TW: sangre, lesiones, abuso, mental disorders, asesinato
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Limpieza.
Todos los días eran iguales para Marinette.
Su despertador, vacilante y molesto, ruidoso como él solo, comenzaba su matutino estruendo a las siete. La fuerza con la que sonaba habría despertado a un muerto.
Refunfuñó y arqueó su espalda, apagando bruscamente ese trasto. Al fin y al cabo, ella odiaba aquel despertador con toda su alma.
La ducha había perdido relevancia, y por muchas veces que lavara su cuerpo, el pestilente olor que caracterizaba su vida diaria no desaparecía. Jamás.
Antes de salir, recogía siempre un cubo azul de plástico que la acompañaba en todo el trayecto, seguido de detergentes de todo tipo, lejía y agua hirviendo, que iría enfriándose en el viaje.
No mediaba palabra con nadie cuando se dirigía a su trabajo. Escrupulosa y silenciosa, bajaba las escaleras con cautela, aunque sin preocupación, arreglándoselas para no perder el equilibrio debido al peso que cargaba. El ascensor había sido reparado hacía ya meses pero llevaba tanto tiempo roto que se había ganado su desprecio. Al fin y al cabo, ella odiaba aquel ascensor con toda su alma.
Su portero la saludaba cada día con una sonrisa en sus labios.
El hombre parecía cada día más joven, al contrario de la decrépita mujer, para la cual el paso del tiempo implicaba arrugas, canas y cada vez menos fuerza.
El característico gemido desganado que emitía al pasar a su lado como respuesta al saludo hacía sonreír al atlético muchacho, que se alegraba de ver cómo la humilde anciana seguía trabajando día tras día.
El sentimiento de la mujer, en cambio, era de molestia ante aquel hombre, al que veía como un obstáculo que no hacía sino molestar y entorpecer su paso a través de los rellanos. Al fin y al cabo, ella odiaba a aquel portero con toda su alma.
Aquel día era especial para Marinette. Pedido especial, que la haría cambiar su repetitiva ruta en dirección a la manzana Oeste, donde convergían todos los comercios principales del barrio. Quizá, incluso, ese camino de no más de treinta minutos alegraría un poco su día.
Daban las nueve y cuarenta y cinco. Marinette, decidida, volvía a situarse en su ruta habitual. Agentes químicos de limpieza nuevos, simplemente. La peculiar solicitud de adquirir ácido como método de limpieza no era nada más que otro nuevo recurso que sumaría más esfuerzo a su ya ajetreada jornada. El ácida era un producto corrosivo como el que más. Su tarea se dificultaría.
Llegó, después de diez minutos de cargar como una mula, a su destino. El pisucho más sucio de toda la barriada era el de su jefe, el hombre que la había contratado hacía ya cuatro años. Cada día que la mujer observaba la fachada del edificio, conseguía repugnarse aún más. Al fin y al cabo, ella odiaba aquella sucia fachada.
El tercer piso era su objetivo, así que, con el esfuerzo que su cargamento y salud le permitieron, subió las escaleras.
La puerta a la que se dirigía, imponente, destacaba sobre las vecinas. Aquel metal oxidado que cada mañana observaba de frente la incitaba a dar media vuelta y volver. No aguantaba el óxido, y mucho menos en ese estado.
Todos los seguros que proporcionaba aquel portal quedaban inutilizados con el collar de llaves que portaba la señora. Un total de cuatro llaves eran las necesarias para entrar al apartamento. Habiéndose adentrado ya en el lugar, la mujer debía bloquear de nuevo las cuatro cerraduras. Nadie más iba a entrar hasta que ella saliera de ahí.
El hedor característico de su “oficina” de trabajo ya empezaba a personarse.
Dio un breve suspiro, soltó con desgana el cubo y los desinfectantes. Empezaba su jornada laboral, y aquella casa debía quedar impoluta antes de las tres del mediodía.
La primera parada era obvia. Siempre, sin pensárselo dos veces, limpiaba el cuarto del señor primero. Órdenes de arriba.
Al abrir su puerta, el olor se disipó levemente, dejando entrar algo de aire fresco procedente del abierto ventanal de la habitación. El señor no quería nada abierto y ese olor fétido no debía salir de ahí. Ella obedecía. Cerró aquella fuente de viento y analizó la habitación.
El señor se había comportado aquella noche de una forma pulcra, o eso parecía.
Al deshacer la sábana, enrollada de forma aplicada, encontró el puñal de cocina. Juguete característico del señor y, como era costumbre, cubierto de sangre seca ya amarronada.
La mujer sonrió para sí misma, pensando en lo estúpido que había sido creer que quizá el señor no habría tenido una de sus noches ajetreadas. Agarró el cuchillo con la punta de sus dedos y lo lanzó dentro de su cubo, el cual había llenado previamente de lejía y agua caliente.
Mientras la sangre reseca se desprendía del arma, analizó las paredes del salón: ¿Cómo no se había fijado? Todas aquellas marcas de sangre, cuya distribución a través de la sala parecían representar una persecución… ¡Necesitaban limpieza urgente! Le pagaban para limpiar, no para cuestionarse. Tras cuatro años, se había acostumbrado a ello.
En menos de diez minutos, y con la ayuda de un viejo paño de cocina, custodiado con recelo por la anciana, había dejado aquel salón recibidor como los chorros del oro.
El cuchillo, en aquel tiempo, había dejado ir toda la suciedad acumulada y solo necesitaba un rápido frote de paño.
Cuando estaba terminando de abrillantar el filo, un leve traspiés propició que la anciana mujer se distrajera, cortándose accidentalmente la palma de su mano izquierda. La sangre, que brotaba en breves aunque constantes riachuelos dejó de fluir rápidamente cuando la mujer hundió su brazo en el cubo de lejía. Llevaba cuatro años limpiando sangre. Algo así no era un problema. Al sacarlo, parte de la piel superior de sus dedos, sumado a dos de sus uñas, se desprendieron lentamente, a causa quizá de la fuerza de los químicos en los que había bañado su brazo. Ni siquiera era mediodía, aún quedaba mucho por hacer y aquel problema trivial no iba a salvarla de su duro día de trabajo. Al fin y al cabo, ella odiaba perder el tiempo.
Entró en la cocina, sorprendentemente limpia. Una nota en la nevera, precisa y clara.
“Podrido. Tirar. Carne.”
Marinette no era joven, mucho menos lista, pero entendía y seguía con precisión cada una de las órdenes que su señor le dejaba. Aunque fueran mensajes tan crípticos como aquel, ella sabía perfectamente lo que debía hacer.
Abrió la nevera doble, el electrodoméstico más grande que había visto en su ya larga vida, y empezó a lanzar todo lo que encontró a una bolsa de basura. Con la mano malherida, fue agarrando y lanzando los objetos de putrefacto aspecto, uno a uno. Órganos y pedazos de carne cuya procedencia era obvia fueron desechados. La mujer miró al techo y se perdió en su mente, imaginándose por unos instantes a su señor, vestido de traje con delantal, demostrando sus dotes culinarias de una forma excepcional y sirviéndole diversidad de manjares de una calidad sin igual. Ella odiaba muchas cosas, pero la comida no era una de ellas.
Mientras seguía depositando los restos cárnicos en la bolsa, se percató de que, entre aquellos pedazos sin forma ni expresión, uno en concreto destacaba: servida en bandeja de plata, una mano, esbelta y perteneciente con toda seguridad a una mujer de las altas esferas, se diferenciaba casi poéticamente de todo lo demás. Los anillos, dorados y relucientes, sumados al color chillón de sus uñas, lo hacían un plato único.
Destacar es malo, o al menos eso había pensado siempre ella. Y cuando se trataba de desechar carne humana, el hecho de destacar podría ser un camino a la perdición. Si la desechaba así, acabaría llamando la atención.
Agarró la mano con recelo y la desvistió, colocando los anillos sobre la encimera.
Acto seguido, la lanzó sin miramientos a la picadora portátil de carne, aquella a la que había contado sus mayores penas y preocupaciones desde que recordaba trabajar en ese lugar. Mientras giraba la manivela y, de la pulcra mano solo quedaban tiras de carne informe, la anciana se desahogó, soltando algunas lágrimas. Su señor nunca había tenido ojo para ella, le recriminó a la inerte máquina. Siempre la había visto como una simple trabajadora, su limpiadora, su sirvienta, nunca nada más que eso.
Desahogarse y compartir sus penas con un inmóvil utensilio de cocina siempre le había hecho sentirse mejor, y aquel día no iba a ser una excepción. Se sintió reconfortada al tiempo que los últimos rollitos de carne salían de los agujeros metálicos de la máquina. Al fin y al cabo, ella odiaba sentir.
Lanzó los rollos de carne picada, irónicamente recolocados en la bandeja de plata, a la bolsa de basura y la colocó cerca de la puerta, lista para ser depositada en algún contenedor alejado cuando ella saliera de ahí.
Daban las dos y el final de la jornada estaba cerca. Solo quedaba el baño.
Al aproximarse a la puerta, la mujer se percató de que el foco del repulsivo hedor estaba precisamente ahí. Preparada para desempeñar su trabajo de forma profesional, Marinette se introdujo al cuarto de baño, cuyo pestillo parecía hecho añicos. Nunca antes había visto algo igual. El señor siempre había sido escrupuloso.
Nunca había encontrado ningún cuerpo.
Postrado en el interior de la bañera, el mutilado cadáver de una dama yacía desnudo. Sus brazos seguían intactos, por lo que Marinette dedujo que no era la dueña de la extremidad a la que acababa de hacer trizas. Un sentimiento de ira le invadió, el mismo que sintió al encontrarse aquella exquisita mano antes. ¿Por qué tenía ojos para aquellas mujeres, y para ella no? Algo similar a los celos inundaron el cuerpo de la anciana, que observaba con rabia aquel cadáver en descomposición.
¿Podía alguien sentirse así por un mutilado y descompuesto trozo de carne? La mujer se deshizo rápidamente de aquel pensamiento y prosiguió con su trabajo. La nota, situada en el costado izquierdo del lavabo, dejaba unas órdenes (que ella ya se había imaginado) más que claras.
“Bañera. Ácido? Cuerpo.”
El señor era listo y precavido. Aquel producto novedoso de limpieza no iba a ser usado para otra cosa. Marinette volvió al recibidor, agarró la garrafa, de un grueso polímero, y se dirigió de nuevo al baño.
Desprovista de instrucciones y cursos de aprendizaje sobre el uso y peligro del corrosivo ácido, la mujer se basó en sus más básicos instintos limpiadores para dar uso a aquella sustancia. Fue llenando la bañera de forma lenta y continua con el líquido humeante. La carne del pútrido cuerpo empezó a desprenderse con rapidez. La eficacia del ácido era un logro, y Marinette, como profesional de la limpieza así lo reconocía.
El proceso de corrosión funcionaba espléndidamente.
Mientras seguía vertiendo el producto en la bañera, la anciana analizó con cautela la parte aún sin disolver de aquel cadáver. Un rostro fino y suavemente maquillado, de rasgos claramente eslavos. Mejillas sonrojadas, pintalabios carmín, algo de colorete. Características que las diferenciaban tanto. ¿Por qué no ella? Volvió a preguntarse.
El clímax llegó. La anciana no aguantó más. Mientras el ácido llegaba a poco más de tres pulgares de profundidad, habiendo corroído parte de los muslos de la bella dama, Marinette observó en sus ya pálidas y necróticas muñecas una serie de marcas. Aquellas marcas indicaban que dos fuertes manos las habían sujetado sin descanso durante un largo tiempo. Aquel cadáver, que yacía ahora inerte en una bañera, había recibido más contacto personal con su señor en unas horas que ella en cuatro largos años. La rabia volvió, y con ella, la distracción. Marinette odiaba la distracción.
El garrafón se le resbaló en dirección a la bañera y a este le siguió el brazo de Marinette que, al intentar recuperar por inercia la botella, sumergió también su mano. No gritó, ni siquiera un leve gemido. El señor no le permitía gritar.
Sacó la mano como pudo del mordiente líquido. Solo apareció una masa de carne en disolución. La sangre brotaba con fuerza y Marinette observó como su alrededor volvía a llenarse de aquel líquido carmesí. Como pudo, vendó lo que quedaba de su puño con su trapo de confianza y cerró los ojos. Tras de sí, la bañera se encontraba prácticamente llena. El garrafón, ahora vacío, flotaba en aquel baño de muerte y de la joven solo asomaba el rostro.
La anciana se levantó, y la miró, con rabia y asco.
Aquel rostro, a pesar de estar muerto, a pesar de llevar horas, incluso días, descomponiéndose, parecía sonreírle.
Marinette ya no aguantó más.
Una sola lágrima salió. No lloró más.
Todos los días habían sido iguales para Marinette. Ese iba a ser distinto.
Se deshizo de sus ropajes de burda limpiadora para acto seguido colocarse los anillos dorados depositados en la encimera. Con la sangre que brotaba de su brazo (o lo que quedaba de él), pintó la comisura de sus labios, imitando el llamativo pintalabios que teñía el rostro de todas las actrices de moda. Se sintió la reina del mundo por unos breves instantes. Una afamada Vedette que posaba ante sus admiradores, ante su querido señor.
Volvió a entrar al baño, ahora feliz. Decidida.
Sonrió y hundió ambos pies en aquel líquido. Poco a poco, fue hundiendo todo su cuerpo.
El ácido que la carcomía lentamente era, quizá, lo más cerca que había estado de recibir un trato similar a aquella preciosa joven. Hundió la cabeza de la chica tras cerrarle los ojos. Su rostro reflejó una sonrisa burlona hasta el último momento.
Mientras el ácido devoraba su cuerpo desnudo, Marinette sonrió.
Sonrió porque todo había acabado.
Al fin y al cabo, ella odiaba aquel trabajo con toda su alma.









