Con el ceño fruncido y la cabeza gacha, sus ojos vivaces todo lo
escudriñaban detrás de los cristales de sus anteojos, que no usaba
por otro motivo que no fuera moda.
Nadie la veía. O tal vez, mejor dicho, nadie reparaba en ella.
Contextura física que no sobresalía de la media. Cabello largo
platinado, que el clásico viento de febrero hacía danzar. El haru
ichiban, primer viento de la primavera.
Febrero no le gustaba. Pues poco tiempo después llegaría el
verano, estación durante la cual no salía de la casa.
Pensaba con nostalgia en que tan sólo unos días atrás se había ido
enero, dejando a los sakura en su plena floración. Esa imagen
estaba grabada en su retina.
Su vestimenta era la de los adolescentes en Okinawa, respetaba
esa fusión de rebeldía y tradición, con algún detalle que la hiciera
parecer más joven aún. Solía llevar una chaqueta de corte samurai,
que destacaba su cintura. Pero hoy no la llevaba consigo.
Nada en ella sobresalía. Excepto su cabeza gacha. Que sólo erguía
con una sonrisa extraña, mostrando felicidad al inicio, mutando a
horror a continuación. Todo eso en un interminable segundo.
La sonrisa parecía provenir de un recuerdo, pues a continuación
movía su cabeza como asintiendo, y volvía a su cuaderno.
Llevaba un cuaderno pequeño con inscripciones junto a las cuales
ella, a su vez, completaba en lo que para mí era un dibujo extraño,
y no expresión de un lenguaje. Aunque recordé que los kanji son
ideogramas. (Gracias Daruma, tu paciencia conmigo no fue
completamente en vano)
Ojalá pudiera comprender algo de lo que con tanto fervor escribe.
“Si…” dijo.
Levantó su cabeza y sonrió. Algo recordó. Que le habían dicho que
la tela “denim” se llamaba así por el lugar de su origen: en la ciudad
de Nimes … “denim”.
Esta vez su sonrisa fue plena, imaginándose en ese país que, según
pensaba, hasta la muerte sería una “bella arte.” Aquí, en cambio -
pensó desalentada- “los viejos tienen una manía de ser más viejos
aún.”
Machiko, que ese era su nombre, tuvo una infancia bastante feliz.
No totalmente feliz. Pero feliz.
En su mesa de luz, sobresalía un portarretratos con una foto suya,
a la edad de 11 años, con sus abuelos Hanzō y Saori en el parque
Momobara.
Cuando aquello sucedió sus padres ya no estaban y quedó al
cuidado de ellos. Él, a sus setenta y nueve años, zapatero,
honrando una larga tradición familiar, y ella culpable de los más
ricos namagashi del universo.
La acogieron, la cuidaron, la comprendieron. Y le hicieron saber
que era un miembro más de un milenario linaje que cada cuatro
generaciones -recordaba el abuelo- se manifestaba.
Sucedió a la edad de nueve años. El impulso fue irrefrenable. Vio a
su padre salir de la casa arrastrando los pies, cosa que nunca hacía,
y no volvería a hacer, pues Machiko, la pequeña Machiko, con una
fuerza sobrehumana derribó a su padre, y de una mordida precisa y
con una fuerza bestial, seccionó carótida y yugular provocando la
muerte casi de inmediato.
El ruido de la caída atrajo a su madre, que quedó un instante eterno
sin respiración al ver el infierno en los ojos de su hija. La pobre
mujer, que aún no llegaba a los 40, salió corriendo de la escena, de
la casa y, posiblemente, de este mundo.
Corre el año 2004, la desconcentración luego del acto político se
convierte en una marea humana que arrastra a Machiko a subir
forzadamente la escalera de la estación Miebashi del monoriel… o
se deja arrastrar.
Así terminó en un repleto vagón que en un instante inició su viaje.
Y ese fue el fin.
Porque Machiko, llena de rabia, ira y desencanto, había asesinado a
cuarenta y seis de los más de cien pasajeros de ese fatídico coche
de la Okinawa Urban Monoriel Inc, al llegar a la estación Makishi.
Gritos, llantos, sangre por doquier, pasajeros del otro vagón que,
viendo ese horror, se arrojan desde la altura.
Es la historia de Machiko, ignorada por todos mientras se muestra
en su forma humana, ansiosa por obtener de una vez por todas la
designación oficial como demonio aprendiz. Angustiada y rabiosa
por fallar en sus evaluaciones, viendo que se retrasa en su
formación, se desquita de manera salvaje cometiendo crímenes sin
freno.
La noticia se propagó hasta el inframundo, Yomi, “manantial
sulfuroso”.
El asunto de la muerte y los espantos todo lo tolera excepto el mal
desempeño, el desorden y la pulsión por matar. Pensando en eso,
en cuanta gente murió antes de lo agendado, Emma-ō, dios que
juzga y condena, se sintió desfallecer al condenar a Machiko a
vagar eternamente por un mundo sombrío y gris.