A una semana de mi cumpleaños
Nunca me ha gustado crecer.
Desde que tengo once años, cada vez que se acerca esta fecha siento una tristeza que no sé si aprendí o si nació conmigo.
Una sensación que no se va con velas ni pasteles, ni con gente diciéndome “¡felicidades!”.
Porque no siempre ha sido una felicidad.
A veces ha sido una despedida.
De la idea de que la vida iba a ser más fácil que esto.
Y cada año que pasa, sigo sin estar segura de qué se supone que debo celebrar.
Pero a veces eso no se siente suficiente.
A veces cargar con la vida se parece más a fingir que a disfrutar.
Este año he querido hacer algo distinto.
No porque haya dejado de doler,
sino porque tal vez el acto de intentar ya es una forma de ternura.
Aunque no lo sientas del todo,
aunque aún no entiendas cómo recibirlo.
A una semana de mi cumpleaños,
me doy permiso para estar triste.
Para no obligarme a estar feliz.
Para no sonreír en cada foto.
Para no tener que explicarme.
Me doy permiso para abrazar a la niña que fui,
la que no quería crecer porque crecer dolía.
Y me acerco a ella con cuidado, con respeto, sin presionarla.
Le digo que no tiene que aplaudir por haber llegado a otro año más.
Y si acaso no sé cómo celebrar mi vida,
al menos hoy elijo no rechazarla.
Hoy, elijo sostenerme aunque tiemble.
Porque merezco estar, incluso cuando no sé cómo estar bien.