Giacomo, el pizzero de Lampedusa
Le baila un pendiente de bucanero en la oreja, tiene barba espesa de talibán. El pelo oscuro, recogido en una coleta, le cae sobre una espalda de hormiga laboriosa. Achaparrado, duro y de ojos claros, al mirarlo su rostro de marinero devuelve todas las razas del Mediterráneo. Nunca sonríe. Echa las manos a la espalda y dice:
Me llamo Giacomo Sferlazzo. Tengo 33 años. Soy hijo y nieto de pescadores. Vivo en una isla italiana llamada Lampedusa. Cuando estudiábamos geografía en la escuela, nuestro pedacito de tierra nunca aparecía en los mapas. Porque estamos mucho más cerca de África que de Europa. Aquí vivimos, señalaba el profesor; y posaba el dedo fuera de la pizarra. Hasta que Gaddafi nos lanzó a mediados de los ochenta un par de misiles desde Libia. Era la época de Reagan, de los bombardeos de la OTAN. Desde entonces nos conocen la mayoría de Italianos. Aún no nos conocían tanto el resto de europeos. Pero lo harían. Ocurrió así:
Gaddafi cayó en 2011 con las primaveras árabes. Hubo una nueva intervención de la OTAN. Libia se convirtió en un caos de paramilitares, tribus, clanes. Sigue siendo el mayor de los desastres. El país acumulaba para entonces cientos de miles de personas de otros países, trabajadores que se establecieron años atrás. Quisieron salir de allí al oler la pólvora. Eritreos, paquistaníes, somalíes. Mano de obra barata venida de medio mundo. Y llegaron también millares desde Siria, donde había comenzado la guerra civil. Todos ellos fijaron la vista en Europa. El Mediterráneo es la mayor brecha del planeta. Y mi casa, mi isla, se encuentra a mitad de camino. Llegaron decenas, cientos, miles de barcos. Pequeños cascarones de madera que en otra vida se usaron para la pesca. Blancas, con rayas azules y rojas. Igual que las nuestras. Recuerdo cuando mi abuelo iba a lustrar sus barcos a las costas del norte de África. Fue un gran marinero. Estuvo en el 76 en el triángulo de las Bermudas. Ahora pocos se dedican a la pesca. Y los barcos de Libia, muchos de ellos han venido para acá y ahora se pudren ahí abajo. Frente al puerto. Los remolcan desde la costa y los depositan uno sobre otro en este cementerio, junto al campo de fútbol. Hay cientos de ellos. Es un museo trágico. Toda la isla se ha convertido en un museo de la gran tragedia humana.
Aquí la migración siempre ha existido. Pero esto, de pronto, era diferente. Una dimensión desconocida. El primer gran desastre ocurrió en octubre de 2013. Murieron 366 eritreos ahogados. Volcó su cascarón a unas millas, apenas hubo supervivientes. Fuimos noticia en medio mundo. Vino Letta, Barrosso, el Papa. Hasta hablaron de concederle a Lampedusa el premio Nobel de la Paz. Una hipocresía. La política europea es lamentable. Están militarizando los confines. Y la inmigración va a seguir. Es una consecuencia del capitalismo: ¿por qué huyen estas personas? ¿por qué aumenta la producción de armas en el mundo?
Un día caminando por la playa encontré un Corán sobre la arena. Sería en el 2005. Lo tomé entre las manos. Me pregunté cuál sería su historia. Luego seguí reuniendo objetos. De todo tipo. Lo guardo todo, soy curioso, desde niño. Pedazos de barco. Listones. Biberones, paquetes de tabaco, casetes. Su ropa, sus anzuelos para pescar en alta mar. Chalecos salvavidas. Teteras, un neceser. Latas de conservas. Pasaportes. Creo que este frasco de aquí sirve para enfriar el agua. Son pequeños fragmentos de vida de los migrantes. Los he ido colocando aquí, en esta sala. Lo llamamos el museo de las migraciones. Lo inauguramos hace poco. Vinieron 300 personas.
Multinacionales, bancos, casas bombardeadas, migrantes. Está todo conectado. Y el multiculturalismo no es permanecer sentado en un sofá burgués y decir: ah, bien, me voy a comer un kebab. La izquierda europea para mí no existe. ¿Por qué ya no analizamos con las herramientas de Marx? En esta isla no tenemos ni hospital. Viajamos en ferry a Sicilia para dar a luz a nuestros hijos. Hace años que no nace un niño aquí. Yo tengo tres. Se caen a pedazos las paredes de su colegio. Lampedusa solía ser una cárcel para presos políticos. Malatesta, el anarquista, estuvo aquí confiando. Mi filosofía de vida sería dedicarle al trabajo seis horas al día. Tengo la idea de crear un huerto con otros activistas. Sueño con ser independiente. Autosuficiente. De momento, estoy empleado en una pizzería.
Texto de Guillermo Abril para mn#0