SEGUNDA PARTE, CAPÍTULO I
Día 70 de Nébula, Fortaleza de Cazadores.
Las antorchas colgadas en las paredes escupían una luz amarillenta que apenas lograba calentar la piedra. Afuera, la niebla traía consigo las primeras escarchas de las noches que estaban por venir. El mundo había muerto hacía días, aunque aún quedaban hojas aferradas a los árboles como cadáveres. Dentro de la fortaleza, el frío se colaba por los resquicios, metiéndose bajo las uñas, en los huesos y en la garganta.
Los cazadores almorzaban tarde o cenaban temprano, nunca quedaba muy claro en Nébula, cuando el sol no tenía fuerza suficiente para marcar nada. En una mesa larga, casi al fondo, los cazadores de monstruos hablaban entre tragos de aguardiente, con los abrigos aún puestos y las espadas descansando contra las piernas.
No se sentaban todos juntos. Nunca lo hacían. Los de siempre —los que iban armados hasta los dientes, cubiertos de cicatrices mal curadas y hollín bajo las uñas— ocupaban la mesa más cercana al fuego, donde el olor a cuero, sangre seca y tabaco era más fuerte. Un poco más apartados, sentados con algo más de orden y con menos ruido, estaban los cazadores de vampiros, también conocidos entre los suyos como vampiristas, aunque ellos preferían llamarse Veladores de Sangre. Eran cazadores, sí, igual que los demás, pero su especialidad era distinta, más precisa: rastrear, estudiar y eliminar vampiros. Su disciplina requería otro temple, otra forma de mirar, y eso se notaba hasta en su manera de sentarse a la mesa. Donde los demás hablaban con gritos y gestos, ellos murmuraban y observaban. No era que se llevaran mal con los otros —había camaradería cuando se necesitaba—, pero existía una grieta: los vampiristas eran metódicos, estudiosos, incluso refinados a ojos de los demás, y eso generaba ciertas reticencias. Al fin y al cabo, entre los cazadores, demasiada pulcritud siempre levantaba sospechas.
—¿Y bien? —dijo de pronto uno de los cazadores, un tipo grande, de mandíbula cuadrada y la nariz rota más veces de las que podía recordar. Se llamaba Jarrek y comía carne curada con las manos—. ¿Aún no habéis visto nada por ahí?
Los vampiristas lo miraron. Uno de ellos, un joven flaco con cicatrices en las mejillas, se encogió de hombros.
—Nada nuevo. Algún alado menor, restos de madrigueras vacías. Uno de los nuestros encontró a una dhampira vieja escondida en una mina de Daelareon, pero ni fuerza tenía ya.
—Hmm —gruñó Jarrek. Dio un trago largo y se limpió la boca con el dorso de la mano—. Pues a mí me inquieta.
Jarrek apoyó los codos en la mesa, acercándose un poco.
—Todos los años, durante Nébula… Ukthus crea uno.
Silencio. Se refería al monstruo. El que siempre llegaba. El que nadie conocía hasta que ya era tarde. Cada Nébula, desde que tenían registro, aparecía una nueva criatura. Única. Nacida de la niebla y la voluntad del dios. A veces era un cuerpo hueco cubierto de ojos. A veces una masa de colmillos que lloraba sangre por las rendijas del bosque. Pero siempre era algo nuevo.
—Y este año no ha aparecido aún —añadió Jarrek, bajando la voz—. Día setenta y aún no hay rastro.
Los cazadores se miraron entre sí. No era raro que Ukthus se tomara su tiempo, pero no tanto.
—Quizá no vendrá este año —dijo el joven flaco, intentando sonar despreocupado.
—Sí, claro —soltó Jarrek, con una sonrisa torcida—. Y quizá mañana la niebla se disipe y el mundo vuelva a ser como antes.
Uno de los suyos rió por lo bajo. El resto no.
—Los investigadores ya están preparados —dijo otro cazador, un hombre mayor de barba blanca—. La última vez tardamos varias estaciones en entender sus patrones. Esta vez quieren adelantarse. Tienen grimorios, mapas, hasta un herborista hijo de Celentir que dice que puede oler la corrupción en la corteza de los árboles.
—Y aun así no sabremos su punto débil hasta que todo Kaelkoth sangre —añadió Jarrek, encogiéndose de hombros—. Siempre es igual.
—Dicen que este invierno será el más frío en mil años —murmuró uno de los vampiristas—. Que incluso los dragones asentados al norte han empezado a marcharse al sur, y no precisamente por la presencia de los drakkariim del puto Jarl.
—No, no es por ellos —confirmó otro hombre—. Es por lo que trae el invierno.
Un silencio demasiado tenso recorrió la sala. Nadie respondió, pero todos miraron de reojo las ventanas empañadas, como si esperaran ver una sombra pasar al otro lado. Era el día setenta. El monstruo aún no había llegado. Y eso, más que cualquier rugido, era lo que empezaba a asustarlos.
Jarrek no dijo nada más. Seguía masticando en silencio, con los codos apoyados sobre la mesa y la espalda encorvada. Sus ojos estaban puestos en el plato, pero no miraban la comida. Sus compañeros lo miraban de reojo. No era nuevo: llevaba días así. Desde que volvió de aquella patrulla en el paso de Colinas Pardas, algo había cambiado. No hablaba de ello. Solo decía que no había encontrado nada, que el paso estaba “limpio”. Pero a Jarrek nunca le había preocupado que algo estuviese limpio… solo que algo no estuviese allí cuando debería estarlo. Los demás lo notaban. Desde hacía días que lo veían raro: taciturno, irritable, con la mirada ausente incluso mientras vigilaban las rutas. No era la primera vez que uno de los suyos arrastraba fantasmas de su tierra natal… pero lo de Jarrek era otra cosa. Él había nacido en el Reino de la Alianza. Y la Alianza sangraba. El Imperio del Sol había iniciado la conquista a principios de estación, y con cada nuevo informe de asedios, batallas y aldeas reducidas a cenizas, el gesto de Jarrek se volvía más agrio. Decían que había perdido a una hermana. Otros murmuraban que su madre había quedado atrapada en una ciudad sitiada. No preguntaban.
Los cazadores no eran conocidos por hablar de lo que les dolía.
De pronto, el sonido de una cuchara contra la madera partió el murmullo. Jarrek se levantó tan bruscamente que la silla se desplomó y golpeó el suelo con un eco hueco. El gesto fue rápido, pero no inesperado: todos se giraron. Él ya estaba al borde de la mesa, con los puños apretados.
Jarrek dio un puñetazo en la mesa, tan fuerte que el aguardiente se derramó de un cuenco rajado.
—No estamos haciendo suficiente —soltó, con la voz rasposa y los ojos inyectados—. Joder, nadie está haciendo suficiente. ¡Estamos sentados, comiendo, bebiendo, esperando! ¡¿Esperando a qué?! ¡¿A que la criatura llegue hasta la puerta y nos arranque la cara mientras seguimos hablando de mierda?! ¿Cuánto más vamos a esperar a que Ukthus saque su monstruo del vientre del averno? ¿Y entonces qué, salimos a llorar a los pueblos y decimos que hicimos lo que pudimos?
El murmullo de fondo murió.
Los vampiristas se tensaron. Algunos apartaron la vista. Otros dejaron los cubiertos.
—Y vosotros... —continuó Jarrek, caminando hasta su mesa, como si cada palabra le escociera en la garganta—. Vosotros sois los peores. Siempre tan pulcros, tan calculadores. ¿Cuántos vampiros hay allá fuera viviendo como personas normales, comiendo en mercados, matando niños, escondiéndose entre las sombras de las ciudades?
El ambiente se volvió pesado. Una mujer de la mesa de vampiristas dejó su copa sin terminar. Se levantó.
—Cállate de una vez, Jarrek.
Era Vaessa. Alta, corpulenta. La vampirista había visto más amaneceres con estacas en la mano que la mayoría de los suyos. No necesitaba alzar la voz para imponerse.
—Sabemos lo que te pasa. Todos lo saben. La guerra. Tu tierra. Tu familia. Pero eso no te da derecho a volcar tu mierda sobre nosotros.
Jarrek se le quedó mirando, con los ojos encendidos por dentro.
—No tienes ni idea de lo que hacemos cada noche ahí fuera —espetó Vaessa, sin bajar el tono—. Ni de cuántas veces hemos tenido que clavar una estaca en alguien que aún lloraba por su hijo. Así que deja de hablar como si supieras algo.
—Al menos nosotros no confundimos todo lo que se mueve con una bestia —replicó otro cazador—. Tienes la lengua larga, Jarrek, y la cabeza más vacía cada día. Nadie te aguanta últimamente. Ni los tuyos.
Jarrek se paró frente a ella. La mujer le sostenía la mirada sin pestañear.
—¿Qué te pasa, Jarrek? —espetó Vaessa, empujándolo con fuerza en el pecho—. ¿Te dolió no encontrar nada en Colinas Pardas? ¿O es que por fin el silencio te está arrancando la cordura?
Jarrek respondió con el puño.
El golpe resonó seco. Vaessa cayó hacia atrás, tambaleándose un segundo antes de recomponerse. Le sangraba la comisura del labio. No dijo nada. Solo le devolvió el golpe. Y esta vez, Jarrek cayó. La sala estalló en gritos, sillas arrastradas, platos volando. Un cazador sujetó a Vaessa por los brazos; otro se interpuso entre ambos. Los vampiristas se habían levantado todos, tensos, como si esperaran la señal para algo peor. Jarrek se reincorporó, con la mejilla hinchada y un hilillo de sangre bajándole por la barba.
—¡Largaos a fabricar pociones con los rompemaldiciones, a ver si curáis algo de una vez! —bramó él, escupiendo sangre al suelo—. ¡Y que los Ojos de Karanvir sigan haciendo vuestro trabajo, mientras vosotros afiláis excusas!
—¡Ya basta! —gritó alguien—. ¡Jarrek, para de una puta vez!
—¡Que se largue! —espetó Vaessa, escupiéndose la sangre—. ¡Que se largue y no vuelva si no tiene nada más que decir que mierda!
Jarrek se sacudió la sangre con la manga, resollando. Durante un instante pareció que iba a decir algo, pero se limitó a recoger su espada, escupir al suelo y dar media vuelta. Caminó hacia la puerta de la sala común, empapado en rabia y mugre.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—Cuando el monstruo aparezca —dijo, sin mirar a nadie—, no os molestéis en buscarme.
La puerta se cerró con un golpe seco. Y el silencio volvió, espeso como la niebla que ya se colaba por los bordes de las ventanas.