Creo que no nací para ser escritor. Me encanta leer y me fascina la idea de escribir, pero a la hora de sentarme al escritorio y tomar la pluma pareciese que mi creatividad me abandonara por completo. Me he dado cuenta de que tengo ideas brillantes (sin alardear) pero sólo cuando me encuentro ridículamente aislado de cualquier medio que me permita plasmarlas. Además, mi pésima memoria no ayuda, por lo que si a La Fuerza Esa Todopoderosa le da por abastecerme de materiales de expresión, seré capaz de transcribir nada. Sólo me queda deleitarme con mis preciosas ideas en una cueva, en la cima del monte Everest o en el fondo del mar. A veces esto hace que me sienta mal conmigo mismo; es como si mis ideas y yo nos hubiésemos vuelto amantes y percibiéramos la escritura como una amenaza para nuestra relación. Cuando cuento mi situación a mis amigos escritores muchos parecen apenados, pero ahora que lo pienso, vaya… Ahora que lo pienso, en realidad no se trata de un mal amor.