocada respecto a los libros y respecÂto a los autores. Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada mĂĄs. Y para ganarnos el puchero no vacilaÂmos a veces en afirmar que lo blanco es negro y viceversa. Y, ademĂĄs, hasta a veces nos permitimos el cinismo de reĂrnos y de creernos geniosâŚ
Desorientadores
La mayorĂa de los que escribimos, lo que hacemos es desorientar a la opiniĂłn pĂşblica. La gente busca la verdad y nosotros les damos verdaÂdes equivocadas. Lo blanco por lo negro. Es doloroso confesarlo, pero es asĂ. Hay que escribir. En Europa los autores tienen su pĂşblico; a ese pĂşblico le dan un libro por un aĂąo. ÂżUsted puede creer, de buena fe, que en un aĂąo se escribe un libro que contenga verdades? No, seĂąor. No es posible. Para escribir un libro por aĂąo hay que macanear. Dorar la pĂldoÂra. Llenar pĂĄginas de frases.
Es el oficio, âel mĂŠtierâ. La gente recibe la mercaderĂa y cree que es materia prima, cuando apenas se trata de una falsificaciĂłn burda de otras falsificaciones, que tambiĂŠn se inspiraron en falsificaciones.
Concepto claro
Si usted quiere formarse âun concepto claroâ de la existencia, viva.
Piense. Obre. Sea sincero. No se engaĂąe a sĂ mismo. Analice. EstĂşdiese. El dĂa que se conozca a usted mismo perfectamente, acuĂŠrdese de lo que le digo: en ningĂşn libro va a encontrar nada que lo sorprenda. Todo serĂĄ viejo para usted. Usted leerĂĄ por curiosidad libros y libros y siempre lleÂgarĂĄ a esa fatal palabra terminal: âPero sĂ esto lo habĂa pensado yo, yaâ. Y ningĂşn libro podrĂĄ enseĂąarle nada.
Salvo los que se han escrito sobre esta Ăşltima guerra. Esos documenÂtos trĂĄgicos vale la pena conocerlos. El resto es papelâŚ
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Zygmunt Andrychiewicz 1861-1943
The Rockefeller Family GardensÂ
In The Rockefeller Family Gardens, photographer Larry Lederman gives readers unprecedented access to the two Kykuit gardensâthe expansive Beaux-Artsâstyle garden and a little-known Japanese garden, brought to life by Governor Nelson A. Rockefeller.
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Kyle Thompson (Prints)
RenĂŠ Magritte, Attempting the Impossible, 1928
native stingless bees collecting sap from mâbloodwood tree

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Liu Wei - Landscape, 2006 - oil on canvas with frame
Mircea Suciu - The Deceiver, 2015 - oil, acrylic, and monoprint on paper