Veo en la misma semana Gone Girl (David Fincher, 2014), Whiplash (Damien Chazelle, 2014), Foxcatcher (Bennett Miller, 2014), Nebraska (Alexander Payne, 2013), Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014) y American Sniper (Clint Eastwood, 2014). Veo un distanciamiento consciente, frialdad y sturm und Drang; veo al fin monstruos de armario vestidos de Armani, calzón y tobillera o uniforme militar. Una generación que ya no se conforma con la derrota, porque el ser humano no es débil, no nos engañemos: cinco putos millones de años de supervivencia nos auspician. El genio como tal no existe si no es a través de la purificación, la disciplina, el sacrificio. La madriguera huele a tierra quemada, cualquier sueño se antoja meta vital —porque todos, en tanto atletas del tiempo, tenemos uno— y, en definitiva me pregunto, ¿son los monstruos los nuevos profetas? Siempre lo fueron tal vez; damos por monstruo aquello que subvierte un código alineador, aquella bestia que escapa de sí misma para avanzar hacia lo inhóspito, lo estructuralmente no-recomendable, incómodo. Porque estar parado es morir en vida.