Madelleine. Su nombre evocaba flores de violentos colores, tormentas repentinas y noches largas y agitadas, imágenes de prados soleados y siestas a la sombra. Era un nombre que le sentaba bien.
Permanecía en pie, con las manos suspendidas en el aire, el cuerpo tenso y la mirada alerta, y en la sala no se oía ni un solo ruido. Una melodía romántica de Chopin surcaba el aire. La luz oblicua refulgía en su pelo pulcramente atado, de un color que no se olvidaría, empezando con los tonos pasteles y terminando con la electricidad del rosado, con leves tonos en violeta. Jugueteaba con dos conejillos que por milagro, habían sobrevivido al Inframundo, más los había enamorado perdidamente, a tal punto, que ambos se debatían entre salvar la vida del otro. Ligeramente empática, los dejó ir, pensando que en aquellas criaturitas jamás se soportaría un amor como tal. --¿Qué te trae por aquí?-- Preguntó juguetona hacia la silueta que cada vez se acercaba más hacia su escena privada.