Cumplir años siempre me provoca cierta ansiedad. De pronto te vuelves más consciente de ti mismo, de lo que sientes y piensas. Sentía una anticipación a sentirme feliz, como no queriendo pensar en ello pero no pudiéndolo evitar.
No parece ser suficiente no saber cuántos días más como ese nos tocarán.
Este año llego al desenlace de una oleada de cambios en mi vida, y con ella encuentro por fin una forma legítima de festejar una fecha que en la vida de otros es un día más: dando las gracias. He encontrado una manera increíble de estar bien con la vida.
La gratitud es la forma más digna de vivir y es algo que ni siquiera tenemos que esforzarnos por tener, está allí en cantidades ilimitadas. Se consigue callando la mente lo suficiente para que brote todo lo bueno que está estancado bajo nuestros miedos.
¡Miedos! Tan vivos y tan crueles. Muchas veces he tenido y sigo teniendo miedo. Pero le estoy agradecido porque tiene un lado débil: una vez que entiendes el vacío en el miedo, como crece solamente si lo alimentas, es posible sacarle la vuelta lo suficiente para lograr ser feliz.
No es por separarme de los demás, pero tener cáncer convierte esa idea vaga de la muerte en cifras, días y sustancias. Hace ya dos años que tuve que asumir que era una posibilidad. Que a lo mejor no habría más días importantes.
No más cumpleaños. No más de nada.
Fue un cañonazo. A mi seguridad, mis planes, mis sueños. Pasé sin previo aviso de ser un joven a ser un paciente. Mi corazón se arruga pensando en el miedo que sentí los días previos al diagnóstico.
Hay un dolor de estómago que caracteriza a las malas noticias, y lo tuve desde el momento en que el doctor vio algo raro en mis análisis. Se agudizó ya en el hospital; entre las luces brillantes, las jeringas y las enfermeras que están del otro lado, en su rutina, mientras tú tiemblas porque no sabes qué va a decir tu cuerpo.
Fue difícil quedarme dormido. El cansancio de las lágrimas fue efectivo. Al día siguiente y en lugar de desayuno tuvimos las noticias:leucemia linfoblástica aguda. Era necesario empezar inmediatamente. Con el miedo en la garganta y el cansancio en la espalda, no vi otra salida más que iniciar el camino difícil que se me presentaba.
Yo lo veía venir desde hace tiempo. No sabía bien qué era, pero sabía que algo enorme venía hacia mí. Sabía que las tristezas de mi pasado estaban destinadas a ser retribuidas. Que la felicidad que tanto anhelé se iba a presentar. Pero para obtenerla tendría derrotar a un monstruo.
Tener cáncer ha sido la bendición más grande de mi vida. Me dio la oportunidad de encontrar mi valor y el de los demás. Me abrió los ojos al amor, al que no está en un beso o una palabra de afecto. Me despertó a vivir apasionadamente lo que me encanta hacer, porque en cualquier momento podría no hacerlo más. Encontré quién soy, qué quiero, cómo quiero ver el mundo; entendí la tristeza y aprendí a sacar de ella lo necesario.
Aprendí no a hacer, sino ser lo que quiero para mi vida.
Cultivar mis ilusiones y cuidarlas para que una vez llegado el momento, entienda por qué florecieron, qué frutos dieron y al final, dejarlo todo a un lado.
Aceptar que somos nada y esto nos permite hacer de la vida lo que queramos, toda la sabiduría del universo ya está dentro de nosotros y el amor es el movimiento que la hace trabajar a nuestra voluntad.
El amor. Siempre está ahí, escondido, esperando a que nos demos cuenta del orden mágico que nos impone. He podido ver que eso es lo que hay detrás de la muerte. El miedo es un telón que esconde belleza y plenitud.
Rendirse a la muerte es rendirse al amor completo, es volverte uno con el universo y sentirlo en cada persona que nos trata mal o nos hace enojar. Es entender que no hay una sola cosa que puedas hacer para dejar de amar lo que es. Si te rindes a ello, sin duda alguna, la felicidad te estará esperando.
Esto obviamente es un trabajo de todos los días. Es nuestro propósito encontrar nuestra propia felicidad, así como aprendimos primero a vestirnos y luego a hacerlo con estilo. Es una decisión permanecer lo suficientemente presente, ser cada día mejor, sacarle las capas de sufrimiento a lo que de otra forma puede ser gozo.
Y eso no significa ser insoportable y hablar siempre cosas abstractas. Es una función adquirida: una actualización de ti mismo que te permite cambiar al mundo desde dentro, cambiando primero tú.
El día de hoy estoy sano.
No hay presencia de cáncer en mí y eso es verdad tanto en mi cuerpo como en mi mente. A pesar del increíble tratamiento de quimioterapia, las cosas no comenzaron a funcionar a mi favor hasta que no estuve en sintonía con mi miedo. La enfermedad no era el enemigo, era mi invitado.
Y al principio fui el peor anfitrión. En lugar de ofrecerle un lugar y disfrutar de su presencia (¡qué difícil!), lo agarré a golpes, reprochándole, callándolo. No tenía derecho, no avisó, no era justo. Pero eso no me llevó a nada.
La vida nos da lo que necesitamos cuando lo necesitamos. Y así llegaron las respuestas. Una vez cansado de sufrir, de ser miserable, de sentirme solo y enfermo, me callé. Y mi invitado comenzó a hablarme, a hacerme él también preguntas. Amenazaba con quitarme todo porque fui ingrato.
Di mucho por sentado, pero no me lo reprochó, sino al contrario. Era el mensajero de que estaba demasiado frustrado con mi incapacidad de ser feliz y que eso era lo contrario a vivir. Me puso a prueba y se lo agradezco.
Fue lo suficientemente amable para retarme. Me presentó un momento de la verdad: derrumbarme o continuar. Si quería vivir, este era el momento para demostrarlo.
Lo primero fue entender: adentro es afuera, yo soy tú y lo que quiero para ti es lo que quiero para mí, porque no tiene más remedio.
Increíbles personas comenzaron a hacérmelo ver. Podía encontrarme en ellos y entendía el cariño que tanto ansiaba, el que sentía por otros era cariño que sentía por mí mismo. Y eso me hizo amarles completamente, como quiero amarme y como quiero que me amen. Sin reproche, sin interés y sin condiciones. Es lo que ahora busco ofrecerles todo el tiempo.
Mi familia fue clave en este proceso. No cabe en palabras el amor que siento por ellos, por su modo incansable de mantenerme con vida, de ser ellos mismos, de creer que no era mi momento de irme, que me querían con vida y yo quería la vida con ellos. El dinero y el tiempo que invirtieron en verme salir adelante no es una deuda sino una fuente innegable de fuerza.
Mis amigos son el espejo perfecto de lo que tengo que mejorar. Muchas veces tuve problemas al reprocharles en mi mente el no entenderme, no sentir mi dolor, no comprender la grandeza de lo que estaba viviendo.
Pero yo estaba mal. Me di cuenta que ellos me daban la perfecta oportunidad para ser de nuevo una persona sana. De poderlos ver y hablar de otros temas, sentirme normal. No habría encontrado mi camino de regreso a la sanidad sin su ayuda.
No me queda ya motivo de creer que no merezco vivir, de que no valgo tanto o cuanto que otros, que no tengo nada que aportar al mundo.
Todas las dudas se disipan cuando estás decidido a ser lo mejor que puedas ser por el tiempo que te sea posible. Poco a poco voy tomando el ritmo de la vida que quiero. Estoy despierto a la felicidad y les agradezco tanto ser parte de ella que quiero que sea suya también. Este es el mejor cumpleaños de mi vida, así como mañana, si se me da, será un día increíble también.
Mi regalo para ustedes. Gracias con todas las letras.
Publicado originalmente en Medium el 24 de noviembre de 2013.
https://medium.com/p/1bf155573d6