Sueño quince, infestado
En el mundo en el que vivía sobraban al menos seis mil millones de habitantes pues hacia los primeros meses del año dos mil treinta de nuestra era, ya no había viviendas, ni alimento suficiente, y las reservas de combustibles fósiles por fin se habían diluído en la atmósfera en forma de monóxido de carbono, compuestos orgánicos volátiles, dióxido de azufre y óxidos nitrogenados, lo que nos mantenía siempre consumiendo broncodilatadores y corticoides para combatir la inflamación permanente en las vías respiratorias.
Hasta entonces los gobiernos mundiales se dieron cuenta de que habían dejado que la reproducción humana se les saliera de las manos y ahora iban a ponerle remedio.
Yo no había sido elegida para continuar. Nadie de mi familia y amigos lo logró y ahora estábamos encerrados en una serie de instalaciones provisionales que fueron levantadas en menos de una semana. Fue en una noche de agosto, al amparo de la tormenta que el ejército irrumpió en cada colonia y con un altavoz nos convocaron por nombre, apellido y número de identidad para posteriormente obligarnos a abordar los camiones verdes llenos de soldados.
De camino a este lugar permanecimos todos insólitamente en silencio. Teníamos un mal presentimiento y por desgracia, yo había sido tan aficionada a las novelas de horror cósmico y de ciencia ficción y al cine de terror que mi cerebro empezó a conectar varias ideas: unos cinco años antes se habían realizando intensas campañas de reciclaje, tomando el modelo de gestión de residuos de Japón y Corea del sur, en donde cada ciudadano está obligado a limpiar, desensamblar, clasificar y disponer adecuadamente los desechos que genera. Uno de los principales argumentos para impulsar la iniciativa fue el reciente descubrimiento de una serie de microorganismos en una pequeña isla en Oceanía, capaces de realizar biolixiviación de componentes para separar minerales de interés como el cobre, oro y hierro, así como utilizar materia orgánica para producir biocombustibles.
Sin embargo, al asomar la vista por las maderas de la caja del camión vi algo que me resultó cuanto menos inquietante: ¡estaban desensamblando las casas!. La Avenida de las Rosas, que atravesaba la ciudad y que había utilizado toda la vida para llegar primero al colegio y posteriormente a mis primeros empleos, ahora no era más que un apiladero de materiales clasificados: bloques de cemento, ladrillo y piedra por un lado, maderas y partes de muebles por otro, y los efectos personales, principalmente textiles, se apilaban en otro sitio. Era una visión apocalíptica. ¿Por qué desmantelar las casas y los edificios? ¿Acaso sus dueños no volverían a ocuparlas?
Al llegar a las instalaciones nos asignaron a una sala particular, estábamos varias familias juntas y en cada sala había unas cien camas organizadas en diez filas y diez columnas. No puedo decir que nos trataran mal. En realidad no nos trataban de ninguna manera. Se comunicaban con nosotros para lo mínimo indispensable.
Las primeras semanas nos permitían tomar duchas de cinco minutos, cada tercer día, en la única regadera que había en cada habitación. Todos teníamos un día y un horario específico para el aseo y la comida no estaba mal: un trozo de carne sintética (tejido cultivado en laboratorio) y alguna que otra fruta o vegetal. Durante esa semana nos aplicaron una serie de evaluaciones psicométricas y socioeconómicas. La razón la entendería más tarde.
Los síntomas comenzaron durante la segunda semana: los dolores en las articulaciones y el hambre incontrolable, los asocié en un principio a un estado de ansiedad generalizado por la situación en la que nos encontrábamos y a la falta de movilidad. Pero a veces no estaba segura de si lo que estaba viviendo era tan normal como todos parecían asumir.
Nadie estaba llorando, nadie intentaba salir ni hacía preguntas. Pasábamos la mayor parte del tiempo conversando sobre cosas triviales, incluso cosas alegres. En mi fuero interno sentía que debería estar aterrada y buscando regresar a mi vida, pero una especie de neblina se instaló sobre mis neuronas y sólo podía sentirme un poco feliz.
Los dos días siguientes noté cambios importantes en el color de mi piel. Las venas estaban cada vez más oscuras, y, aunque nunca había sido propensa al acné, una serie de cápsulas duras y redondas comenzaron a asomar en algunas regiones bajo la piel, principalmente sobre la columna y en las coyunturas. Pese al hambre voraz, las náuseas comenzaron a impedirme ingerir demasiado alimento y mi abdomen se hinchó. Ahora era la viva imagen del hambre africana. En el resto de las personas de la sala los síntomas eran similares, y sin embargo, jamás rompimos esa burbuja de calma y armonía.
Eran las seis de la tarde y la luz artificial comenzaba a menguar en las luminarias (era así como simulaban una puesta de sol).
La soldado que estaba de guardia aquél día revisaba con calma el tablero de la puerta de acceso cuando el vaso del que intentaba beber algo de agua resbaló de mis manos a consecuencia de la extrema debilidad que se apoderaba de mi con el paso de las horas. El vaso se estrelló contra el suelo en un festival de astillas de vidrio. Ella levantó la vista y con una mirada inexpresiva salió de la habitación, en busca de personal de limpieza. La mayoría de las personas de la sala ya estaban en sus camas, cavilando. Mi madre, al lado de mi cama, ya dormía.
Sin meditarlo siquiera y a pesar de las dificultades corporales, salí de la sala y avancé por un pasillo estrecho lleno de puertas iguales a aquella por la que acababa de salir. En esta zona la oscuridad era casi total pero avancé tanteando en la oscuridad hasta que a lo lejos escuché murmullos, que al acercarme más se convirtieron en voces y una fina hebra de luz verdosa se reflejaba en la pared de la izquierda. Me quedé allí, parada junto a aquella puerta entreabierta y escuché:
—Si no hay más dudas del protocolo, continuamos…
—Disculpe —exclamó una voz.
—Adelante —dijo el hombre de la bata blanca.
—¿En cuánto tiempo considera que podremos comenzar con la descarga del “memento”? Para fines de reorden de víveres.
—Es una excelente pregunta. Bien, en el caso de los hospederos con puntaje mayor a mil seiscientos de acervo de información, deberemos esperar al menos un mes más. En estos momentos el Toxocordyceps memento ya estará instalado en la mayor parte de ellos; los viales con la espora fueron administrados en cada comida durante la última semana y el micelio ya es uno con las vellosidades intestinales, ahora estará llegando a la médula ósea; doctora Garcilazo, ¿están listos los quirófanos para la extracción mineral y biocombustible?
—Todo listo. Algunos hospederos ya presentan cianosis en las venas del torso y están perdiendo peso, el biocombustible ha comenzado a almacenarse en el saco abdominal. Los más jóvenes ya han formado nódulos minerales que se observan bajo la piel a simple vista, principalmente de hierro y calcio. Perfecto. La extracción corporal puede comenzar, pero el cerebro deberá mantenerse viable hasta concluir la descarga del memento.
—¡Excelente! —exclamó el doctor con entusiasmo—. Esta promoción ha sido todo un éxito.
¿Hospederos? ¿Micelio?
¿Qué estaba pasando en este lugar?
Desperté en una camilla, y tardé un buen tiempo en entender dónde era el arriba y dónde el abajo. Una luz blanca me cegaba. Mantuve los ojos cerrados. Me costaba trabajo sentir mi cuerpo, lo que era un alivio, pues sí, antes de que me tragara la oscuridad, mientras escuchaba a esas personas hablar sobre micelios sentí un latigazo y un dolor inefable al centro de la columna que me tiró al suelo.
Casi todo era silencio, excepto unas voces esporádicas que dictaban órdenes casi en susurros y explicaban cosas que el engrudo de mis pensamientos no lograba organizar.
—....El nervio vago, sí….
—Las hifas ya se encuentran incrustadas en las neuronas y sus filamentos reciben la información… puede observar cómo sobresalen de las meninges. Ahora mire la pantalla. Está despierta.
¿Despierta?
—Ahora mismo solo podemos observar los pulsos eléctricos, pero una vez iniciado el proceso de deshilado el software de la computadora lee la resistencia eléctrica de los filamentos del parásito y traduce esa red en un código binario o vectorial. Los recuerdos, la personalidad y las habilidades del hospedero se renderizan en una pantalla en tiempo real como un respaldo digital.
—Bien, va bien, cerremos, el resto de la sala debe estar lista también.
En efecto, ya no sentía mi cuerpo. Sabía que estaba viva, podía pensar, ver, escuchar, pero no podía moverme. Por momentos determinados veía cabezas cubiertas por cofias y cubrebocas asomándose hacia mi cara y tomando notas en tabletas digitales. Me sumía en sueños muy vívidos que eran en realidad recuerdos a todo color, que al despertar ya no podía recordar, como si, en efecto, la memoria se estuviera deshilando, disolviendo.
Me preguntaba qué quedaría entonces, ¿qué somos? ¿somos nuestras experiencias? ¿nuestro conocimiento? a estas alturas ya tenía muy claro que no era más que un cerebro flotante en una inmensidad incognoscible.
Penúltimo sueño: Estaba reunida con mi madre, ella sabía qué era lo que pasaría a continuación, pero que lo haríamos bajo nuestros términos, que beberíamos vino blanco con oscuridad y que dormiríamos. Me sentaba en su cama y le ayudaba a doblar nuestra ropa y a guardarla en cajas… me alejaba de mi madre, quería hacerlo sola, no iba a soportar verlos dormirse, ni en la hora más oscura fui capaz de mantenerme cerca de nadie. Un camillero me vio y me dijo que me subiera a la cama, que era la hora. Me puso a firmar un montón de papeles y entonces pude romper en llanto. Tenía miedo, un miedo inmenso de soltar todos mis recuerdos, de dejar perder todas las cosas que hice y entregarle a las tinieblas el rostro de mis seres queridos, el amor que coseché, mis logros, mis anhelos, mi vida entera.
—Noventa y cinco porciento del respaldo completado. Treinta y nueve porciento de masa cerebral transmutada por el parásito. Ciento ochenta segundos restantes. La información se etiquetará conforme a los campos del conocimiento del huésped: biopsicología.
Último sueño: Me costó mucho aceptar, soltarme, tomar la decisión de entregarme, y temía que en donde mi mamá estaba ya hubieran terminado, temía estar sola ya. Porque eso significaba que ya nadie me pensaba, que ya no vivía en nadie y que conmigo desaparecíamos todos. Mi jefe solía decirme que los símbolos son ideas que perduran a pesar del tiempo, de la cultura, de la ubicación, que son indeformables, unitarios, esenciales. Él me hablaba del símbolo de los cristianos, de la cruz del redentor. Que aquello que pasó tenía que ser así y no de otra manera para dejar el más claro de los mensajes: la humanidad llegaría al padre, a la fuente primaria a través de él, a través de la conciencia del desprendimiento del ego, del yo, del individuo.
—Memento registrado.
Ahora estaba allí, en el sol luminoso que contiene a todas las almas y que anima la materia que acababa de dejar atrás. Una serie de vibraciones atravesaron aquello que yo era, como el viento que produjeran un millar de alas alrededor de mí, y me supe comprehendida en toda la extensión, los ojos del universo atravesándome, girando en vorágine, acompañándome desde el inicio hasta el final del tiempo.
















