He estado pensando mucho en ti, y me doy asco.
Aún permito que rondes mi mente en escenarios creados por mí para poder mandarte a la mierda como te mereces.
Me doy asco, porque ya hayan pasado siete años, y tu vida es perfecta, por fin lograste todos tus objetivos, todos esos sueños que me contaste.
Y no, no es envidia, porque de verdad me alegro que tengas una vida feliz, por eso te dejé ir.
Pero siempre te guardaré rencor por haberme soltado después de haber tomado todo lo que necesitabas de mí para crecer y ser una mejor versión de ti mismo.
Me arranqué mis propias alas para que tú pudieras volar para lograr tus sueños, aunque no fuera yo quien estuviera ahí para celebrarlos, sino alguien más.
Yo siempre he sabido que mi vida estaba destinada al fracaso, pero eso nunca lo viste.
Sólo conociste a la persona positiva, a la persona que te motivaba a confiar en ti mismo, a no dudar de tus talentos, mientras yo me hundía cada vez más y más en el frío y oscuro abismo de mi mente.
Cuando me derrumbé, saliste corriendo.
Le lloraste a mis amigos mientras les preguntabas qué hacer para ayudarme, sólo que se te olvidó preguntarle a la persona más importante: a mí.
Yo no necesitaba que hicieras nada, sólo necesitaba que te quedarás, que fueras mi pilar, mi soporte en medio de la tempestad. Sólo quería que por primera vez, fueras tú el fuerte, pero sólo demostraste ser un cobarde, como siempre lo has sido.
Y no conforme con ello, me hiciste sentir desechable, tan, tan desechable y reemplazable.
Me hiciste sentir como un plato de unicel, que después de utilizar y saciarte, se tira a la basura sin mirar atrás.
¿Alguna vez me amaste de verdad?
Nunca lo sabré, y ya no quiero saberlo.
No te deseo mal, nunca podría hacerlo.
Sólo te deseo lo que te mereces, y eso, ya es sólo entre tú y tu conciencia.



















