—Eres tan joven…— suspiró la otra mujer. Marta no bajó la guardia, pudo ver nostalgia en su expresión con una sonrisa como de quien ve una foto antigua. —No puedo creerlo...
—Casi parece mentira que seamos la misma persona. — el fantasma ignoró por completo las palabras de Marta, crispando el humor de la misma al mismo tiempo que la confundÃa. — ¿Conoces ya a Candy? —preguntó ladeando la cabeza y ampliando su sonrisa juguetona— No, todavÃa no ¿verdad?
El fantasma estaba embelesado con Marta, parecÃa encerrada en sus recuerdos sonriendo en ocasiones de una forma que dio escalofrÃos a la bruja.
Marta comenzaba a asustarse, una sensación de peligro inminente la recorrió, estaba siendo impulsiva como Blanca pero aquella fantasma que afirmaba ser ella en el futuro no le dejó otra opción. Invocó su arma, una daga ceremonial y la arrojó al fantasma, no querÃa matarla, si es que pudiera, tan solo advertirla. La daga desapareció por el hombro de la misteriosa mujer, no tardó mucho en oÃrse su choque en algún lugar de la cueva. La miró con cierto paternalismo y superioridad.
—No hagas eso, Marta.
Se bajó de la roca pero sus pies nunca tocaron el suelo, nunca lo vio para ser precisa. Como confirmación el vestido ondeaba solo, no poseÃa piernas pero aún asà avanzaba directa hacia ella dándole tiempo a Marta a invocar otra daga antes de verse rodeada por ella.
Su versión futura acarició su mejilla con cariño. Por medio del contacto sintió sus emociones e incluso visualizó parte del futuro del que le hablaba. El sonido de todo aquello la ensordeció. Ella harÃa cosas horribles y ocurrirÃan cosas peores como consecuencia, todo lo que ella era se corromperÃa. Negó con la cabeza lo poco que le permitió la otra Marta. Cada muerte tanto suya como las que iba a provocar, cada acto deleznable. Sus piernas temblaban, sus ojos se agrandaron hasta dolerle, sintió miedo y si no fuera por esa Marta más antigua, ya estarÃa derrumbada en el suelo.
—Puede que ahora no, pero pronto encontrarás tu camino y desearás seguirlo hasta las últimas consecuencias.
Finalmente colapsó. Aquello era irreal, se sintió desvanecerse. Se sentÃa caer en un abismo negro y doloroso mientras la bombardeaban las mismas imágenes de su futuro. No era real, no era ella, no era su futuro.
—¿Otra vez meditando a deshoras?
Marta abrió los ojos encontrándose con la mirada esmeralda de su hermana.
Miró a su alrededor. Estaba en el cuarto de Aurora, sentada en su mecedora con el cuento de la caperucita roja en su regazo, la niña dormÃa abrazada a sus peluches. Blanca la mirada confusa aunque algo divertida. La bruja se llevó una mano a la cabeza, no recordaba nada tan solo una sensación de pánico injustificable. Se sobresaltó al sentir la mano de su hermana en su hombro.
—Anda baja, ya he dormido al resto, sin tu ayuda. Hice galletas de chocolate a ver si reconoces ya que esa magia tuya no lo hace todo mejor. —susurró haciendo un gesto hacia la puerta.
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