LA CUCHILLADA DE LA COMADREJA
De camino a la escuela cruzábamos un hondo carcavón que fuera antaño escenario de una batalla. A mediodía la sombra de los árboles lo hundía en la lobreguez y, mirando desde el puente, se veían siempre al fondo los mismos restaños de agua cubiertos de hojarasca podrida. Se decía que comadrejas gigantes salían de allí al anochecer, así que a todos nos daba miedo el lugar.
Yo nunca vi ninguna, ni siquiera oí sus pasos. Pero era porque aquellas criaturas surgían como una ráfaga y con una veloz garfada de sus afiladas zarpas laceraban los rostros o las piernas de la gente. Cuando nos quedábamos hasta tarde en la escuela, preparando los exámenes, era pavor lo que nos daba pasar por allí. Apretábamos la escarcela bajo el brazo y cruzábamos el puente corriendo.
Cierto día un profesor en la escuela nos explicó la razón científica de aquella cuchillada de la comadreja. Se trataba de un vacío fortuito formado en la atmósfera, cuya repentina ausencia de presión afecta al cuerpo dándole la sensación de sentir que le clavan cuchillas. Aquella barranca cumplía todas las condiciones para precipitar tal fenómeno atmosférico.
Desde aquel día desapareció el miedo que me provocaban aquellos acongojadores monstruos. Mas la primera incursión de mi espíritu en el ámbito del desánimo y la desesperación también tuvo lugar por aquel tiempo. Todavía rememoro con frecuencia aquellas monstruosas comadrejas. De súbito, como de la nada —vicisitudes del destino de todo ser humano—, cae la incisiva cuchillada de la comadreja, causada por las azarosas bolsas de aire glacial.
El carcavón hace mucho que fue terraplenado. Una pista roja lleva en línea recta a un aeródromo abandonado de las fuerzas armadas imperiales.
Inoue Yasushi










