
seen from Maldives
seen from Finland

seen from China
seen from United States

seen from Russia
seen from United States
seen from China
seen from Pakistan
seen from United States
seen from Venezuela

seen from Venezuela
seen from China

seen from Pakistan
seen from United States
seen from United Kingdom
seen from United States
seen from United States
seen from China

seen from United Kingdom
seen from Pakistan

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
i tried searching you up but nothing comes up honey 🥺
hmm.. let me try and fix that
When your pet gets caught red-handed... What a way to greet me... #ChargedAsGuilty #YouCantHaveYourCakeAndEatItToo #FurrFriend #MySunny
14 de Julio
Primero una punzada, luego la inundación.
Era de madrugada.
A tantos, tantas veces repetí que “iba a suceder en cualquier momento”. Pero médicos y familiares no lo tomaban muy en serio pues, aún “no era tiempo”.
Teníamos un par de proyectos de diseño muy demandantes y encima Miguel y yo dábamos clases. Dormir poco y correr todo el día. Así fueron esos meses.
Pero la verdadera revolución no estaba afuera. Si no adentro.
Era como si la “casita” ya no te quedara. Te urgía conocer éste mundo, sabias lo mucho que te esperaba, todo lo que tenias por hacer y no querías “perder” más tiempo.
Había que nacer cuanto antes.
Así has sido siempre tú, tienes prisa para todo. Así aprendiste a sentarte, a gatear, a caminar, a dormir en tu propia habitación, tomar en vaso, a dejar los pañales, a hablar (aunque sea en tu propio idioma), lo que explica nuestras largas conversaciones, hablas y me dices y gesticulas y señalas y nos reímos tanto cuando no nos entendemos nada.
Tu última urgencia fue andar en bici. Te montaste a tropezones peleando con los pedales, volteabas a todos lados menos a donde ibas, te caíste, pero la verdad es que aprendiste a andar en bicicleta tan rápido como te subiste en ella. Y otra vez y como siempre a seguir corriendo, repitiendo detrás de ti
–“¡Matías, más despacio por favor!”–
Así que no suena extraño que para nacer también te adelantaras. Tenias 8 meses: 35 semanas y días, en años, la misma edad que tu papá y yo.
Casi 8 horas intentamos todo para lograr un parto natural. Tú tenias triple circular en el cuello, yo no dilaté lo suficiente y tuviste que nacer por cesárea de emergencia.
Con los brazos en cruz, me ataron a la cama y me drogaron tanto, que pronto fue difícil distinguir lo que estaba pasando. No podía dejar de temblar, me congelaba. El anestesiólogo dijo que –“era por los medicamentos”– Poco entendía lo que estaba pasando, lo que me hacia sentir más miedo y sólo pude esperar lo mejor. Personas de blanco iban y venían sin hablarme, sólo sentía cómo ponían y quitaban líquidos dentro y sobre de mi y luego, por tratarse de una urgencia de fin de semana, un completo desconocido frente a mi: “el médico que lo haría”. Pude verlo a los ojos y con la mirada, le pedí que cuidara de ti, no dejé de verlo hasta que pusieron enfrente “La cortina blanca” que partir de entonces no me dejaría ver nada y que me dijeron que no podían “quitar” para que yo estuviera “más tranquila”. La odie. Miré para todos lados, buscaba un reflejo que me permitiera ver aunque fuese un poco, un poco de ti. Muy enojada me pregunté ¿Porqué nadie me dijo esto?
El anestesiólogo volvió hablarme, quizá porque vió algo de eso y me dijo –“yo estoy aquí, yo estoy contigo”– Siempre se lo agradeceré, porque como nunca necesitaba escuchar eso.
Y entonces me abrieron como un libro.
Te oí llorar y pregunté por ti, –“que si estabas bien, que si podía verte”– Al fin, una enfermera se acercó contigo en brazos y murmuró algo de lo que sólo entendí que “–no podías estar conmigo, que (por algo) en tus pulmones estarías en observación”– Te acercó tan poco que apenas pude mirar por segundos a ese niño envuelto como un capullo de ojos gigantes, con la cara roja de tanto llorar y el ceño fruncido, muy enojado. Yo trataba de encontrar a ese pequeño que me “habitó” durante tantos meses. Reconocerte. Hasta que alguien abruptamente me separó de ése pensamiento cuándo me dijo:
–¿“No quieres darle un beso”?–
–¿“Qué si quiero? ¡quiero abrazarlo, llevarlo conmigo!–”
Pero no fue hasta unas 36 horas después cuando rodeado de “cables” realmente te conocí. Llevabas una sonda con la te alimentaban, suero para ponerte medicamentos, cubriendo tus ojos una banda que te protegía de una luz que te iluminaba día y noche. Y por “eso de tus pulmones” un casco como una burbuja para ayudarte a respirar. Tu respiración siempre se veía agitada, era como si no pararas de correr...
–“Empezaste a presentar otras complicaciones”– me dijeron.
Nadie está preparado para eso.
Uno piensa en si será un buen padre, en lo que se sentirá la maternidad, en qué hacer para que tengas el mejor de los mundos; te les todos los artículos y libros que puedes, pasas horas en internet, vas y compras pañales a lo loco, mamilas, una cuna, escuchas atento todos los consejos –generalmente– de gente que ni conoces, te acaricias la panza y mantienes interminables diálogos imaginarios, tratas de comer sano y a tus horas, haces ejercicio, vas a las citas médicas con regularidad y piensas que con eso “todo estará bien”.
¿Cómo pensar en que tu hijo recien nacido estará lejos de ti, tanto, que no podrás verlo o alimentarlo, acariciarlo, calmar su llanto? ¿Cómo pensar en que no podrás abrazarlo porque esta lleno de “cables” en una incubadora y la gente del hospital no te permiten cargarlo?
No se me explicó ni que era, ni que tan grave era lo que tenias; tenia que “esperar al doctor en turno”, La espera se convirtió en un momento terrible. El peor de mi vida.
Sólo pude tocarte despacito, con mucho cuidado para no lastimar más tu piel llena moretones por las agujas. Y de pie a los cuneros, sentir como me desquebrajaba en lágrimas que no paraban y que sólo me dejaron repetirte como enajenada que –“todo iba a estar bien”– Frente a ti supe, que así me iba a mantener, en pie. Enfocada en tu recuperación y en el deseo de que todo el dolor que tú pudieras estar sintiendo, de alguna manera, la que sea, yo pudiera quitártelo, desaparecerlo, tomarlo.
Estabas tan flaquito con tus apenas 2 kg y un tanto más, que tu piel se estiraba colgante de tus huesitos y era tan blanca que nada más parecían chorros de leche, tu nariz grande, prominente, como esos grandes ojos que miraban en silencio todo alrededor, tu cabello, puros pelos parados de inexplicable color rojizo y eras tan largo que las enfermeras me decían, –“ése niño ya no va a caber en la incubadora”– tan frágil que daba miedo tocarte. Y así de frágil, capaz de todo.
Como era de esperarse, fueron las mismas prisas tuyas de siempre, las que más pronto de lo esperado te ayudaban a recuperarte y nos hablaban de que pronto podíamos traerte a casa.
Acudimos (todos los días esperando ése día y tanto como nos lo permitía el hospital) a estar cerquita de ti, como fuese, los primeros días tan sólo a mirarte, hablarte, a tocarte con los dedos solamente, suavemente. Día con día tu papá te contaba canciones yo te cantaba historias.
Luego, pudimos abrazarte y ¡hasta bañarte! Un día, con oxigeno y sonda, saliendo por tu pequeña nariz y tu rosada boca del tamaño de un centavo, te tomé, y despacioto y con mucho cuidado, porque parecía que te me resbalabas hacia todos lados, torpemente te acomodé entre mis brazos, todavía no terminaba de separar cable por cable cuando tomaste mi pezón y no lo soltaste más ¡al fin podía amamantarte!. Y como dudar que apartir de ese momento realmente empezó tu recuperación y la de toda ésta familia.
Ahora sé que nada de lo que tuviste (por el nivel en el que lo presentaste) fue tan grave ni de consecuencias futuras como pudo haber sido. Ninguna noticia tan grande y afortunada como esa. Milagros, más milagros.
...y al fin, luego de 14 días de vivir los tres en un hospital, el día llegó.
Y todos los días son de alguna manera para mí “ése día” Ése día en que me llenas de orgullo, de fuerza, de motivación, que me recuerdas cómo la vida se abre paso. Justo como hoy, que cumples años. Te veo y no puedo creerlo, no dejas de sorprenderme, de maravillarme, de conquistarme, de ser y convertirte cada día en una canción de vida, éste año con tres velas sobre chocolate, casi 30ºC y dulces besos sabor a maple.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming