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Cinema Paradiso (1988)
Vous serez toujours mon inspiration.
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La visita de Avelina
A la memoria de Juana BenĂtez
Tengo bien fresco en la mente el dĂa en que mi Avelina se fue, aquel dĂa sentĂ que me dejaban venir contra el cuerpo un machete que me cortaba en pedacitos y para mantenerlos frescos fui a hacĂ©rmelos arder en pulque y mezcal, me ahoguĂ© en la pena hasta que sentĂ que se hacĂa una costra dentro mĂo, una que aquĂ sigue, aquĂ la he sentido todititos los dĂas desde que se me muriĂł.
Avelina tenĂa dĂas quĂ©jese y quĂ©jese de dolores en el estĂłmago, se habĂa tomado algunos menjurjes que le dio la curandera del pueblo pero no le hicieron efecto, mejor me la llevĂ© con el doctor el dĂa en que se agravĂł y no pudo levantarse de la cama; ella estaba sin moverse, con la mirada perdida hacia el techo y sudando frĂo, la carguĂ© como pude y la subĂ al burro. Me dio escalofrĂos tan sĂłlo de pensar en el viaje que nos esperaba, desde aquĂ, en Copala, hay que andar cerca de cinco horas para poder llegar a la zona donde el doctor, en estos lugares nos sanamos con remedios y hierbas pero a ella eso ya no le servĂa.
Su hermana Justina saliĂł corriendo de su jacal cuando la vio como desmayada y me pidiĂł que la dejara acompañarme, anduvimos pues cerca de dos horas lo más a prisa que se podĂa, hacĂa un viento muy fuerte, levantaba el polvo y no nos dejaba ver bien el camino, que para tan entrada la madrugada como estaba, no habĂa rastro alguno de gente, sĂłlo nos acompañaba la negrura de la noche y el ruido del aire chocando con todo a su paso. Yo sentĂa como que una cosa maligna nos seguĂa, le arrebataba la vida de poquito en poquito a mi Avelina, y me asustĂ©.
Justina iba trepada en el burro abrazando fuertemente a Avelina, habĂa pasado ya un buen rato desde que la oĂmos lanzar un quejido y cuando ella se dio cuenta, me dijo- Detente poquito, la quiero tentar. Nos orillamos hacia una piedra grande atajándonos de la polvadera y ahĂ Justina extendiĂł su rebozo para taparla, el calor se escapaba del cuerpo de Avelina y yo en ese momento querĂa que me salieran alas para poder llevarla cargando, querĂa con todas mis fuerzas que estuviĂ©ramos con el doctor en un santiamĂ©n. Me puse cerquita de ella para mirarla y le acariciĂ© la cara, ella hizo muchos esfuerzos por abrir los ojos hasta que lo logrĂł, me mirĂł bien fijo con esos enormes candiles que tenĂa y supe que querĂa decirme algo, tratĂł de acercarme con su mano y una vez mi oreja estuvo pegada a su boca, me murmurĂł algo que no entendĂ, estaba muy dĂ©bil como para poder siquiera pronunciar palabra, hizo el esfuerzo por volver a decĂrmelo pero la detuve, no querĂa que se fatigara más.
Entonces Justina la cubriĂł rápidamente mientras me decĂa: -¡Hilario, apĂşrate, apĂşrate que se nos enfrĂa!- le tocĂł la cara con sus manos como reconociĂ©ndola, como grabándosela en los dedos. Buscando una señal de vida, se pegĂł a su pecho y la zarandeo fuerte, aferrándose al cuerpo como si fuera una extremidad que habĂan cortado del suyo; la tocaba como si con sus manos buscara pasarle vida, como si aquello pudiera lograr que se moviera, que volviera a escuchar su nombre de esos labios que tomaban un color morado más intenso con el paso de las horas.
Ya no podĂa ser de otra forma, una hora despuĂ©s Avelina se nos habĂa ido, se habĂa fugado al lugar al que nos habĂamos prometido ir juntos, o uno seguido del otro sin tanto tiempo de distancia. No nos quedĂł más que regresar al pueblo y darle cristiana sepultura en el terreno de sus abuelos, un lugar lleno de girasoles que parecen miles de soles haciendo la danza del viento. Justina dice que le recuerdan a las dos cuando chiquillas corriendo tras las lagartijas y arreando los borregos, es una tierra que desde antes de que nacieran les fue prometida en herencia y que ahora, como estaba previsto ya desde ese entonces, le pertenece a Avelina por el hecho de habitar allĂ por siempre su recuerdo.
Durante meses no pude dejar de llorarla, se me llegĂł a figurar que aquel dolor era tambiĂ©n ella, era su presencia viva en la mĂa y una forma de tenerla conmigo.
EsperĂ© el 2 de noviembre como pocas cosas he querido esperar desde que tengo memoria, el pueblo entero se viste de fiesta y de muchos olores, hay recuerdos que salen cada año trayendo consigo a aquellos que yacen bajo tierra, sacamos fotografĂas viejas, luces y banquetes para deleitar a nuestros invitados del más allá. En casa, con ayuda de mis hijos, armĂ© una ofrenda para Avelina, contenĂa, aunque humildemente, todo lo que a ella le gustaba, mi pensamiento era que cuando ella viniera, la pasara muy contenta entre nosotros. Agustina mi hija, me platicĂł que la soñó pidiĂ©ndole que le hiciera un mole rojo con pollo, asĂ que trajo una cazuela repleta del exquisito platillo y un montĂłn de flores de cempasĂşchil que dieron color y aromatizaron toda la casa, mi hijo Aureliano y su esposa trajeron veladoras, pan y champurrado; yo por mi parte coloquĂ© una cruz, su foto en el centro y un par de aretes que se ponĂa en los dĂas de fiesta, sabĂa que le gustarĂa verlos de nuevo.
Cerca de la media noche, la gente se retiraba a dormir, una a una se iban apagando las luces dentro de los jacales y ya pocos Ă©ramos los que quedábamos platicando mientras tomábamos buen pulque. Mis hijos se despidieron y pronto me quedĂ© solo, me fui a acostar pero no podĂa dormir, o más bien no querĂa dormir, tenĂa en la mente un revoltijo de pensamientos: mis deberes del dĂa siguiente se enmarañaban con mis recuerdos de la presencia de Avelina en la casa; cuando cocinaba, cuando se sentaba a tejer, cuando daba de comer a las gallinas, cuando trenzaba su cabello y sonreĂa, todas esas imágenes me andaban dando vuelta en la cabeza y creo que fueron las que la llamaron.
Empezaba a quedarme bien dormido cuando oĂ ruidos en la cocina, mirĂ© hacia allá y la luz de las veladoras reflejaban una sombra en las paredes, imaginĂ© que algĂşn maldoso hombre se habĂa metido a tomar las cosas de la ofrenda, asĂ que levantándome muy despacio tomĂ© el cuchillo que guardo a lado de mi cama para prevenirme de estas cosas y me movĂ sin hacer ruido para sorprender al ratero.
Mis ojos se abrieron bien grandes y los pies me empezaron a tambalear cuando mirĂ© a Avelina parada frente al espejo de la mesita contemplando su reflejo mientras se ponĂa los aretes, tenĂa el mismo largo cabello negro que empezaba a llenarse de canas, tal como lo recordaba; la misma piel, los mismos labios, era como si el tiempo se hubiese detenido en ella. El cuchillo se me fue resbalando de las manos como si tuviera mantequilla y me fui acercando; ella se dio la vuelta y me mirĂł dulcemente, me sonriĂł mientras caminaba hacia a mi diciendo: - Te he extrañado, viejo- yo la abracĂ© muy fuerte y le respondĂ- Y yo a ti, mi Avelina, yo a ti.
Pasamos el resto de la noche tomando atole y trayendo a colaciĂłn el pasado, nos acordamos de buenos momentos, le enseñé quĂ© tanto han crecido sus plantas, la llevĂ© a que escuchara a sus pájaros para que viera que tienen el mismo trinar de siempre, el que tanto le gustaba escuchar en las mañanas. Sin darnos cuenta ya eran las cinco de la mañana, ella echĂł un vistazo al cielo y por la mirada que puso, supe que tenĂa que irse, le agarrĂ© la mano y le pedĂ que regresara, que no me dejara tanto tiempo solo, ella dijo:
-Aunque no me veas como ahora, cuido de ustedes y de nuestra cosecha de trigo, estoy encargada de que tu trabajo dĂ© frutos y siga fuerte. Aunque descanso entre los girasoles, el alma de quien se va reclama regresar al hogar, al centro de la existencia. Cada que veas que el viento sopla fuerte entre el trigo, estoy aquĂ, entre nuestra herencia, entre nuestra tierra y el trabajo que algĂşn dĂa será de nuestros nietos.
Desde entones cada año la espero con fervor, ella viene y me platica cómo estará la cosecha durante todo el año y qué hay que hacer para mantenerla; yo sigo sus indicaciones al pie de letra y todo va bien. Cada 2 de noviembre viene a platicar conmigo, bebemos un trago, bailamos un poco y me deja contento. La última vez me aseguró que ya falta poquito para que no haya más despedidas, que ya merito vendremos juntos a visitar a los hijos y a los nietos, no me dijo cuándo pero sé en el corazón, que será pronto.
En lo dicho: MARAVILLOSO.Â

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Verano.
Directa o indirectamente, todo lo que escribimos es para alguien.

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