Literatura y cine: El adolescente homosexual de “El juguete rabioso”
El personaje aparece en el libro “El juguete rabioso” (1926) y en las pelĂculas de 1984 (interpretado por Nicolás Frei, en el filme es identificado como Tristán) y 1998. Fue descripto por el autor argentino Roberto Arlt (1900-1942) en el papel como un adolescente afeminado y muy necesitado de afecto que se relaciona con el protagonista, Silvio Astier, un joven de diecisĂ©is años, de mala vida y peor suerte.
AquĂ tienes el extracto del libro en el que se narra con una milimĂ©trica precisiĂłn psicolĂłgica todo su desgarrador drama existencial, además de ofrecernos un retrato interesante y descarnado sobre la visiĂłn que la sociedad argentina tenĂa de la homosexualidad hace casi un siglo:Â
AllĂ asomĂł el rostro.
 Era un pedazo de frente abultada, una ceja hirsuta y despuĂ©s un trozo de mandĂbula. Bajo el párpado arrugado estaba el ojo, un ojo de loco. La cĂłrnea inmensa, la pupila redonda y de aguas convulsas. El párpado hizo un guiño triste…
—Señor, eh, diga, señor…
Me incorporé sobresaltado.
—Se ha dormido vestido, señor.
Con dureza miré a mi interlocutor.
—Cierto, tiene razón.
El muchacho se retirĂł unos pasos.
—Como vamos a ser compañeros de pieza esta noche, me permità despertarlo. ¿Está disgustado?
—No, ¿por qué? —y después de restregarme los ojos, incorporándome, me senté al borde del lecho.
Le observé:
El ala de un hongo negro le sombreaba la frente y los ojos. Su mirada era falsa, y el resplandor aterciopelado de ella parecĂa tocar la propia epidermis. TenĂa una cicatriz junto al labio, cerca de la barbilla, y sus labios tĂşmidos, demasiado rojos, sonreĂan en su cara blanca. El sobretodo exageradamente ceñido modelaba las formas de su cuerpo pequeño.
Bruscamente le pregunté:
—¿Qué hora es?
Con urgencia tomĂł su reloj de oro.
—Las once menos cuarto.
Somnoliento yo vacilaba allĂ. Ahora miraba con desaliento mis botines opacos, donde se habĂan roto los hilos de un remiendo, dejando ver un trozo de media por la hendidura.
En tanto el adolescente colgó su sombrero en la percha. y con un gesto de fatiga arrojó los guantes de cuero encima de una silla. Volvà a mirarle de reojo, pero aparté la vista de él porque vi que me observaba.
VestĂa irreprochablemente, y desde el rĂgido cuello almidonado, hasta los botines de charol con polainas color de crema, se reconocĂa en Ă©l al sujeto abundante en dinero.
Sin embargo, no sé por qué se me ocurrió:
"Debe tener los pies sucios."
Sonriendo con una sonrisa mentirosa volvió el rostro y un mechón de su cabellera se le desparramó por la mejilla hasta cubrirle el lóbulo de una oreja. Con voz suave y examinándome al soslayo con su mirada pesada, dijo:
—Parece que está cansado usted, ¿no?
—SĂ, un poco.
QuitĂłse el sobretodo cuyo forro de seda brillĂł en los dobleces. Cierta fragancia grasienta se desprendĂa de su ropa negra, y repentinamente inquieto lo considerĂ©; despuĂ©s, sin conciencia de lo que decĂa, le preguntĂ©:
—¿No tiene la ropa sucia, usted?
El otro me adivinĂł en el sobresalto, mas atinĂł la respuesta:
—¿Le ha hecho daño que lo despertara as�
—No, ¿por qué me iba a hacer mal?
—Es decir, joven. A algunos les hace daño. En el internado tenĂa un amiguito que cuando lo despertaban bruscamente, le daba un ataque de epilepsia.
—Un exceso de sensibilidad.
—Sensibilidad de mujer, diga usted, ¿no le parece, joven?
—¿AsĂ que su amiguito era un hiperestĂ©sico? Pero vea, che, haga el favor, abra esa puerta, porque yo me asfixio. Que entre un poco de aire. Hay olor de ropa sucia aquĂ.
El intruso frunció ligeramente el ceño… Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar a ella unas cartulinas le cayeron del bolsillo del saco al suelo.
Apresurado, se inclinó para recogerlas, y me acerqué a él.
Entonces vi: eran todas fotografĂas del hombre y la mujer, en las distintas formas de la cĂłpula.
El rostro del desconocido estaba purpurino. BalbuceĂł:
—No sé cómo están en mi poder, eran de un amigo.
No le respondĂ.
De pie, junto a Ă©l, miraba con obstinaciĂłn terrible un grupo. Él dijo no sĂ© quĂ© cosas. Yo no le escuchaba. Miraba alucinado una fotografĂa terrible.
Una mujer postrada ante un faquin innoble, con gorra de visera de hule y un elástico negro arrollado sobre el vientre.
VolvĂ el rostro al mancebo.
Ahora estaba pálido, las pupilas voraces dilatadĂsimas, y en los párpados ennegrecidos rebrillante una lágrima. Su mano cayĂł sobre mi brazo.
—DĂ©jame aquĂ, no me eches.
—Entonces usted… vos sos…
Arrastrándome me empujó al borde del lecho y se sentó a mis pies.
—SĂ, soy asĂ, me da por rachas.
Su mano se apoyaba en mi rodilla.
—Me da por rachas.
Era profunda y amarga la voz del adolescente.
—SĂ, soy asĂ… me da por rachas.
Una pena miedosa temblaba en su voz. Después su mano cogió mi mano y la puso de canto sobre su garganta para apretármela con el mentón.
HablĂł en voz muy baja, casi un soplo.
—¡Ah, si hubiera nacido mujer. ¿Por qué será asà esta vida?
En las sienes me batĂan las venas terriblemente.
Él me preguntó: —¿Cómo te llamas?
—Silvio.
—¿Decime, Silvio, no me despreciás?… pero no… vos no tenés cara… ¿cuántos años tenés?
Enronquecido le contesté:
—Dieciséis… ¿pero estás temblando?…
—SĂ… querĂ©s… vamos…
De pronto le vi, sĂ, le vi… En el rostro congestionado le sonreĂan los labios… sus ojos tambiĂ©n sonreĂan con locura… y sĂşbitamente, en la precipitada caĂda de sus ropas, vi ondular la puntilla de una camisa sucia sobre la cinta de carne que en los muslos dejaban libre largas medias de mujer.
Lentamente, como en un muro blanqueado de luna, pasĂł por mis ojos el semblante de imploraciĂłn de la niña inmĂłvil junto a la verja negra. Una idea frĂa —si ella supiera lo que hago en este momento— me cruzĂł la vida.
Más tarde me acordarĂa siempre de aquel instante. RetrocedĂ huraño, y mirándolo, le dije despacio:
—Andate.
—¿Qué?
Más bajo aĂşn le repetĂ:
—Andate.
—Pero…
—Andate, bestia. ¿Qué hiciste de tu vida?… ¿de tu vida?…
—No… no seas asĂ…
—Bestia… ¿Qué hiciste de tu vida?
Y yo no atinaba a decirle en ese instante todas las altas cosas, preciosas y nobles que estaban en mĂ, y que instintivamente rechazaban su llaga.
El mancebo retrocediĂł. EncogĂa los labios mostrando los colmillos, luego se sumergiĂł en el lecho, y mientras yo vestido entraba a mi cama, Ă©l, con los brazos en asa bajo la nuca, comenzĂł a cantar:
Arroz con leche, me quiero casar.
Lo miré oblicuamente, luego, sin cólera, con una serenidad que me asombraba, le dije:
—Si no te callás, te rompo la nariz.
—¿Qué?
—SĂ, te rompo la nariz.
Entonces volviĂł el rostro a la pared. Una angustia horrible pesĂł en el aire confinado. Yo sentĂa la fijeza con que su pensamiento espantoso cruzaba el silencio. Y de Ă©l sĂłlo veĂa el triángulo de cabello negro recortando la nuca, y despuĂ©s el cuello blanco, redondo, sin acusar tentaciones.
No se movĂa, pero la fijeza de su pensamiento se aplastaba… se modelaba en mĂ… y yo alelado permanecĂa rĂgido, caĂdo en el fondo de una angustia que se iba solidificando en conformidad. Y a momentos lo espiaba con el rabillo del ojo.
De pronto su colcha se moviĂł, y quedaron al descubierto sus hombros, sus hombros lechosos que surgĂan del arco de puntilla que sobre las clavĂculas le hacĂa la camisa de batista…
Un grito suplicante de mujer estallĂł en el pasillo al cual daba mi habitaciĂłn:
—No… no… por favor…
Y el sordo choque de un cuerpo sobre el muro, me arqueó el alma sobre el espanto primero, cavilé un instante, después salté del lecho y abrà la puerta en el preciso instante que la puerta de la pieza frontera se cerraba.
Me apoyĂ© en el marco. De la vecina habitaciĂłn, no surgĂa nada. Me volvĂ dejando la puerta abierta, sin mirar al otro, apaguĂ© la luz y me acosté…
En mĂ habĂa ahora una seguridad potente. EncendĂ un cigarrillo y le dije a mi compañero de albergue:
—Che, ÂżquiĂ©n te enseñó esas porquerĂas?
—Con vos no quiero hablar… sos un malo…
Me echĂ© a reĂr, luego grave continuĂ©:
—En serio, che ¿sabés que sos un tipo raro? ¡Qué raro que sos! En tu familia, ¿qué dicen de vos?
ÂżY esta casa? ÂżTe fijaste en esta casa?
—Sos un malo.
—Y vos un santo, ¿no?
—No, pero sigo mi destino… porque yo no era asĂ antes, ÂżsabĂ©s?, yo no era asĂ…
—¿Y quiĂ©n te hizo asĂ, entonces?
—Mi maestro, porque papá es rico. DespuĂ©s que aprobĂ© el cuarto grado, me buscaron un maestro para que me preparara para el primer año del Nacional. ParecĂa un hombre serio. Usaba barba, una barba rubia puntiaguda y lentes. TenĂa los ojos casi verdes de azules. A vos te cuento todo eso porque…
—¿Y?…
—Yo no era asĂ antes… pero Ă©l me hizo asĂ… DespuĂ©s, cuando Ă©l se iba, yo salĂa a buscarlo a su casa. TenĂa entonces catorce años. VivĂa en un departamento de la calle Juncal. Era un talento.
FĂjate que tenĂa una biblioteca grande como estas cuatro paredes juntas.
TambiĂ©n era un demonio, ¡pero cĂłmo me querĂa! Yo iba a su casa, el mucamo me hacĂa pasar al dormitorio… fijate que me habĂa comprado todas las ropas de seda y vainilladas. Yo me disfrazaba de mujer.
—¿Cómo se llamaba?
—Para quĂ© querĂ©s saber el nombre… TenĂa dos cátedras en el Nacional y se matĂł ahorcándose…
—¿Ahorcándose?…
—SĂ, se ahorcĂł en la letrina de un café… ¡pero quĂ© zonzos sos!… ja… ja… no te creas… son mentiras… ÂżNo es verdad que es bonito el cuento?
Irritado, le dije:
—Vea che, déjeme tranquilo; me voy a dormir.
—No seas malo, escuchame… quĂ© variable sos… no te vayas a creer lo de reciĂ©n… te decĂa la pura verdad… cierto… el maestro se llamaba PrĂłspero.
—¿Y usted ha seguido asà hasta ahora?
—¿Y qué iba a hacer?
—¿Cómo qué iba a hacer? ¿Por qué no se va a lo de algún médico… algún especialista en enfermedades nerviosas? Además, ¿por qué es tan sucio?
—Si está de moda, a muchos les gusta la ropa sucia.
—Usted es un degenerado.
—SĂ, tenĂ©s razĂłn… soy chiflado… Âżpero quĂ© querĂ©s?… mira… a veces estoy en mi dormitorio, anochece, querĂ©s creerme, es como una racha… siento el olor de las piezas amuebladas… veo la luz prendida y entonces no puedo… es como si un viento me arrastrara y salgo… los veo a los dueños de amuebladas.
—¿A los dueños, para qué?
—Natural, eso de ir a buscar, es triste: nosotras nos arreglamos con dos o tres dueños y en cuanto cae a la pieza un chico que vale la pena nos avisa por teléfono.
DespuĂ©s de un largo silencio, su voz se hizo más entonada y seria. DirĂa que se hablaba a sĂ mismo, con toda su tribulaciĂłn:
—¿Por quĂ© no habrĂ© nacido mujer?… en vez de ser un degenerado… , sĂ, un degenerado… , hubiera sido muchacha de mi casa, me hubiera casado con algĂşn hombre bueno y lo hubiera cuidado… y lo hubiera querido… en vez… asĂ… rodar de "catrera" en "catrera", y los disgustos… esos atorrantes de chambergo blanco y zapatos de charol que te conocen y te siguen… y hasta las medias te roban. ¡Ah!, si encontrara alguno que me quisiera para siempre, siempre.
—¡Pero usted está loco!, ÂżtodavĂa se hace esas ilusiones?
—¡Qué sabés vos! Tengo un amiguito que hace tres años vive con un empleado del Banco Hipotecario… y cómo lo quiere…
—Pero eso es una bestialidad…
—¿QuĂ© sabĂ©s… si yo pudiera darĂa toda mi plata para ser mujer… una mujercita pobre… y no me importarĂa quedarme preñada y lavar la ropa con tal que Ă©l me quisiera… y trabajara para mĂ…
Escuchándole, estaba atónito.
ÂżQuiĂ©n era ese pobre ser humano que pronunciaba palabras tan terribles y nuevas?… Âżque no pedĂa nada más que un poco de amor?
Me levanté para acariciarle la frente.
—No me toqués —vociferó—, no me toqués. Se me revienta el corazón. Andate.
Ahora estaba en mi lecho inmĂłvil, temeroso de que un ruido mĂo lo despertara para la muerte.
El tiempo transcurrĂa con lentitud, y mi conciencia descentrada de extrañeza y fatiga recogĂa en el espacio el silencioso dolor de la especie.
AĂşn creĂa sentir el sonido de sus palabras… en lo negro su carita contraĂda de pena diseñaba un visaje de angustia, y con la boca resecada de fiebre, exclamaba a lo oscuro:
"Y no me importarĂa quedarme preñada y lavar ropa con tal de que Ă©l me quisiera y trabajara para mĂ."
Quedarse preñada. ¡Cuán suave se hacĂa esa palabra en sus labios!
"Quedarse preñada."
Entonces todo su mĂsero cuerpo se deformara, pero "ella", gloriosa de aquel amor tan hondo, caminara entre las gentes y no las viera, viendo el semblante de aquĂ©l a quien sometĂase tan sumisa.
¡Tribulación humana! ¡Cuántas palabras tristes estaban aún escondidas en la entraña del hombre!
Y aquĂ, por si lo desean, la pelĂcula completa, dirigida por AnĂbal Di Salvo y JosĂ© MarĂa Paolantonio:












