He llegado a un punto de mi vida en que pienso que la inteligencia es sobre todo la capacidad para cambiar de opinión y aprender. He llegado al punto de mi vida en que admiro mucho a la gente como Fredi Leis. Tiene un talento y una voz y una musicalidad sorprendentes. Tiene la falta de prejuicios que hace falta para cantar a DJ Kun en 2018 en La Riviera. Y luego a Los Beatles. Tiene la brillantez como para decidir que la maravillosa Carmela no toque la guitarra eléctrica xq entiende que desluce el talento de ella y el show general. Como para dejar a Miguez al piano y los coros.
Él, además, sigue siendo el mismo artista enorme que levantó un concierto que podría haber resultado deprimente en Torrelavega y que a la vez es capaz de sentarse a pensar qué podría mejorar. No conformarse. Y hacer todo lo humanamente posible para que su música brille. Y por eso llena la Riviera hasta la palmera y llenará el Santiago (Bernabeu) más pronto que tarde. Tiene la voz, la musicalidad, el talento, el trabajo, el tiempo y la inteligencia. Lo tiene todo.
Admiro mucho a la gente que aprende. Que no se encabezona a lo tonto retrasado lo obvio. Que tiene la confianza como para saber que todo es siempre mejorable.
Respeto mucho más a Leis como persona y como músico ahora que aclara que las mujeres tenemos derecho a hacer lo que nos dé la gana aunque a él le venga mal. Aunque sepa que lo hace sólo porque quiere la fiesta en paz y todavía no se ha parado a pensar lo suficiente en el origen del malestar que le causaba la de los labios rojos. Mientras finge que no oye a la chica que se ofrece, enloquecida, a ser nada para él.
Lo respeto todavía más ahora que su bajista es gloria bendita. Uno de esos bajistas capaces de ser a la vez discretos y definitivos. De estar atentos. Ahora que su batería cambia el paso, huye de esa digamos tradición patria de los ritmos previsibles y cansinos para públicos con poco paladar que valoran más la fuerza que la belleza. Ahora que su batería hace crecer las canciones en vez de convertirlas en eso monótono y presuntamente potente que termina resultando simplemente aburrido. Ahora que su batería es el mismo pero parece otro y Quiero darte vuelve a ser esa enormidad que es en el disco.
Me gusta mucho que los músicos cambien y crezcan y aprendan y encuentren su sitio. Y me gusta más que Fredi llene La Riviera de gente y de música deliciosa. Salga cardíaco y sudoroso a escena, histérico pero dispuesto a dejarse la piel y compruebe que en el fondo no necesita artificios ni más ayuda que su talento. Buenas canciones. Músicos y músicas tocando como mejor saben lo que mejor saben. Dejando de lado los prejuicios sobre lo que debe ser un buen concierto con banda y encontrando un lenguaje propio donde ser él mismo. Lo más difícil de todo.
En 2017 estuve obsesionada con Mariposas, luego entré en bucle con Sálvate a finales de enero de este año . Recordaré siempre un viaje en tren conmigo repitiendo una y otra vez esa última estrofa gloriosa. Llena de música, de sentido, de intención. De verdad aunque sea una verdad teatralizada. En el fondo me da lo mismo que Leis escriba canciones así de intensas de historias inventadas, fábulas. El caso es que suenan a verdad. En el marco de referencia de la canción son verdad. Y con eso a mi me vale. No necesita disimular. Supongo. O ha encontrado una forma de disimular que suena sincera. Tanto como para pensar que hay por ahí una mujer que hace lo que quiere con su voz gloriosa.
Esta noche no ha cantado Primero N que es mi segunda canción favorita del disco en parte porque no deja de ser la hipérbole suprema de la nada. Un "mira, me gustas" excesivo, alucinado. Alterado de química. Valiente. Igual es solo eso No se puede dar un concierto como el de esta noche sin la valentía de exponerse. Exponerse delante de una Riviera llena, con una camisa de lunares tan blanca como la ropa interior a estrenar, tan tú mismo y tan escénica a la vez. Tan estudiada y tan natural como las canciones que llegan a las esquinas recónditas por todas las razones irracionales. Tan puro talento en crecimiento. Tan llenas de ganas de seguir creciendo, aprendiendo, inventando espacios en los que volvernos locos a los que escuchamos desde abajo bailando estremecidos, conquistados, colonizados.
La Riviera es el sitio donde odié a Ferreiro, donde tuve que marcharme, pero también donde adoré definitivamente a Cullum y su don para sonar a gloria, jugar con nosotros y para nosotros, pero también donde quise a Quique González y su felicidad reluciente y su delantera mítica el día del cumple de mi hermana, y donde quise todavía más al Quique superviviente que no estaba preparado para pararse a pensar y prefería aliarse con Lapido soltando a los perros. El mismo sitio donde le habría pedido matrimonio a Xoel si su mujer no hubiese estado con él sobre el escenario.
Y será también el lugar donde decidí sin duda que Fredi Leis es de lo mejor que le ha pasado a la música en España en esta década. Donde supe que ha venido para quedarse. Para crecer. Para hacernos disfrutar con su talento y su sabiduría. Es muy joven, tiene solo un disco publicado y las tablas suficientes como para descartar canciones míticas y terminar como le da la gana, sabiendo de sobra que ese ha dejado de ser el mejor final posible y sabiendo también que tiene muchos conciertos por delante para mejorarlo todo. Más. Todavía más. Ojalá nunca deje de escribir música con esa tranquilidad suya para entender que cada uno de los 1.800 seres humanos que hemos llenado La Riviera hoy, entendemos cada canción como nos da la gana. Porque son todas nuestras para siempre desde la primera vez que las escuchamos.