Todo lo que deseaba era apartarse de esa persona, y acercarse al siguiente estante, aunque sabía que no conseguiría librarse de él tan fácilmente tras conocer lo persistente que podía ser. ¿Sería culpa suya? Después de todo, aunque lo que el otro dijera le causara felicidad, ya que nadie antes le había mencionado nada de todo eso que Chris decía con respecto a él, quizás lo habría acostumbrado mal, y le habría brindado una imagen equivocada en ese aspecto.
Pero sus acciones, aquellas que iba a elaborar con el fin de evitarlo, fueron irrumpidas repentinamente, y ahora se veía a sí mismo, completamente acorralado, con los ojos ajenos clavados en los suyos, y su corazón palpitando como si se hubiera vuelto loco. Sus mejillas se tornaron carmesí, e intentó ocultarlas, utilizando sus cabellos con ese fin, pero éstos no eran lo suficientemente largos para conseguirlo.
Pero ese gesto no duró mucho, debido a que, al notar la cercanía, levantó el rostro inconscientemente, y el repentino tacto sobre su propia frente por poco provocó que se desmayara gracias a la sorpresa, y a lo mucho que, ahora, dolía su pecho, y todo era debido a su corazón, el cual latía a una velocidad exhorbitante.
Se llevó una mano a su propio pecho, y apretó la camisa que llevaba puesta. Sus facciones ya no podían lucir más escarlata de lo que se encontraban en esos instantes, y sus ojos se encontraban fijos sobre los ajenos, los cuales casi parecían estar seduciéndolo, buscando algún punto bajo con el cual hacerlo caer, y…
…Quizás lo había encontrado.
Abrió sus labios, pero de ellos no escapó sonido alguno. Sus manos, temblorosas, se aferraron a la ropa húmeda que llevaba puesta el otro, y por un momento casi cerró los ojos, embriagado por el dulce, y encantador, aroma emanado por el mayor. Las palabras que escaparon de los labios ajenos se oyeron suaves, y por un momento pensó en negar esa posibilidad, susurrando sobre ellos, pero…
Regresó de golpe a la realidad, y lo apartó con todas sus fuerzas. Sus pies se alejaron, apresurados, evitando la cercanía entre los dos, y maldiciendo mentalmente todo aquello que podría maldecirse.
─ ¡No tengo fiebre! ─espetó, aproximándose al escritorio─ ¡Y… y deja de invadir mi espacio personal, por todos los cielos! ─añadió, sintiéndose furioso ─ ¡Odio cuando haces eso! ¡Realmente lo odio!
Ni siquiera sabía por qué decía esas cosas, ya que ni siquiera había pensado en ellas. Las palabras escapaban de su boca atropelladamente, sintiendo su cuerpo tembloroso. No era eso lo que deseaba expresar, ¿Pero, por qué…? ¿Por qué estaba tan furioso?
Se pasó una mano por los cabellos, desordenándolos, antes de tomar su mochila. Dejaría el trabajo por ese día, ya luego se disculparía con el señor Nakamura por su irresponsabilidad, pero, simplemente, ya no podía continuar.
─ ¡Me voy a casa! ─giró sobre sus talones, y se marchó no sin antes dar un portazo.
Él no lloraba, pero en esos momentos, sintió que en sus ojos se acumulaban lágrimas.
No, no odiaba a Chris, ni a sus gestos, ni a sus acciones repentinas.
Por sentir esas cosas, por pensar esas cosas.
Y sobretodo, ahora mismo se odiaba porque había sido grosero.
Y porque no podía ser sincero.
Su mirada se encontró con la mía tan pronto como le fue posible y solo con verlo bastaba para que mi corazón se acelerara, eso era obvio. Me quedé viendo su rostro, tan rojo y tan suave, literalmente tan perfecto para que sobre ese lienzo blanco con pequeños puntos rosas comenzara una ataque de besos y deseos que quería llevar a cabo desde hace mucho tiempo... pero nunca lo hice.
Él en cambio se sujetó a mis ropas. Las estrujó con fuerza y cuando iba a decir algo casi pude sentir como sus labios buscaron los míos por mero instinto, pero no fue así. Me apartó. Me gritó.
Le estaba perdiendo otra vez. Incluso cuando extendí mi mano en su dirección él se fue. Dijo que le molestara, que dejara de buscarle de tal forma, que no era digno.
Tomó sus cosas y se fue, traté de detenerle.
-- ¡Sho! --Grité, fuera seguía lloviendo. Podía haber un accidente.
Recordaba que las personas con las emociones nublándoles la cabeza eran más susceptibles a perder atención al entorno así que en ese momento lo único que quedaba en mi era furia entremezclada con preocupación. Tomé mis cosas y salí detrás de él, corriendo, resbalándome en el proceso pues ciertamente iba empapado, de mis cabellos se deslizaba lentamente las gotas de lluvia que anteriormente habían opacado mi buen día de caminata y mis ropas se pegaban a mi cuerpo como si estuvieran adheridas a este de manera permanente.
En la calle lo miré, como estaba lloviendo él ya estaba un poco más húmedo de lo que había salido de la biblioteca. Tomé su brazo con fuerza y lo obligué a voltear.
-- ¡Está bien! ¡No te volveré a tocar! ¡No me comportaré así más pero no te vayas así! --Por primera vez había alzado la voz y no era precisamente porque quisiera golpearle o algo, lo que más temía es que se hiciera daño. Llamé a un taxi y jalando del brazo al chico frente a mí le obligué a entrar sin mí a dicho automóvil, sin dirigirle una mirada pues sabía lo que contendrían estas: lágrimas.
-- Vaya a donde él le diga. --Extendí dinero al taxista y él simplemente asintió, eso cubría un paseo por la ciudad entera y no tendría objeciones.
Me asomé por su ventana. Le miré, en mis ojos no solo había lágrimas, había dolor y pena. Sentía pena de mi mismo por haberme comportado de tal forma.
-- Enójate. Ódiame, está bien hacerlo. Pero pudiste haberte hecho daño de regreso a casa al ir en ese estado. No volveré a tocarte, Sho. No quise lastimarte ni incomodarte. Te prometo... no. Te juro que jamás volveré a tocarte sin tu consentimiento. Solo estaba preocupado. --Una mínima sonrisa se mostró en mis labios. Había hablado sereno y tranquilo, como siempre, pero en mi voz se notaba lo quebradizo del llanto.
Mis manos habían tocado su piel, mi piel tenía grabado su nombre, sin embargo, de ahora en más aprendería a solo verle, cual amor platónico, sin oportunidad, sin esperanzas, simplemente observando en el silencio de un llanto roto aquello que significaba no otra cosa que el abandono.
Había roto a Sho... incluso le había hablado fuerte.
Todo estaba terminado, lo sabía, sus ojos me lo decían. Dentro de mi cuerpo algo se había roto y no pude evitar sentarme en las escaleras de la biblioteca, abrazando mi cuerpo y hundiendo mi rostro entre mis piernas mientras mi diestra apartaba el cabello de mi nuca una y otra vez, tratando de tranquilizar ese llanto que ya no significaba nada... porque todo había terminado y la vida, justo ahora, tenía poco sentido.
Tal vez mañana volvería a intentarlo, quizá me levantaría de mi suplicio, sonreiría y le diría a Sho lo mucho que lo amaba pero sin tocarlo. Había sido mi error. Mañana me levantaría, mañana todo estaría bien, mientras tanto esperaba que me dejaran seguir agachado, llorando y poniendo el peso de mis propias tonterías sobre mis hombros.
¿Cuándo fue la última vez que lloré? Podrían haber sido más de diez años y no lo recordaría a ciencia cierta... Sho sacaba siempre lo mejor de mí.