En el transcurso de esta semana desaparecieron a 5 estudiantes en mi ciudad. 3 estudiantes de cine de la Universidad de Medios Audiovisuales (CAAV) y una (que afortunadamente ya encontraron) de psicología de la Universidad de Guadalajara. Otro de ellos, un conocido del mismo lugar de donde yo vengo. Un año menor que yo (tengo 19 años), estudiante de medicina, también, de la Universidad de Guadalajara.
Y nunca lo había sentido tan real y cercano como ahora.
Y me da impotencia y rabia, porque se siente la empatía. ¿Pero realmente se necesita que le pase a alguien cercano, a un conocido o familiar, para hacer algo? ¿Para abrir los ojos?
Yo nunca le hablé, pero se veía un buen chico. Nunca lo vi hacerle daño a nadie, o siquiera burlarse de cualquier otro. Él no le hacía daño a nadie. Un niño callado y serio juntándose solo con sus amigos. Y ahora está desaparecido. Y ahora su familia no duerme porque solo quieren salir a buscarlo y abrazarlo y decirle que cómo la pasó. Y ahora sus amigos se preguntan dónde y cómo estará.
Todos tenemos esperanza que lo esté.
Duele saber que se vive en un mundo tan podrido donde desaparece gente inocente, gente que no puede defenderse y gente tan vulnerable como nosotros los estudiantes. Donde el gobierno no toma medidas a pesar de lo qué pasó con Ayotzinapa. O lo qué pasó en el 68, o matanzas y secuestros de quién sabe cuántas guerras más. Porque sí, arman guerras.
Pero el ciudadano no calla. Porque el pueblo no cruza las manos, porque queremos respuestas, los queremos con vida. Porque es injusto y porque no lo merecemos.
Porque merecemos poder salir a la calle para ir a estudiar para nuestro futuro, para nuestros proyectos de vida, poder levantarnos de la cama con nuestros esfuerzos y la motivación que nos hace salir de ella. Salir sin miedo, miedo de no regresar a casa, de no poder ver otra vez más a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestras mascotas o compañeros, o profesores. No poder llegar a dormir a nuestra cama o a comer en una mesa. Tener que dormir quién sabe dónde y comer quién sabe qué, con la preocupación y la incertidumbre que te rodea. Y no poder hacer ni madres, ni siquiera un puto último adiós, porque te prohibieron la libertad.
El cruzar la puerta de tu casa y no saber si volverás a entrar en ella porque quién sabe si alguien más decida por ti que no volverás. Tener que avisar a dónde vas, con quién y cuánto vas a tardar para que estén al pendiente. Tener mensajes de mi hermana diciéndome que esté en comunicación, porque yo vivo sola, fuera de mi casa materna para venir a estudiar, diciéndome que me ama y que me cuide mucho. Que avise si veo algo sospechoso, o les toque a los vecinos. Que no salga tarde, y que pida Uber en vez de irme caminando.
¡Pero si también en Uber han desaparecido personas!
Y así están las cosas, y parece que el gobierno da la espalda. Pero nosotros ya nos cansamos. De callar por miedo a que nos pase lo mismo, de tanta delincuencia, de tanta inseguridad que también el mismo pueblo permite, siendo cómplice de ello o causándolo nosotros mismos, siguiéndole la corriente a partidos corruptos o al crimen organizado por miedo a que nos pase lo mismo, corrompiéndonos. No educando a los niños para una vida justa y consciente, poniendo malos ejemplos o considerando esto como ya normal porque "a cada rato desaparecen personas" y pues "y qué, yo no los conocía", "en algo debió estar metido".
Nos falta luchar, nos falta abrir los ojos y desatarnos todos de las manos y dejar de callarnos la boca por vergüenza o lo que sea que nos limite.
Porque no solo es lucha contra el feminicidio o la corrupción. Porque hay gente desaparecida, estudiantes inocentes que solo hacían un maldito proyecto escolar, que solo iban camino a la escuela o venían de ella.
Estudiantes que SON EL FUTURO DEL PAÍS.
¡BASTA DEL MIEDO Y TENER QUE CALLAR!
Se lucha para alzar la voz, para que Ulises, Marco, Daniel y Salomón aparezcan, y aparezcan con vida.
Porque también somos estudiantes.
Porque también somos ciudadanos.
Porque también somos humanos.