El Legado del Doctor Velasco
Cada día, al pasar por la Cuesta de Moyano, me encuentro un edificio de gran belleza arquitectónica, testigo de una historia tan fascinante como inquietante. Hoy alberga el Museo Nacional de Antropología, obra del arquitecto Marqués de Cubas, pero en el siglo XIX fue la residencia del doctor Pedro González Velasco, un célebre médico segoviano cuya vida terminó envuelta en leyenda.
Tras la muerte de sus padres, Velasco se trasladó a Madrid, donde se dedicó al estudio del cuerpo humano. Su pasión por la anatomía lo llevó a diseccionar cientos de cadáveres y a reunir una extensa serie de utensilios médicos, objetos etnográficos y curiosidades recogidas durante sus viajes por el mundo. Gracias a su prestigio, mandó construir esta majestuosa mansión con el propósito de exhibir su colección, que con el tiempo daría origen al museo actual.
Pero en 1864, su vida dio un giro trágico: su única hija, Conchita, falleció a los quince años, víctima de la fiebre tifoidea, una enfermedad infecciosa transmitida por alimentos contaminados. Incapaz de aceptar su pérdida, Velasco cayó en una obsesión que marcaría para siempre su vida. Solicitó permiso legal para embalsamar su cuerpo y, tras un largo proceso, lo exhumó. Se cuenta que logró conservarlo con tal perfección que los miembros permanecieron flexibles. La vistió con ropas de la época, la maquilló con esmero y colocó el cuerpo en una urna dentro de la capilla de su museo. Desde entonces, convivió con sus restos como si aún estuviera viva. Los rumores se mezclaron con la realidad y contribuyeron a la fábula de un hombre atormentado, al borde de la enajenación.
Con el paso de los años, su salud se deterioró, tanto física como mentalmente. Murió en 1882. Aunque su deseo era ser enterrado junto a su hija en la capilla del museo, parece que su viuda, Engracia Pérez, trasladó los restos de Conchita al panteón familiar en la Sacramental de San Isidro, donde hoy descansan los tres.
La historia invita a reflexionar sobre la compleja relación entre la medicina y la bioética, y cuestiona hasta qué punto el dolor puede llevar al ser humano hacia la locura. Nos recuerda, además, que la ciencia, por valiosa que sea, no está exenta de límites morales.
El Museo Nacional de Antropología está situado en la esquina del Paseo de la Infanta Isabel con la calle de Alfonso XII, muy cerca del Parque del Retiro y de la estación de Atocha de Madrid.













