La ignorancia como mal necesario.
La inocencia de un niño es probablemente el estado mental más puro y noble que existe sobre la tierra.
Un niño no ve con malicia lo que un adulto podría ver con miedo, no ve con envidia lo que un adulto tendría miedo de perder ni ve con enojo lo que un adulto solo puede entender como frustración.
La inocencia de un niño no te juzga ni busca generar algún prejuicio, no ataca de forma premeditada e incluso tienen la virtud de no darle un valor especifico a las cosas. Dar un valor o significado a ciertos eventos, situaciones o hechos en específico no hace otra cosa más que generar una innecesaria carga emocional, algo complicado de comprender cuando creces. Que difícil olvidar una canción, una película o un lugar que te recuerda a un momento en específico de tu vida o una persona en particular y siendo necesario que sea una tercera persona, puede ser a la persona que solías ser antes de que ocurriera eso que te cambio para siempre y eso lo hace algo curioso y hasta un tanto gracioso, porque después de cierto tiempo, te cuesta mucho recordar con claridad a la persona que eras durante el suceso.
La inocencia es probablemente el único sentimiento en el mundo que no se puede calcar una vez más, cuando esta se rompe, algo cambia para siempre y dejas de ver con filtro cosas que en realidad siempre fue necesario ver con una perspectiva distinta.
Después de ese día cero donde la inocencia desaparece para siempre, empieza la búsqueda desesperada por encontrar un remplazo que genere sensaciones similares al sentimiento perdido y la forma más común de suplir la falta del sentimiento es a través de la ignorancia.
De forma crítica y en relación con sentimiento perdido y el ahora encontrado, el Mito de la Caverna de Platón no parece estar tan equivocado, sin embargo, tiene el enfoque incorrecto.
Me gusta creer que la ignorancia no es tan mala como pensamos. La mayoría de las veces por costumbre o por elección, decidimos vivir ignorando situaciones porque provocan sentimientos que no son agradables pero que, sobre todo sabemos que no estamos listos para aceptarlos.
El problema de la ignorancia no radica en la existencia de la incómoda situación, realmente el problema se vuelve insoportable cuando la situación deja de ser un supuesto y se convierte en un hecho, una acción o aún peor, cuando le das un rostro al sentimiento que por mucho tiempo optaste por ignorar.
Y ese rostro como se mencionó previamente, no necesariamente tiene que ser ajeno al propio, ¿Cuántas veces no miraste al espejo y fue imposible reconocer a la persona que se lavaba los dientes? Es jodido ver al espejo y no recordar la última vez que sonreíste, la última vez que te sentiste atractivo o bien, la última vez que te agradaste a ti mismo.
Aunque para ser justos, ¿Quién quiere atender un corazón roto?, ¿quién está listo para irse cuando no quiere hacerlo? ¿quién está preparado para aceptar que el trabajo de sus sueños no era lo que esperaba? Cuesta trabajo aceptarlo, pero ninguna de estas cosas pasa de la noche a la mañana, todo fue una serie de eventos que fueron ignorados el tiempo considerado prudente, esperando que cuando llegará la hora de enfrentarlos, estuviéramos listos para lidiar con ellos sin que estos representen el fin del mundo individual para cada uno.
Nacemos ignorantes, sin embargo, después de perder la inocencia, decidimos que vale la pena ignorar, generando esto un problema más: ignorar lo que nos hace sentir plenos.
Acariciar un perro por la calle, sonreírle a un desconocido, abrazar a alguien que realmente extrañabas o decirle cuán importante es para ti a alguien en que piensas a diario, provocan sensaciones que reinician tu día, y que te recuerdan que no todo esta tan jodido como puedes pensar.
La rutina diaria es un mal complicado y a la vez necesario, el tiempo es un cabrón y la ignorancia generalmente es un analgésico, pero ningún analgésico es tan satisfactorio como un día despertar sabiendo que ya no quieres estar enfermo.
No más escapes, no más puertas falsas, las decisiones tienen que ser tomadas.