˛ ⠀ ⠀⋆ ⠀ ⠀𝗧𝗔𝗦𝗞 02: en la penumbra del confesionario, aprendí que el perdón es una mentira con sotana. ( @losavntos )
“Pasífae Fowler, están listos para ti” la voz del oficial la sacó del trance en el que se encontraba. En sus manos, había un vaso de café helado. Amagó con darle un sorbo cuando Finnley Flanagan la detuvo.
—Es mejor que no bebas más —el hombre le bajó la extremidad con cuidado y, delicadamente, se hizo con el vaso—. Es hora. Vamos.
Pasífae asintió y, cuando se puso de pie, sintió las piernas flaquear. Estaban entumecidas. No supo si tenía que ver con el tiempo que pasó sentada, sumida en una espera que se hizo eterna, o si se relacionaba con los nervios que agarrotaban sus músculos sin ningún tipo de clemencia. Sea cual fuere la razón, luchó por dar el primer paso y le costó. Le costó tanto que Flanagan alcanzó a sostenerla del brazo para que no se cayera al suelo. Aquello le supo amargo. Un oleaje de patetismo la barrió de pies a cabeza. ¿Por qué no podía mantener la compostura? ¿Por qué le costaba tanto encontrar la entereza que una vez la caracterizó?
—Gracias —bisbiseó de manera casi ininteligible al desviar la mirada.
—Vas a estar bien, Pasífae —le aseguró el abogado en un tono que rozó la pena. Le colocó una mano en el hombro en señal de apoyo, a lo que la castaña se esforzó para sonreír en un gesto agradecido, si bien lejos estaba de sentirse cómoda. Odiaba hallar debilidad en sí misma, pero últimamente era todo lo que lograba encontrar cuando hurgaba dentro suyo: una pequeña criatura asustada e indefensa.
—Lo sé. No soy—no soy de cristal, Finnley —contrarrestó. Negó con la cabeza un par de veces y soltó un suspiro—. No me voy a quebrar por un interrogatorio —si era sincera consigo misma, no estaba segura de ello, mas su representante no tenía porqué saberlo.
Sin decir mucho más, se encaminó por el pasillo que separaba la sala de espera de aquella donde la interrogarían. Los nervios fueron asentándose en su estómago hasta el punto de calcificarse, de volverse parte inamovible de sí. El peso de un tiempo espeso le aletargó los latidos del corazón, lo cual era irónico si tenía en cuenta lo intranquila que había estado frente al resto. Sin embargo, no importaba. Ahora era momento de mostrarse firme, impoluta, como si estuviera despojada de esa sensibilidad que habitaba entre sus huesos y con la que desconocía qué hacer en el día a día.
Ingresar a la sala la descolocó un poco. La frialdad de la misma, su apariencia estéril, tan cuidadosamente diseñada para hacer perder la cabeza, provocó que un escalofrío recorriera su columna vertebral. Como pudo, se mantuvo incólume, y no cedió a las respuestas de su cuerpo.
Saludó a Varela y Jesperson con un cordial apretón de manos. Tomó asiento cuando el detective se lo indicó. Miró a Flanagan un instante antes de devolverse al dúo, a quienes escuchó con especial atención. Por los minutos que duró su introducción, se retrotrajo a un tiempo en que las figuras de autoridad lo habían sido todo para ella. Pasífae jamás se caracterizó por aborrecer a quienes estaban varios escalafones más arriba, a quienes poseían algún tipo de investidura, a quienes representaban al poder. Era lo contrario: su sumisión llegaba solo frente a quienes la miraban desde lo alto, en un sentido metafórico. A lo largo de su vida había buscado hacerse con el reconocimiento de alguna de estas personas. Había fallado más veces de las que ganó.
—Señorita Fowler —emprendió el detective Jesperson—. ¿Qué funciones cumplía exactamente cómo la asistente de Vera Quinn?
Vera Quinn. Mujer que fue una de las únicas —si no la única— que la vio, que decidió que valía la pena, y que la escogió para acompañarla durante su tiempo en Pomona. Tragó en seco ante la mención. Sus entrañas dieron un vuelco tan contundente que sus extremidades se enfriaron, pero logró mantenerse a raya. Su semblante era sereno mas imperturbable.
—Básicamente las funciones que cumple cualquier asistente, detective —comenzó con su declaración sin vacilación alguna—. Me encargaba de manejar su correo, de seguir su agenda y recordarle los eventos importantes, de ayudarla a juntar información para sus trabajos periodísticos personales y para sus clases también. En muchas ocasiones, la asistí en la corrección de evaluaciones y en la preparación de las mismas, así como también de sus clases no solo de periodismo, sino de storytelling —explicó en lo que sus dígitos jugaban con el borde de su falda en un ademán que la ayudaba a mantenerse en eje—. Vera estaba preparándome para la vida profesional como periodista y también como docente. Yo… Yo siempre quise seguir sus pasos. Me parecía una mujer inteligentísima y digna de admiración. Ser su asistente, trabajar de cerca con ella fue una experiencia enriquecedora —en eso no mintió. Aun si en la actualidad resentía a la ex-docente, no era capaz de faltarle a la verdad: junto a ella había crecido como persona y profesional.
—Suena a que le tenía aprecio —apuntó Jesperson con una sagacidad que fue por el hueso—. ¿Está segura de que su relación fue únicamente académico-profesional?
Ante la pregunta, Pasífae arrugó el ceño con disgusto. Las náuseas le subieron por la garganta. Otra vez el recuerdo incesante de los inventos de quien, en un punto, consideró una amiga. Flanagan abrió la boca para hablar, pero Pasífae negó en una petición de silencio.
—Por supuesto que fue una relación únicamente académico-profesional —no se encargó de esconder la indignación que se prendió a cada uno de sus vocablos, aunque fue comedida—. Si está acusándome de involucrarme con mi profesora por los dichos de Amelia Melbourne, déjeme decirle que estos son puras patrañas. Yo nunca me involucraría con un miembro del cuerpo docente —insistió con una vehemencia tajante—. Si Vera Quinn significó algo para mí, fue algo totalmente fraternal. Vi en ella una hermana mayor, una confidente, una referente.
—Está bien, Pasífae —pronunció Varela, quien dejó de escribir en cuanto la voz de la castaña cesó—. Solo queremos corroborar o desmentir las declaraciones de la señorita Melbourne. Entendemos que la señorita Quinn fue una mentora para usted. Ahora, podría decirnos, ¿qué información manejaba que pudiera vincularse a los casos de Otis y Alfred?
—¿Se refiere a Vera o a mí? —se colocó el cabello detrás de las orejas, pues la necesidad de verse recolectada y entera pinchó en su pecho. Creía que se veía como una maniática, aun si recién comenzaban con el interrogatorio.
—Pues… No tengo idea —habló con total franqueza—. Es cierto que trabajábamos juntas, que la ayudaba en investigaciones y que ella compartía su trabajo conmigo, pero si ella supo o tuvo acceso a información relacionada a los casos de Otis y Alfred no… No podría decirlo —se mordió el labio inferior para acallar un suspiro. Meneó la cabeza en lo que sopesaba si pronunciar lo siguiente. Estaba bajo juramento. Tenía que cooperar—. Sin embargo, ella… Ella fue volviéndose cada vez más reservada. Hubo un cambio. No soy capaz de señalar con precisión qué fue, pero, de un momento a otro, empezó a quitarme responsabilidades. No quería que me involucrara en ciertos proyectos, y yo lo acepté. No iba a cuestionarla. Supuse que tenía que ver más bien con mis habilidades que con un tema personal suyo.
La réplica pareció interesar a los detectives, que intercambiaron una mirada momentánea. Esta no pasó desapercibida para Pasífae, ni para Finnley, quien le otorgó un par de palmaditas en el muslo para hacerle saber que lo estaba haciendo bien. Jesperson carraspeó y Varela anotó un par de cosas en su libreta. Pronto se volvió a Pasífae y, con el atisbo de una sonrisa, volvió a interrogar: —¿Sabía usted acerca de la publicación del libro de Vera Quinn?
Inhaló profundamente. Una vez más, meneó la cabeza.
—No… no exactamente —ante las miradas inquisidoras del par, no pudo hacer más que relamerse los labios y tragar en seco. Entreabrió los labios mientras buscaba la manera de proceder sin colocarse a sí misma en una encrucijada—. Quiero decir, lo sospeché, pero no contaba con ninguna certeza al respecto.
—¿Cómo que lo sospechó? —esta vez fue Jesperson quien intervino.
—Sí. Ella—ella me invitó a su casa después de la graduación. Una vez fue a los pocos meses, o al año de haber terminado mi recorrido por Pomona —hablar de aquel encuentro le pesaba. Vera Quinn seguía significando mucho, sin importar el escándalo en que los había metido. La detestaba y la quería en partes iguales. La extrañaba, a pesar de su evidente descenso a la locura. Había sido un faro muy importante en la vida de Pasífae; fue la primera vez que alguien la escogió por encima del resto. Las becas pasadas, las felicitaciones por parte de los docentes no tenían comparación a lo que sintió una vez Vera la eligió como su asistente—. Fue un encuentro casual, como el de dos viejas amigas. Quería saber cómo estaba adaptándome a mi vida en Boston, porque no regresé nunca más a Texas. Me preguntó si necesitaba ayuda. Le dije que estaba preparándome para una entrevista con la revista en la que trabajo ahora, y ella se ofreció a orientarme. Incluso escribió una carta de recomendación. Me dijo que era por si acaso —una sutil risa la abandonó ante la memoria. Se encogió de hombros—. Luego… Seguimos en contacto. Nos veíamos con frecuencia; ella seguía dándome consejos y alentándome con el trabajo. De repente, dejé de oír de ella, y cuando me contactó de nuevo, no pude negarme. Le debía mucho. Y ahí fue cuando empecé a sospechar que estaba escribiendo sobre Pomona, sobre… el Círculo —agachó la mirada durante unos segundos antes de regresarse a sus interrogadores—. Esa vez fue distinta. Se la notaba fuera de sí. Actuaba extraño. Su casa estaba llena de papeles, y entre ellos estaban las fotos de Otis, de Alfred, de Amelia, del cuerpo docente de Pomona. Incluso de mis compañeros —arrugó apenas el ceño en lo que iba hablando—. Supe que algo tramaba, solo no me di cuenta que se trataba de un libro. Lo primero que pensé fue en un artículo. Después de todo, la habían apartado de la universidad y de todo. Una vendetta no me pareció descabellado.
El sonido de la punta de la lapicera rasgando el papel le sirvió para concentrarse en otra cosa que no fueran sus palpitaciones que se volvieron agitadas y el sudor frío en sus palmas.
—¿Qué hizo para desviar las acusaciones de su alianza y presentar otra versión?
—Decir la verdad —subió y bajó los hombros con simpleza—. Sé que suena muy tonto, y básico, pero no soy una mente maestra y nunca me destaqué por mentirosa. Siempre fui muy honesta con todo y con todos. Con mis compañeros, con mis docentes. Vera tenía poder sobre mí todavía, por ello es que fui a su casa. Por ello es que accedí a juntarme en más de una ocasión. Por eso es que mantuve el vínculo. Yo le debía todo. Le debo todo aun, incluso si ella no está. Pero sé que también me tuvo cerca porque quería información, y yo no estaba dispuesta a dársela. No iba a poner en jaque mi lugar como miembro del Círculo, no cuando lo sentía como una bendición. Vera… Ella… A veces, como quien no quiere la cosa, me preguntaba por la noche de las muertes de Otis y Alfred. Nunca le respondí lo que quería, siempre reiteré lo mismo.
—¿Quién le sugirió utilizar la narrativa de haber sido manipulada por Vera? —indagó Jesperson, reclinándose sobre la mesa.
—Nadie —replicó contundente—. Yo misma lo pensé, porque en parte es verdad. En su momento no pude verlo, pero ella estaba consciente de que yo me sentía en deuda. Fue en nuestro último encuentro que me percaté de lo que en verdad estaba pasando porque fue muy obvia con sus intenciones. Estaba ida, irascible. Era otra persona, una que había perdido la cabeza en la búsqueda de algo en específico. Repetía incoherencias —no las recuerdo bien. Solo… Fue espeluznante. Nunca la había visto de ese modo. No era la Vera que conocí una vez, e intentó coercionarme para que le diera información. Incluso llegó a… A ponerse física conmigo. Sujetó muy fuerte mi brazo hasta el punto del dolor. Me fui con las marcas de sus dedos en mi piel.
—Bien, entonces, ¿qué partes del libro reconoce como verdaderas?
—Es difícil decirlo cuando las cosas han sido tergiversadas y amplificadas —su tono fue sereno, pero los nervios empezaban a cobrar vida para enredarse en las paredes de su estómago—. El capítulo sobre Alfred… Él no era santo de mi devoción. Dios sabe que no teníamos relación porque, claramente, no era digna de que un Buchanan se me acercara, pero creo que no era como lo pintaban. No era un psicópata, solo un niño rico con complejo de superioridad, como todos los que lo rodeaban, y actuaba en consecuencia a la manera en que fue criado. Y el capítulo sobre los becados es… Tendencioso, por decirlo de alguna forma. Todo el libro fue concebido para azuzar la brecha ya existente entre becados y no becados. En realidad, no puedo decir nada. No reconozco verdades. Creo que es un libro muy amarillista.
—Pasífae, ¿qué información decidió no compartir con Vera ni con nadie más? —los ojos penetrantes de Varela provocaron que la respiración se le atascara en la laringe. Empezó a retorcerse los dedos entre sí con virulencia. Agradecía tenerlos sobre su regazo, fuera del alcance de la vista de los detectives. Abrió la boca y luego la cerró. Observó el vaso de agua que le habían dejado en la mesa. Tragó saliva. Respiró de modo apaciguado, sin querer atiborrarse de oxígeno. Necesitaba ordenar sus ideas.
—Yo… —suspendió el habla durante unos segundos en que el suspenso reinó. Las miradas de los tres presentes estaban clavadas en ella, a la espera de su siguiente movimiento. El peso le partía las costillas. Era una cuestión que no tenía absolutamente clara, pero que cargaba consigo desde la noche en que vio morir a Otis—. Yo vi a quién lanzó la piedra que provocó el ahogamiento de Otis —los detectives se removieron en sus asientos y la instaron a que continuara—. No estoy segura de la persona, pero sé que lo vi. Después de eso corrí lejos. Tenía que encontrarme con Na— con Ignacio Alcázar. Él era mi novio en ese entonces y Otis era su amigo. Yo… Yo me asusté mucho. No es claro, y no quiero involucrar a nadie inocente.
—¿Fue Carmine Arbury? ¿O Theseus Grigsby? —empujó Jesperson no sin cierta desesperación en su pronunciación. Era como si finalmente tuviera la pieza necesaria para ponerle un cierre a uno de los casos. Pasífae notó la ambición en sus pupilas, las ansias de que se tratara de alguno de los mencionados. Varela, en cambio, con la expectativa viva, se demostró más comedida.
—No, no fueron Carmine ni Theseus —sacudió la cabeza en una negativa. Ella los había visto ahí, por supuesto, como había visto al resto del grupo y a Otis. El resto era difuso, sin embargo, tenía la certeza de conocer al perpetrador, aun si no podía distinguirlo.
—¿Entonces? ¿Quién fue? —Amaranta la invitó a proseguir.
—Creo que fue… Creo que fue Dylan Copeland —apartó la mirada para poder cerrar los ojos un instante—. Se la veía mal. Y, después de todo, Alfred era su novio. No creo que le gustara que Otis estuviera increpándolo. Pero no estoy segura. Había mucha gente allí esa noche.
—No se preocupe, señorita Fowler, lo que nos ha dicho es de gran ayuda —la sonrisa de Charles la enfermó, mas se esforzó por corresponderle. Fue un intento débil.
—¿Ya me puedo ir? —preguntó en voz bajita.
—Me temo que todavía no —respondió Amaranta—. Tenemos otras preguntas para hacerle, Pasífae. Si pudiera decirnos… La noche que encontró el cuerpo de Albertina Solanas, ¿qué estaba haciendo en el bosque?
La mención a Albertina de inmediato le provocó un escozor en los lagrimales. El labio inferior le tembló por inercia. Finnley la había preparado para el impacto de las preguntas relacionadas a su amiga, pero no había sido suficiente. Se obligó a parpadear para contener las lágrimas. Enderezó su espalda, cuidando su postura. Respiró con calma.
—Estaba buscándola —su respuesta fue un tanto cohibida en un principio—. En un punto de la fiesta pensé que la había visto en el bosque —recordó la interacción con Izzie y cómo la morena había asegurado que su amiga estaba ahí; eso se había quedado grabado en su mente a lo largo de la velada—. Pero estaba un poco alcoholizada. Había bebido unas cuantas copas para relajarme. Sin embargo, la idea persistió— la idea de que Alber… Albertina estaba ahí, sola, escondida o perdida. No puedo explicarlo bien, es como si un presagio se hubiera asentado aquí —colocó su palma abierta sobre su pecho—. Era algo que me tenía intranquila. Traté de sosegarme y tomé agua para desintoxicarme. Entonces… Una vez sentí que tenía mi cabeza despejada, decidí volver al bosque. Quería comprobar que se trataba de locas ideas mías, que había sido una imagen fabricada por mi cerebro porque solo quería que esté— que estuviera bien —encogió un hombro, haciéndose pequeña en su posición. Estaba bajando la guardia, mas no podía no hacerlo cuando se trataba de Albertina. Sorbió por la nariz—. Lo primero que vi fue su cabello —soltó una exhalación que pretendió ser una risa entristecida—. Es— era inconfundible. Tenía un cabello precioso, bien cuidado. Ella es… Era muy coqueta. ¿Sabían que había inaugurado su propio salón de belleza? —sonó distraída, lejana. Se había perdido en el recuerdo de su amiga—. Y tuvo que faltar a la apertura por regresar a Dover —otra carcajada apesadumbrada aquejó su pecho, mas en realidad se trató de un sollozo—. Tenía una vida brillante y llena de éxito por delante. No es—no es justo lo que le pasó —murmuró compungida—. Por favor, díganme que lo van a resolver.
—Eso estamos intentando, Pasífae —le aseguró Amaranta antes de extenderle un vaso con agua. La castaña asintió y tomó el recipiente con manos temblorosas. Le dio un sorbo y se concentró en la forma en que el líquido bajaba por su garganta. Se reconectó con su propio cuerpo. Una sensación de malestar le recorría la fisonomía.
—Ya casi terminamos —le avisó Jesperson—. ¿Ha recibido alguna especie de beneficio debido a la información manejada?
—No —negó con la cabeza—. Para nada. No he dado la información que les di a ustedes a nadie más. Y todo lo que he conseguido, lo he conseguido por mis propios medios. Con mi trabajo, con mi esfuerzo.
—Bien. Por último, puede explayarse tanto como quiera, ¿cómo fue su relación con Vera Quinn? ¿Esta se sostuvo hasta su defunción?
—Como les dije, vi en Vera Quinn una hermana mayor, una referente y hasta una confidente. Ella se preocupaba por mí, y a mí me interesaba saber más de ella, de su trabajo, de su carrera —expresó pasando la yema del índice por el borde del vaso—. Durante mi tiempo en Pomona, Vera fue todo lo que quería ser. Periodista exitosa, excelente para contar historias, una promesa en el rubro. Además de una gran docente. Nos volvimos muy cercanas, y cuando me gradué, continuamos siendo amigas. Me tendió una mano para que consiguiera casa en Boston, me preparó para mis primeras entrevistas, y me orientó en la más importante. De hecho, creo que su carta de recomendación hizo peso para que consiguiera mi puesto —sonrió vagamente—. Pero después sucedió lo que les comenté: dejé de oír de ella. El vínculo se cortó de golpe. Y no volví a saber de ella hasta que me escribió para que la visitara. Fue ahí cuando la vi fuera de sí, extraña. Más retraída que antes, huraña y… Poseída. Estaba consumida por algo… Ahora veo que esto era su investigación, el libro, todo el esfuerzo por el que se sometió para hacer de poca información un gran golpe contra la comunidad de Pomona. Esa vez en su casa fue el último contacto que tuve con ella. Luego de eso, no supe más de ella hasta que me enteré de su muerte por las noticias.
Los dos detectives cerraron sus respectivas libretas. Miraron a Pasífae, luego a Finnley. Se pusieron de pie.
—Ya terminamos. Es libre de retirarse, señorita Fowler —otorgó Charles Jesperson. Tanto ella como Flanagan imitaron el acto de pararse. Sus manos fueron a estrecharse con las de los agentes.
—Muchas gracias, Pasífae —la voz de Amaranta Varela fue la señal para asentir y salir de la habitación. Finnley la siguió de cerca y cuando quiso detenerla para felicitarla, Pasífae sacudió la cabeza.
—Necesito ir al baño —se excusó antes de salir corriendo para llegar al mismo. Una vez dentro, se metió en uno de los cubículos y vomitó dentro del retrete. Las lágrimas abandonaron sus ojos con una velocidad inclemente; parecían surcarle las mejillas con el calor de un hierro ardiente. Estas eran por Albertina, que le hacía falta; por Vera Quinn, a quien odiaba y apreciaba en partes iguales; por el temor de haberse metido en la boca del lobo. La incertidumbre le apretaba la garganta. El miedo prevalecía. ¿Qué sería de ella? ¿Qué sería de sus amigos? ¿Qué sería de todos ellos?