[taito] Yamato Drogas, capítulo 3!final.
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Es un dolor en el brazo lo que te atrae de nuevo a la realidad. Gimes un poco y una luz estalla frente a tus ojos. Empiezas a odiarla.
Parpadeas, fijando tu vista en tu dorso izquierdo donde una aguja entra a tus venas y lleva hielo en ellas. Duele. Una corriente que incluso es capaz de adormecer todo el brazo y tu primera reacción es quitártelo.
—¡No te lo quites! —alerta una voz, tomándote de las manos—. El médico dijo que dolería un poco, pero necesitas ese medicamento en tu cuerpo.
Prontamente, tu vista se aclara y la voz ya es familiar. Muy familiar. Demasiado familiar. Como unas nubes que muestran un cielo azul, lo ves frente a ti. El único rayo de luz en un cielo poblado de tinieblas.
—¿… Taichi? —pronuncias el nombre lentamente, temiendo que fuera cierto. Aún no estás listo para enfrentarlo.
—Tranquilo, todo estará bien, Yamato.
No puede ser. Esas palabras las odias. ¿Qué mierdas podría estar bien? De hecho, te hacen enojar porque no eres un bebé y no necesitas que te hablen con mimo.
—¿Qué haces aquí? —preguntas con molestia. Sí, estás molesto y no sabes si es precisamente con Taichi o con el mundo, pero alguien debe recibir esa furia.
Él luce sorprendido por la brusquedad de tu pregunta, incluso una punzada de arrepentimiento mancha tus emociones y lastima algo en tu expresión. Taichi no responde con rapidez, te observa en silencio y notas un agotamiento colgando de su rostro. No es el mismo brillo con el que lo viste la última vez. Sus hombros están caídos, la espalda ligeramente encorvada, el cabello más desordenado de su naturaleza; su rostro opaco y su mirada perdida.
—Lo que hacen los amigos —confiesa finalmente.
Esa oración te deja en blanco.
No, él no podía llevar con eso otra vez. Esa amistad ya pesaba demasiado. Te quedas callado, y sigues mirándole con reproche.
—Supongo que Nao te puso al día —continúa Taichi, casual, arrastrando una silla para sentarse junto a tu cama. El taburete es pequeño y sus piernas se recogen bastante.
Una sonrisa roída. Eso es lo que los labios de tu amigo pueden formar ahora.
—No sé. Con todo, supongo —Se encoge de hombros—. ¿Cómo te sientes?
—Bien —mientes. Eres un desastre tanto interno como externo, pero no tienes que lidiar con que otros lo sepan. Menos Taichi—. ¿Cuándo me darán de alta?
—Cuando tengan que hacerlo. —Frunces el ceño automáticamente. Taichi suspira—. ¿Y bien? ¿Tienes algo qué decirme?
—Eso debería preguntar yo. —Aún cuando estás débil y cansado, no pierdes la doctrina de turbar las aguas de cualquier conversación. Y para tu sorpresa, Taichi es el que clava el cuchillo para romper el hielo.
—¿Sí? Pues, no soy yo quien tuvo una sobredosis. No soy yo quien ocultó todo este tiempo una adicción. No soy yo quien estuvo a punto de morir, Yamato. —lo dijo lentamente, saboreando cada palabra y extendiendo la voz que no tuvo ninguna necesidad de gritarlo para que calara en lo más hondo de tu ser.
Tus labios se aprietan, tienes mucho para defenderte, pero al parecer Taichi tiene aún más para rebatirte cortando la oración que estabas a punto de soltar.
—Sí, no sé nada. —se adelantó, sorprendiéndote—. No sé con lo que lidiaste, no sé por lo que pasaste. Sé que la muerte de tu padre te afectó, pero maldición, Yamato, ¿qué no te he demostrado que siempre estaré de tu lado? —Sus ojos son dagas ardientes y te perforan, después de tanto, definitivamente el verdadero filo te corta—. ¿Tuve que verte en este estado, para poder saber que no confías en mí?
Es una buena pregunta, de hecho. Sus ojos están ardiendo, la ira tomando terreno y el silencio que cae entre ustedes oprime incesantemente. Tu cabeza es un lío, los pensamientos se arremolinaban y en tus oídos zumbaban las preguntas al que el eco de tu voz no tiene la fuerza de responder. Pierden consistencia en tu lengua y se deshacen antes de ser fecundadas con palabras vagas.
Las miradas se enfrentan, el deseo de saber se dibuja en las de Taichi. En el dulce arco de sus ojos y ese color que es calidez para tu corazón. Espera una respuesta de ti, y no la tienes. Tú tampoco tienes las respuestas y la sigues buscando en una parte de ti.
¿Qué otra explicación más que la soledad y la desesperación llevan a las peores agonías que solo una anestesia puede callar?
—Realmente… —La voz de Taichi se quiebra—. Realmente eres un idiota, Yamato.
Tu silencio no le agrada, lo demuestra en su ceño profundizándose y la impaciencia que manifiesta con la punta de sus tenis enfrentándose a la baldosa pálida. Las venas prensadas trepan por el talle de su cuello, y hace visible el pulso late frenético. Casi puedes adivinar el puño que estuvo conteniendo en el interior de su bolsillo. Ante tu silencio, no soporta más. Se da vuelta, dispuesto a irse.
En un asalto de tu cuerpo, estiras tu mano y tomas la suya. Al fin.
Ves la sorpresa manifestarse en el rostro de tu amigo, y más en la tuya cuando adviertes como cuarzos plateados ya han dejado líneas de cristal sobre sus mejillas. Oyes el sonido de algo agrietándose dentro de ti, no sabes lo que es, pero se hace trizas en medio segundo que solo queda escarcha que mancha tus ojos.. Te muestra la realidad astillada de lo que eres y serás.
Sientes que tu corazón está en pedazos junto con las palabras de Taichi. No puedes verlo llorar, no lo soportas. Taichi es el hombre más fuerte y valiente que conoces, y verlo así te lleva todas tus fuerzas.
Respiras temblorosamente, aun sigues tomando su mano y sabes que tus nudillos heridos sollozan al ejercer presión. No te importa, temes a que los dedos que atrapas se escapen y nunca más vuelvan a ti. Es tu más grande miedo. La pesadilla que asalta tu cama.
Le ves, soltándole y aprietas los puños en su pecho. Después de mucho tiempo conteniendo aquella palabra que más espinosa que hacía sangran el silencio; la dejas ir. Con tu aspecto enfermizo, la palidez infernal, ojeras que se hundían bajo tus párpados y, con la voz más cansada que nunca, lo observas con aprensión.
—Quédate. —Es lo que logras decir sin que te pese en la conciencia. Estiras tu brazo, es el primer contacto que quieres ejercer desde que regresaste y sientes que la desesperación aborda cada centímetro en tu ser—. Perdóname.
Las lágrimas se posaron también en las comisuras de tus ojos y es lo que necesita Taichi para romper aquella invisible pared en que te habías refugiado, para saltar a tu lado. Te abraza. Con esa fuerza que te hace cerrar los ojos y esconderte en su arco.
Le correspondes, levantando el brazo que no tienes dormido por la jeringa y sientes que muchas de las cargas que habías llevado caen. Se hacen pedazos en el calor de la amistad que te brinda tu amigo. Ni siquiera puedes reclamarle que haya dejado el soccer para venir a ti, porque ese fue tu más grande deseo egoísta, lo que siempre quisiste y ahora finalmente lo tienes. Solo era una palabra, una puta palabra que habría hecho la diferencia.
—Quédate. —repites, hundiéndote en su hombro.
—Nunca me he ido —solloza Taichi, abrazándote con fuerza. Sus manos acunan tu espalda, tan fuerte que duele y es el dolor más hermoso que quieres soportar—. Quiero cargar todo contigo. Incluso la vida, Yamato.
Ahora eres tú el que lo abraza, te hundes en su cuello humedeciéndolo. Ambos lloran. Tan gracioso que pueden consentir a un poema. Taichi se aleja y te ahoga con su mirada. La recibes, cerrando los ojos, dejando que el calor de sus labios derrita el hielo que hay en ti.
Siempre lo has sabido, nunca ha acaecido la verídica amistad entre ambos. Solo un bajo concepto que muchos creen saber y pocos conocen. No existe tal cosa como las almas destinadas, demasiado romanticismo a ideales de una sociedad ilusa. Solo existe algo real y es algo que solo conoces con Taichi. La muñequera que envuelve y cubre las cicatrices de tus venas, te lo demuestra.
Nunca fue amistad, siempre fue amor. Solo quien ama de verdad, se queda bajo cualquier costo.