Ni una cosa ni la otra. Lo de ser grande ya fue. Ya hace décadas perdí la posibilidad de ganar unos centímetros de más como parte del desarrollo natural en la pubertad y la adolescencia. En mi cédula dice 1.55 (un metro, cincuenta y cinco centímetros, así!) y debo confesar que esa medida es más bien generosa. Unas botas vino tinto de aspecto rockero que usaba en mis 18, y que tenían una suela enorme, me ayudaron en mi propósito de burlar al funcionario de la registraduría en su tarea de medir fielmente mi estatura.
Lo de fuerte, generalmente lo he sido, pero los últimos años también me he permitido, y cada vez con menos auto control y sin las presiones que uno mismo se pone, ser tremendamente débil. Simular que todo está bien cuando no es así; sonreír posudamente en medio de una conversación así uno esté en Jupiter; estar donde uno no quiere cuando no siente hacerlo; evitar llorar cuando es lo único que uno necesita, son todas cosas que cada vez hago menos.
La gente se acostumbra o le gusta o le alienta verse a sí misma fuerte y a estar rodeada, preferiblemente, de personas… fuertes. Nos halagamos entre nosotros mismos cuando “sabemos manejar mejor” las angustias, las desgracias, las cosas inesperadas y dolorosas de la vida. Ser fuerte agota y, paradójicamente, ser débil o sentirse frágil, es una oportunidad para sentirse más adelante (eso si, no sé bien qué tan adelante) aliviado. Morir un poco, aunque difícil y profundamente triste, resulta menos agobiante que ir por la vida, cuando las cosas no encajan, como si nada pasara.
Ser grande, hablando de mi estatura, lo he intentado, y logrado, con los centímetros de más que le sumo a mi cuerpo con unos tacones.
Ser fuerte. Solo pasa cuando decido serlo. Y más bien, cuando hace falta, y de manera consciente y decidida, soy no débil sino llorona, triste, melancólica, frágil, a veces amargada, y siempre, siempre, más consentida de lo habitual.