"A finales de los noventa nos urgía- y aún nos urge- visibilizar que nos exterminan por el mero hecho de ser cuerpos diagnosticados como mujeres al nacer. Pero también nos interesa entender esta forma de violencia inscrita en un contexto más amplio de violencias conectadas. Dicho de otro modo, no entender la violencia sexista a través de otro prisma produjo herramientas como la actual ley contra la violencia de género, en el Reino de España.
Una ley que es totalmente heterosexual, está centrada en el ámbito familiar y tiende a hacer lo mismo que hacen todos los estados y todas las legislaciones: naturalizar a las mujeres como víctimas y a los hombres como agresores. Además, y en el contexto de la ley española, no contempla ni siquiera la violación como violencia de género, separa a las mujeres buenas de las malas, las que son susceptibles de ser víctimas de las que no lo serán nunca- o bien porque son trabajadoras sexuales o porque son mujeres que andan solas en las calles por las noches-.
Uno de los problemas que emergen de la cuestión es que, mientras se exigen leyes y se insta al estado a hacer algo con la violencia sexista, no se analiza la gestión que de ella hará el propio estado. Un ente que, precisamente, se sustenta en el monopolio de la violencia. Eso hace que vivamos en una contradicción permanente: por un lado, debemos asimilar que el estado puede y debe ejercer la violencia, y al mismo tiempo, debemos creer que quiere evitarla y busca la paz. No obstante, esta sacrosanta institución no quiere erradicar la violencia sexista, ni siquiera la violencia en general, solo le interesa erradicar aquella que no le viene bien. Como mucho impulsará que esos cuerpos entendidos como hombres pequen un poco menos; gobernará un poco la casa, pero nada más. Sirvan de ejemplo los cuerpos de represión que produce. La policía no es más que el mayor de los modelos de masculinidad hegemónica, son los cuerpos legitimados por el estado para ejercer la violencia en su nombre.
Al mismo tiempo, ese estado, a través de sus leyes y de instituciones como el colegio, produce una feminidad definida desde la víctima, expropiada de la posibilidad de defenderse, esencializada como objeto potencial víctima de todo cuerpo definido como hombre más allá de los poderes policiales y militares. Para que las instituciones estatales hagan algo por ellas, primeramente, las mujeres que se enfrentan a situaciones violentas deben entenderse a sí mismas como víctimas; pero, además, deben cumplir ciertas características: ser mujeres buenas, esposas, parejas. No pueden beber, ni drogarse, ni ser trans, ni trabajadoras sexuales. Ya que si algo les sucediera en esas circunstancias nunca serían objeto de la ley ni de los servicios que la propia norma activa.
Una de las propiedades más esenciales que hace que las mujeres seamos verdaderamente mujeres, no son los genitales, es que estemos condenadas a vivir con miedo. Somos esos cuerpos obligados a temer, expropiados de cualquier habilidad corporal que nos refuerce. Nacemos condenadas a temer a los hombres, a la noche, a la calle, a la casa, al padre, al marido, al estado... Del mismo modo, debe aceptarse su correlato desde los parámetros del patriarcado: no hay nada que haga más hombre que la capacidad de ejercer violencia.
No debemos olvidar que el actual sistema estado-nación y su violencia heteropatriarcal tiene un objetivo- que cumple con creces-: mantener un orden de poder con cuerpos identificables como varones y mujeres, que producen la sociedad de una forma determinada y que se segregan en los espacios (público-privado) de un modo específico. De eso, justamente, se encarga la violencia sexista. Y el actual estado y el actual sistema neoliberal se sustentan en esta gestión coercitiva de los cuerpos. ¿Quién puede creer que les interese solucionar el problema?
Por todo ello, pensamos que es necesario y fundamental derrocar a los estados-nación y la idea de que las instituciones estatales deban ser represivas. No creemos que la ciudadanía deba ser ni vigilada, ni apaleada. Por otro lado, derrocar al estado no debe suponer necesariamente violencia; es más, lo interesante es producir otras formas de rebeldía distintas a las basadas en la lógica de la guerra y el mando militar"