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Olik X Jaykiss - Activate
Olik X Jaykiss – Activate
Olikinyo William popularly known as Olik released his highly anticipated track Activate after the success of his chart trending EP IjuTheEP On Activate, Olik collaborated with Jaykiss who dropped an intriguing verse with his rhythmic voice. Enjoy below! DOWNLOAD: Olik X Jaykiss – Activate
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一包三用超值款 時尚兼具實用 OLiK OK包 翻轉系列
雖說女人包包、鞋子永遠買不完
上午覺得乾燥色系美翻了,下午覺得橘色系彩妝好可愛喲
喜新厭舊的心情也早已見怪不怪
不過~ 用習慣的,用了覺得順手、合用(穿)的
縱使又入手了其他款包、鞋 常常又不自覺穿帶讓自己覺得使用最上心的
Sesiones XXI (2), XXII y XXIII - 11º a 15º días de Coll, 4E23 - Como un ballet muy ensayado.
La gran torre del mercado de Olik se erguía ante sus ojos, tras los largos días de camino Sigmund al fin veía su destino.Los hombres, mujeres y niños que le seguían no flaqueaban en su fe pero todos parecían agradecer salir de los caminos. El profeta estaba contento, si había un lugar donde podía transformar el botín de Null en dinero, ese lugar era la ciudad mercado de Olik. La larga caravana atrajo de inmediato la atención de Gruatt, el conocido troll de guerra de la Élite de Olik; si querían permanecer en la ciudad, debían deponer y entregar las armas, de no ser así se les consideraría un ejército extranjero. Para Sigmund, a pesar de su reticencia inicial a que sus hombres quedasen desarmados, esto supuso un motivo de orgullo. Sus seguidores ya no parecían desheredados huídos de una ciudad de ladrones, sus seguidores parecían un ejército. El troll aceptó dejar armados a los hombres de confianza del profeta, entendiendo que tanto él como la mercancía podían necesitar escolta; el resto de las armas quedarían bajo custodia y deberían recogerlas cuando fuesen a marcharse.
A pesar de su rápido avance, Lovandil e Idrill llegaban a la ciudad al día siguiente. El tiempo investigando la ría en la que habían encontrado indicios del paso de Armand y los días que había dedicado el druida a conseguir un nuevo compañero animal los habían retrasado. Ahora un lobo los acompañaba de cerca. Cuando alcanzaron los límites de Olik percibieron la presencia de templarios de la lágrima roja. Sigmund a esas alturas se encontraba buscando compradores para su mercancía en los almacenes de el puerto, por lo que la mayoría de sus fieles gastaban su tiempo paseando por las calles. Evitando en lo posible que Lovandil llamase demasiado la atención, Idrill preguntó por los muelles sobre Armand y su barco. Las respuestas eran ambigüas y confusas, su barco se había marchado sin él mientras que el comerciante aún estaba en la ciudad; todo apuntaba a que él debía haberlo cogido en la ría que habían visto días atrás.
Sigmund despertó esa mañana conmovido. Un sueño muy vívido, muy real, le había hecho sentirse de nuevo en conexión con su dios. En el sueño, el profeta vestía su armadura completa y portaba su estandarte con la lágrima, junto a él cabalgaba Airis con un tabardo de Torum, se dirigían hacia un horizonte oscuro y arremolinado a encontrarse con un ejército que no podía distinguir. A su espalda marchaba su propio ejército, miles de hombres ataviados de blanco con el tabardo del Supremo. A su derecha tropas bajo el estandarte de Moradin, a su izquierda tropas con la bandera de Heironeous y a la izquierda de ellos tropas bajo el estandarte de Hextor. Pero la presencia del dios de la tiranía no resultaba turbadora para los allí presentes. Al despertar Sigmund decidió ponerse en contacto con Airis, quería hacer a la mazo partícipe de su visión, máxime sabiendo que ella había vagado hacía poco por los reinos de los muertos.
Airis, esa misma mañana, se encontraba a bordo del carro de Seguridad Privada Attano. Se dirigían hacia el oeste, hacia Límite. Corvo había recibido una misiva de la Casa de Katahir convocando a su unidad a la toma de la ciudad. La Legión Azul estaba en camino y Segurida Privada Attano sería recompensada si eliminaban a los asesinos que podían entorpecer su camino. Corvo había aceptado de buena gana, tras los acontecimientos de dos noches atrás, quería llevar a sus hombres a luchar contra algo más mundano, la moral de la tropa se desvanecería rápido si tenían que seguir combatiendo contra aberraciones que mezclaban carne y metal o, peor aún, contra sus propios compañeros reanimados tras su muerte. Llegarían justos de tiempo, el ataque sobre la ciudad estaba previsto para tres días después. La maga había respondido a Sigmund por el mismo canal mágico que éste había abierto y le había informado de sus intenciones pidiendo ayuda y apoyo para su empresa.
Mientras comían, Idrill expuso a Lovandil la información que había obtenido y sus conjeturas. Entre toda la información, parecía que sólo quedaba un cabo suelto: Armand había llegado a la ciudad a bordo de La venganza de Sarethey, el dirigible que le había recogido durante la batalla en los cañones de Merin. Por suerte para ambos, el navío aún se encontraba en la ciudad, amarrado a lo alto de la torre del mercado. No queriendo perder más tiempo, el druida adoptó la forma de un pájaro y sobrevoló su objetivo recabando información. Tres dirigibles se encontraban amarrados allí, uno de ellos desmesuradamente grande que parecía algún transporte oficial, uno pequeño de recreo y La venganza. Entre ellos, tan solo unos pocos mozos de cuerda movían mercancías o efectuaban reparaciones menores, también paseando por la azotea se encontraba Eliana, otro conocido miembro de la Élite, una tifflin que había combatido junto a Zuk y Artin muchos años atrás; ella podía ser el único impedimento real para su plan. Sobre la cubierta del dirigible, un humano se dedicaba a limpiar y ordenar; sin nadie más a la vista en el navío, Lovandil decidió que le interrogarían sobre su objetivo. El druida bajó de nuevo a nivel de calle para trazar un plan con su compañera.
Idrill había estado dando vueltas a la torre y no había podido verlo, pero Sigmund había entrado. El profeta había encontrado un comprador para su mercancía pero Jarlax, uno de sus seguidores, cada vez más cercano a él y con buen ojo para los negocios no parecía muy cómodo con las condiciones. Sigmund y él habían decidido subir a la torre, en uno de los pisos superiores había una taberna en la que los grandes comerciantes solían pasar sus horas y cerrar algunos de sus tratos; allí buscarían una segunda opinión sobre el negocio que les habían propuesto. Su sorpresa no se pudo disimular cuando la aguda voz de Zein Rajabolsillos los llamó a su mesa, el mediano parecía mucho más relajado que en el viaje y los invitó a sentarse junto a él. En la misma mesa se encontraba otro hombre de aspecto rudo, debía de ser tan viejo como Sigmund, pero sin duda la edad le había tratado mucho peor; fue presentado como el capitán Jado y quedó en un segundo plano durante el resto de la conversación. Rajabolsillos, no sin antes dar su visto bueno y voto de confianza a la operación que le habían presentado, se ofreció a comprar él mismo la mercancía; él precio que él ofrecía era algo menor que el que había conseguido en la calle, pero era inmediato y además unía a la oferta el alquiler del navío del capitán Jado durante lo que quedaba de mes y un viaje en tren, más allá de las estaciones oficiales gracias a sus contactos, para sus fieles.
Lovandil volvía a sobrevolar La venganza de Sarethey y vigilaba a la tifflin. Siguiendo el plan previsto, Idrill apareció en la azotea y tras intercambiar unas palabras con Eliana, se encaminó al dirigible. El druida se posó sobre el castillete de popa; podía ver la cubierta, al fondo el marinero y la elfa parecían charlar, en el centro la gran trampilla de la bodega permanecía abierta, no se veía a nadie más. Se fijó de nuevo en la tifflin y tan pronto como vio que apartaba la mirada, se acercó. Idrill le hizo un gesto y el marinero se giró sin saber muy bien a quién iba dirigido, cuando vio a Lovandil ya era tarde: Idrill se abalanzó sobre él y los tres cayeron por la trampilla hasta la bodega. Consiguieron apartar al marinero antes de que una muchacha humana se asomase por la barandilla de la segunda cubierta, parecía que había alguien más, pero por ahora estaban a salvo. Interrogaron al marinero que sin mostrar miedo se prestó a hablar: Sí, ellos habían traido a Armand a Olik pero al menos él no tenía ni idea de a dónde podía dirigirse después. El capitán Jado podía saberlo así que decidieron que Idrill y el marinero bajarían con una excusa a buscar al capitán a la taberna mientras el druida esperaba alejado de las miradas.
Mientras Sigmund y Jarlax cerraban un trato con Rajabolsillos, uno de los marineros de La venganza hizo gestos al capitán Jado. Este, excusándose, se levantó y se alejó. Cuando llegó hasta Idrill, le informó de que alguien quería verle y fueron hacia su navío. Mientras tanto, dentro de éste, la humana que antes se había asomado se encontraba ahora detrás de Lovandil; él lo sabía porque notaba el frío cañón de una pistola apoyado en su nuca. Cuando la tripulación en conjunto reconoció al druida, el capitán mandó encerrarle junto a Idrill. Irían a cobrar la recompensa. Por los grandes ventanales de la taberna, Sigmund pudo ver cómo el navío que formaba parte de su trato se alejaba tierra adentro. Jarlax jugó entonces una baza importante, había reconocido el amuleto de Velfas, su maestro; el amuleto que éste le había dado a Artemis y que Null había arrebatado de su cuerpo. Instó a sacarlo del trato, podría serle útil a los Templarios de la Lágrima Roja. Sigmund decidió entonces aceptar el trato y hacer valer el viaje en tren para llegar lo antes posible cerca de Límite. Irían a apoyar la toma de la ciudad. Saldrían esa misma tarde.
Desde su celda en La Venganza de Sarethey, Lovandil pidió audiencia con el capitán Jado para tratar de convencerle de que a pesar de que su cabeza valía un millón de piezas de oro, podía resultarle aún más rentable mantenerlo con vida. A los ojos del viejo traficante, pocas cosas podían ser más lucrativas, apenas sí era capaz de imaginar un millón de piezas de oro, pero entonces el druida mencionó a Armand y eso siempre abría muchas puertas. A pesar de su reticencia inicial, Jado Liden decidió que nada perdía por utilizar su diadema para comentar con su habitual contratante el camino a seguir. Fuera lo que fuera lo que había hablado con Armand, Jado hizo liberar al druida y llevarlo a su despacho. Irían a ver a Armand, pero Idrill debía quedarse en tierra.
Al día siguiente sobrevolaban Espinazo del Diablo, al parecer el comerciante se encontraba allí. Lovandil fue dejado libre y el navio volvió sobre sus pasos con Idrill aún en su calabozo y la promesa de dejarla sana y salva cerca de Anteón. El druida adoptó la forma de un gran águila y bajó en círculos tratando de divisar al señor Douffsmaner; pronto advirtió su estrafalario estilo, se encontraba desayunando en el patio delantero del ayuntamiento, acompañado del máximo dirigente de la ciudad. El elfo esperó pacientemente hasta que el coronado se levantó de la mesa y bajó a posarse sobre su silla. Sin rastro de desconcierto, Armand saludó al druida y le invitó a sentarse, comenzando rápidamente la negociación por su anillo.
Al siguiente amanecer, a muchas millas de allí, Mialee y el asesino sin nombre trazaban su plan. La imagen de Límite desde cerca parecía más la de una ciudad tranquila que la de una zona de guerra, las tropas acampaban tranquilas alejadas del cinturón con el que asediaban la ciudadela. Trataron de parecer inofensivos y se internaron en la ciudad, camuflándose entre los habitantes que no habían huido y hacían las veces de sustento del ejército acampado. Pudieron ver cómo los soldados que no se encontraban descansando se dedicaban a limpiar puerta por puerta la ciudad. Ambos avanzaron hasta un puesto en el que estaban montando una catapulta para atacar la plaza fuerte. La fugaz idea de entrar volando en la ciudadela junto a una roca se desvaneció cuando las defensas de la ciudadela lanzaron un rápido proyectil contra la catapulta. Los dos infiltrados corrieron a buscar una posición elevada antes de que todo se llenase de tropas.
A unas leguas de allí, río arriba, el tren chirriaba fuertemente hasta detenerse. Sigmund y sus hombres estaban descendiendo de él junto al río, comprarían unas gabarras y descenderían por él intentando llegar a tiempo a Límite. El profeta había visto en Airis un enorme potencial y temía lo que podría ocurrir en la batalla al día siguiente.
Mialee y Corvo habían subido por las escaleras de un edificio que parecía vacío y habían tenido que esconderse en una de las casas abiertas cuando habían oido la voz de un guardia que avisaba a alguien de que iba a ver qué había sonado. Por suerte ambos eran más que capaces de esconderse si tenían la necesidad. El drow decidió ir a ver qué ocurría, parecía haber alguien en una casa del piso superior, así que deció subir por la pared y echar un ojo por la ventana; su sorpresa fue sólo comparable a la del humano que, tumbado sobre una mesa frente a la ventana, sostenía el otro extremo del rifle al que acababa de exponerse el asesino. Tan sólo por milímetros consiguió esquivar el disparo e inmediatamente desapareció y se introdujo en la habitción, comenzando el combate. El soldado que protegía al tirador pidió refuerzos, el asesino sin nombre vio entonces que llevaba una de esas diademas que él mismo había podido probar. Pocos segundos después Mialee oía como un escuadrón entraba en tropel en el edificio y decidió subir lo antes posible a la azotea. Para entonces el drow había finalizado el combate, dejando tras de sí una nube de oscuridad que impidió que el escuadrón que ya entraba por la puerta le viese; apresuradamente huyó de allí subiendo por la pared hasta la azotea. Mialee y él corrieron por las azoteas mientras eran perseguidos.
Tras conseguir dar esquinazo a sus perseguidores, valoraron sus opciones. Tenían acceso a una diadema de comunicación, podían enterarse de los movimientos del ejército, era algo que debían aprovechar. Mialee se puso la diadema y tardó unos minutos en ser capaz de ordenar sus ideas, oía todo el ejército, todas las órdenes. El asesino sin nombre la sacó de su ensimismamiento, estaba alterado. La gran gema roja de la frente de la diadema brillaba de manera incontrolable y parecía imposible sacar la diadema de la cabeza de la semielfa. Por un instante cundió el pánico, sin duda la estaban buscando y en ese momento era perfectamente visible. Entre la información que la semielfa podía procesar se hablaba de un ataque rápido al siguiente amanecer, algo rápido y muy estudiado. Era una buena opción para conseguir entrar. Decidieron aprovecharlo, se separarían ya y el asesino buscaría por sí mismo más información manteniéndose alejado de la llamativa presencia de Mialee que, por su parte, buscaría la forma de deshacerse de la diadema antes de unirse al plan.
La semielfa pronto captó otras órdenes por la diadema, al parecer la estaban cercando, habían avisado de su posición y ahora no tenía prácticamente posibilidad de escapar. Corrió entre las calles tratando de escabullirse de la encerrona, pero era imposible, tras cada esquina esperaba una patrulla. Finalmente, viéndose acorralada en una calle con soldados a ambos extremos en carrera hacia ella, se deslizó por la puerta de un edificio. Para su sopresa, las escaleras de madera estaban destruidas y el suelo lleno de escombros, no parecía tener escapatoria. De pronto sintió cómo unos fuertes brazos la sujetaban desde atrás mientras le tapaban la boca; en apenas un instante, su captor y ella habían caido por una trampilla del suelo que se había cerrado tras ellos. En silencio escuchó cómo los soldados con sus ruidosas armaduras azules batían toda la sala buscándola antes de darla por perdida y marcharse.
Corvo y Airis se encontraban a tan sólo unas horas de Límite y aún no habían encontrado ningún asesino. Si la paga era por cabeza, este trabajo no iba a reslultarle demasiado rentable. Mientras pensaba en ello, dos pequeñas explosiones le sacaron de su ensimismamiento; a su alrededor el humo manaba y el carro se encontraba completamente cubierto. El enano reconoció la voz de uno de los asesinos junto a los que había luchado en los cañones semanas atrás, estaba gritando desde un lateral ordenándoles detenerse. Corvo quería evitar un enfrentamiento directo por el momento así que subió al pescante y entabló conversación con él. El asesino de Larps pronto reconoció también a su antiguo aliado y relajó su postura, según él mismo reconoció, se encontraba solo y fingía la presencia de un ejército; estaba introduciendo en la ciudad víveres y útiles para la resistencia y los refugiados. Corvo vio en esto una posibilidad de internarse en la mismísima guarida de los asesinos, con lo lucrativo que eso podía resultar, y se ofreció a ayudar al asesino. Éste se mostró ilusionado y guió a la compañía hasta la gruta en la que escondía su alijo para que lo cargase; mientras tanto, él iría a avisar para que cuando el cargamento llegase pudiesen ofrecerle una zona de seguridad entre varios edificios bajo los que se encontraba su cuartel general.
Bajo esos mismos edificios, su captor ordenó a Mialee desarmarse y la condujo en completa oscuridad hasta que un chorro de luz escapó de una puerta entreabierta. Tras ella una gran sala subterránea acogía a decenas de refugiados entre los que se contaban por igual asesinos de distintos gremios, milicias de la ciudad y desheredados y enfermos que se calentaban junto a una pequeña hoguera. Allí una elfa la llamó a su presencia, parecía la jefa de todo aquello y pronto prestó atención a la diadema de Mialee; era una baza importantísima para la resistencia. No obstante, la elfa no se mostraba amigable, acusaba a la prisionera de haber atraido a los invasores hasta las mismas puertas de su refugio; era evidente que lo que en realidad movía su acusación era la codicia de los papeles oficiales de Mialee, si la ciudad se reponía, la carta firmada de la Casa de Katahir valdría mucho oro.
Pero la semielfa era hábil con la palabra hasta un nivel que su captora no podía sospechar, lejos de ser entregada o ajusticiada allí mismo, Mialee debía entrar a la ciudadela y conseguir que el alcalde muriese. De este modo, según la elfa, el ejército de la ciudad no tendría nada que defender allí y saldría a combatir a las calles. Parecía algo descabellado, pero Mialee podía irse y, si lograba su objetivo, además recuperaría todas sus posesiones. Cuando la semielfa salió de allí, ya sin corona, casi todos se sentían algo desconcertados sobre el trato que habían alcanzado, quizá no era tan beneficioso como ellos habían creido.
Para cuando estuvo en la calle ya casi había amanecido. Corrió hacia el lugar donde se produciría el ataque. El puente de la ciudadela que daba al camino amurallado de huida estaba siendo elevado. Era evidente que el ataque ya estaba en marcha. El drow sin nombre ya se encontraba allí; los soldados que habían salido a defender mientras el puente subía iban sujetos con una cuerda que debía recogerlos después y él había conseguido apropiarse de una de ellas. Súbitamente una roca impactó contra el mecanismo del puente levadizo y arruinó su mecanismo. Mientras los soldados salían, hacha en mano, a evitar una invasión derribando la pasarela, Mialee trató de pasar trepando por un lateral de la muralla; el miedo a estar arriesgando inutilmente su vida ralentizaba su avance. Mucho más rápido que ella, el drow había fingido morir como soldado y se había dejado caer al precipicio, atado por la cuerda. Cuando la semielfa consiguió alcanzar el puente su estabilidad estaba ya muy comprometida por los hachazos; vio como el drow trepaba por la pared de roca. Haciendo valer su autoridad trató de conseguir entrar mientras, a su vez, daba la distracción que el enmascarado tanto necesitaba.
Con las primeras luces del día, la semielfa y el drow habían conseguido entrar en la ciudadela que había soportado el la primera embestida del ataque. Aún quedaban algunos soldados con capacidades especiales tratando de acceder. El carro de Seguridad Privada Attano se encaminaba a la ciudad, debía atravesar seis calles antes de llegar a la zona segura, se preparaban para un avance rápido y probablemente sangriento. Al otro extremo de la ciudad Sigmund descendía el río, arengando a sus hombres para lo que les esperaba.
La legión azul había irrumpido ya en la zona sur de la ciudad. Iba a ser un día movido.

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