PLOT DROP 011 ; CAYÓ COMO CAEN LOS ÁNGELES ORGULLOSOS: EN SILENCIO, ENTRE LOS BRAZOS DEL PROPIO REFLEJO.
Albertina Solanas desapareció una semana antes de la fiesta de las fieras, formalmente murió durante esta misma con dos testigos uno directo, el otro en lejanía. Oficialmente, su cuerpo fue encontrado en el bosque aledaño a la propiedad de los Buchanan. Extraoficialmente, su nombre fue borrado por el Círculo antes de que alguien pudiera hacer demasiadas preguntas.
La operación no fue caótica. Fue quirúrgica. Precisa. Peter Landry, mano derecha de Boris Bleichman, la ejecutó con la indiferencia de quien ha perdido hace tiempo la necesidad de justificar los medios. Albertina no era especial. No era una amenaza, ni un símbolo. Era, simplemente, un riesgo: alguien que había estado cerca de Vera Quinn demasiado tiempo, lo suficiente para escuchar conversaciones que no debía, dar información precisa y fidedigna para un libro que nunca debió existir, y sospechar de cosas que se suponía debía aceptar como dogma.
La solución se desarrolló en dos sencillos pasos, su desaparición y la culpa de alguien que ya estaba condenado en primer lugar.
Savar Bamford; Traidor en potencia, emocionalmente vulnerable, vinculado de forma evidente a Vera Quinn. Todos lo sabían. Su lealtad había empezado a deshilacharse desde hacía tiempo, pero nadie se atrevía a confrontarlo mientras Vera estuviera en pie. Ella lo protegía, lo utilizaba. Y él, ciego, enamorado, dispuesto a incendiarlo todo por una promesa que nunca fue completamente suya.
Cuando Vera traicionó al Círculo con su libro lleno de nombres, fechas, confesiones y mentiras, se sentenció de manera inmediata.
La mataron con la misma eficiencia con la que silenciaron documentos clasificados. Y cuando llegó el momento de gestionar las consecuencias, el nombre de Savar emergió con naturalidad.
Él fue el chivo expiatorio ideal. Se dijo que mató a Albertina por celos. Por miedo a que ella delatara a Vera. Por amor. Por debilidad. Lo importante no era el motivo, sino el relato.
Mientras tanto, Albertina era trasladada en silencio a Edimburgo, con documentos falsos y una advertencia clara: su supervivencia dependía de su anonimato.
Fue recibida por el Círculo de Minerva, la sociedad hermana del Ateniense, compuesta por académicos, investigadores y personas cuya utilidad era más conveniente desde la sombra.
Albertina vivió en los márgenes: catalogando archivos, asistiendo a reuniones donde nadie la nombraba ni hablaba de aquel pasado, y observando desde la ventana de un cuarto prestado cómo el invierno escocés borraba el rastro de su identidad anterior.
“No hay más que una manera de nacer a una segunda vida: morir la primera sin dejar cadáver.”
Peter Landry no volvió a hablar de ella.
Boris se limitó a tachar su nombre de aquel listado de personas de interés con su estilográfica azul.
Y Savar quien, hundido bajo cargos que no pudo ni quiso desmentir, fue marcado para siempre.
Albertina no era heroína, ni enemiga, ni víctima, ni mártir.
Solo una pieza de todo aquel tablero, cuidadosamente enterrada en vida, para que otros pudieran caer con más estruendo.
INFORMACIÓN OOC.












