Míralo, míralo bien porque después no sabrás como apartar la mirada, y no podrás evitar preguntarte por qué. Qué lo hace tan especial, qué lo hace el centro de atención. Y pensarás que quizá sea su risa (tan parecida a un ladrido), o su andar despreocupado, o la manera en que siempre parece hacer las cosas sin querer (¿o lo tiene todo realmente calculado?).
De alguna manera él siempre está allí, siempre tiene una sonrisa puesta en los labios y la picardía en la mirada — y parecerá decir que hay algo que sabe que tu no, se meterá dentro tuyo y no tendrás manera de esquivarla, creerás que solo mirándote podrá ver a través de ti —, con la broma en la punta de la lengua.
Mirarás hacia otra dirección, voltearás la cabeza hacia otro lado, pero su imagen clavada en tu retina (en tu cabeza) seguirá persiguiéndote. Cuando quieras escapar será demasiado tarde, habrás caído de ello en una trampa que ni siquiera era para ti.






