Cada vez me enojan menos cosas a medida que se repite la estupidez a mi alrededor. Una de las pocas cosas que todavía me enfurecen es mi propia estupidez, en este caso cuánto más veces se repite más me de rabia. En cambio la estupidez ajena me enoja una vez, pero la misma estupidez repetida ya no me enoja tanto, lo que me permite sortearla con mayor facilidad que antes. Si se repite tres veces la misma estupidez ajena ya me río, mientras enveneno el café del culpable para evitarle una cuarta repetición, pero me río. Le digo que sí como a los psicólogos y sigo. Otra cosa que me enoja mucho es la indiferencia de la gente que insiste en estar a mi alrededor. Esos simulacros de amistad me enferman. Me tiene harto la cero bola de quienes solo dan señales de vida para avisarme de que estoy desaparecido, salteandose la parte de preguntarme cómo estoy cuando traen su queja, no sea cosa que yo tenga argumentos para destruir su alegato infame. Ese reclamo me harta. Que me digan te extraño sin escribirme durante meses con cero preocupación por mi persona me parece la peor burla, porque lo importante es lo que sientan ellos, lo mío es un accesorio. Hace tiempo que no lo repito: odio a esa gente que solo me tiene para ser un adorno en la periferia de sus vidas. Por suerte suelen ser seres de luz que les causa mucho rechazo los bichos de las sombras, así que me alcanza con ser uno de esos bichos para que paulatinamente me dejen en paz.
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