“Puedo mostrarte cómo es el mundo después de las tres de la mañana.”
De esa forma concluyó la primera conversación que tuvimos, que inició casi sin quererlo esperando sentencia enfrente del despacho de la directora.
Estaba mal de la cabeza. Algo no iba bien con él. Hacia pocos días que se había mudado a esa ciudad de plástico y ya buscaba la forma de salir de ella.
Cruzábamos miradas al salir de clases. Una mirada suya era una muestra de afecto importante; para lo único que se sacaba el pelo de la cara era para acomodarse la gorra.
Al principio él fue indescifrable para mi. No podía entender su odio al mundo. Nunca nadie me había enseñado a odiar, y concluí que su pasado le había pateado tan fuerte el culo que ahora quería patearlos él.
Intercambiábamos discos de punk. Él era más pistols y yo más ramones. Me comía la oreja con Sid y Nancy. De verdad, llegué a odiarlos. Él estaba convencido que Sid no era el asesino de Nancy y yo le daba la razón en todo.
Teníamos más gustos en común. Entre ellos (y en el top 3) se encontraban los Doritos. Comíamos mucha mierda de esa, creo que nos daba energía para seguir pedaleando.
Con esa energía subiamos a tirar piedras en un barrio de mierda plagado de neo nazis con esvasticas tatuadas y cuchillos adentro de las medias. Sin saber por qué, sentía que estábamos haciendo las cosas bien.
Debatíamos, nos quejábamos, caminábamos entre niebla bajo luces anaranjadas. Rozábamos el aburrimiento y la monotonía tarareando hits de The Clash. Nunca encontré la forma de decirle que muchas de las letras que cantaba en su inglés personalizado estaban mal.
Sin tachas ni cresta, fuimos lo más punk que tuvo la ciudad.












