Migrar no es como morir. Es volver a nacer de una y mil formas. Levantarse de un sueño profundo y descubrir que está vivo. Descubrirse en un hostal con 14 humanos que duermen en la misma habitación y comparten todo el espacio común. O desvelarse en un road trip por las rutas desiertas, donde la única compañía es una gigantona luna llena y una luminosa Vía Láctea.
Migrar no es morir; es reencarnar una y mil veces en todas tus mejores versiones, compartiendo lo poco o lo mucho con quienes hasta ayer eran desconocidos y hoy son más que familia.
La muerte no tiene nada que ver con migrar; en todo caso, es la mudanza de un cuerpo viejo, sacudiendo el escozor de un tiempo calmo y lleno de preocupaciones que ocupan un vaso.
Morir no tiene nada que ver con migrar y sentir que tu cuerpo está tan inquieto por salir a la ruta y conocer nuevas gentes, hablar nuevas lenguas, incluso amar en todas sus formas. Es todo lo contrario a la parca. Es más como tirarse de un barranco a un arrecife. No tenés idea del vértigo hasta que lo ves cara a cara. Sentís que hay algo en eso de saltar y sin red, pero te da miedo. Hasta que el cuerpo, impulsado por la adrenalina de correr de miedo, salta y grita, grita fuerte para expulsar el miedo; y una vez el miedo afuera, el cuerpo choca con el agua refrescante y no hay más sensación de miedo, sino placer por sentirse vivo y libre.
Eso es migrar.
Saberse que el miedo de rajar nos preocupa, de dejar a nuestros amados. Llamar por teléfono con trece horas de diferencia y contar que tus viejos y amigos están durmiendo cuando para vos es de día. Saber que, para ellos, contarte las noticias será cuando estés despierto a las cuatro de la madrugada por no saber cómo hacer para quedarte en esa tierra. Para luego ser el enganche y otros te acompañen a ese paraíso.
Migrar no se parece al deceso; se parece más a ese lugar donde uno fue feliz y quiere volver a toda costa. Viéndose al espejo, con canas en su barba, añorando los días en que las preocupaciones eran otras y las cosas lindas estaban afuera, donde el único recuerdo que nos queda en la valija es un táper con fotos para no perder la memoria, unos alfajores para compartir nuestras dulzuras y un mate para no sentirnos del todo abandonados.
Migrar no tiene nada que ver con el viaje al más allá. Migrar es estar sentado en frente a una pantalla, cubierto con tu bandera, rodeado por amigos, pero solo en el alma, mirando cómo tus hermanos criollos salen a las calles, gritan, se abrazan, cumplen sus promesas, y vos, con tu bandera, llorando porque tu país salió campeón y no está tu mamá ni tu papá para darles ese abrazo.
Llorás de alegría cuando los ves en la tele, esos campeones, pero no podés dejar de pensar que ellos luego irán a sus casas y darán ese abrazo a sus padres y compartirán el triunfo.
Migrar es a veces llorar de rabia y contener las lágrimas, enfrentar y golpear y agachar la cabeza, pero nunca nuestros ojos.
Migrar no tiene nada que ver con ver crecer las flores desde la tierra. Migrar es animarse cada día a una aventura que solo pocos se atreven: subir a un escenario, subir a una roca o subirse a una silla, manteniendo el equilibrio de que en cualquier momento la aventura…
No; quien diga que migrar es como morir no sabe que la muerte, y toda su connotación, no tiene nada que ver con subir a un avión y pintarse de color esperanza, con las patas llenas de miedo y la garganta tomada por el llanto, mezclado de alegría y nostalgia.
Por eso, quizás, los bebés lloramos cuando nacemos. Quizás gritamos porque migrar de un estado a otro nos hace gritar y llorar. Nunca lo sabremos hasta que bajemos al sepulcro… pero no sin antes aprender a volar.














