Desayuno con polémica Hoy, mientras desayunaba —mates y tostadas, como un buen desempleado en el primer mundo— me topé con un post que me llamó la atención. Mi socio, con quien compartimos la loca idea de crear una empresa digital, y que pronto será padre, había programado una publicación que explotó en las redes.
Quizás sea el post más polémico —sí, así lo catalogo— que hemos tenido en nuestra pequeña empresa de ayuda al inmigrante en los campos australianos.
Cuando empecé a ver los views, pensé: “Qué genial. Este Roger siempre con sus ideas. Se nota que tiene madera para hablar de las verdades ocultas en Australia.” Lo dejé pasar y me puse a buscar sitios donde publicar mis escritos. Quería ver si en el mercado online habría algún lugar para escritores como yo.
El tiempo pasó, la mañana se convirtió en mediodía, y luego en tarde... cuando el post explotó. Fue como una bomba en las redes: personas de toda la ciudad empezaron a comentar.
Voy a confesarlo: estaba con los nervios de punta.
Es que soy partidario de que si vas a hacer algo, que salga bien. Y si es un trabajo de investigación, ¡quiero la actualización al minuto!
El post en cuestión era una comparación entre el salario australiano y el promedio de sueldos en Latinoamérica, mostrando lo que uno se puede comprar con lo que gana acá. Los comentarios empezaron a preocuparme. Muchos decían que los datos estaban desactualizados, que los productos eran más caros, y demás cosas que me hicieron sudar un poco más el mate.
Debo también admitir que no estoy muy acostumbrado a recibir comentarios negativos —o al menos, así los leí yo en ese momento. Escribí a Roger con cierta preocupación, y él, tranquilo, me respondió:
—Está todo en orden.
Me mostró cifras que, hasta el momento de escribir esto, aún no termino de entender. Lo que sí entendí fue que el post había superado en vistas e interacciones a cualquier otro: a un video emocional, a una reflexión bonita, a todo. Porque había tocado la fibra más sensible del inmigrante: el bolsillo.
Y ahí fue cuando pensé: “Qué poco maduro estoy siendo.” Cuando veo que el barco se prende fuego, mi primera reacción es gritar y entrar en histeria colectiva. En cambio, Roger, el capitán del barco, se queda tranquilo, esperando el momento justo para activar el protocolo de emergencia.
Reconozco que la polémica no es mi fuerte. Tengo dos modos: o salgo a capa y espada, o ni bien cae la bomba, agarro la maleta y huyo del impacto de la explosión.
Pero Roger no deja de sorprenderme. Salió con altura a responder los comentarios, con pruebas reales y explicaciones que, desde mi mirada de espectador, se traducirán en más vistas, más debate... y sí, probablemente también en un tsunami de haters cuyo único propósito es levantar el dedo de opinión sesgada y tirar abajo cualquier investigación.
En fin, no soy fan de la polémica. Pero si madurar significa echarle picante a las cosas... Como buen mexicano, ¡chingue a su madre, wey!












