LXVII, "Una excursión a los indios ranqueles", Lucio V. Mansilla (1870)
A la vista de la Verde.- Murmuraciones.- Defecto de lectores y de caminantes.- Dos cuentos al caso.- Reglas para viajar en la Pampa.- La monotonÃa es capaz de hacer dormir al mejor amigo.- Dos polvos.- Suertes de Brasil.- Reproche de los franciscanos.- ¿Tendrán alma los perros?. Un obstáculo.
Los médanos de la Verde estaban a la vista, y es probable que, en mi caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre de la ciencia, y yo me reÃa de algunos de mis oficiales que, viendo el objetivo tan cerca, murmuraban: ¿Por qué se parará aquà este hombre?
Ellos no habÃan recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, a caballo, a pie, en coche, en palanquÃn, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de manos, a lomo de mula y de hombre.
Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.
Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento produce en el espÃritu el mismo efecto que hace en los aires la igualdad de la entonación.
L'ennui naquit un jour de l'uniformité.
Lo que nos sucede cuando oÃmos leer en alta voz con excesiva rapidez olvidando la marcha más o menos mesurada del autor, la fuerza, energÃa o pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.
La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.
Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento, y cuando recorro a caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.
En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en Rose et Colas, hay una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que los actores a fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban demasiado, y que no por eso la escena parecÃa más corta.
Consultando el autor a ver si se prestaba a hacer algunas supresiones, contestó:
DÃganla más despacio y harán que parezca más corta.
Sedaine tuvo, a no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés como él:
Dans tout ce que tu lis, hâte-toi lentement.
Pues lo mismo sucede cuando se recorre un paÃs a todo galope; todo parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables espectáculos de la naturaleza.
Y eso es cuando se llega, que a veces se queda uno en el camino.
Era una tarde, ponÃase el sol, un viajero ecuestre galopaba a toda brida por los campos.
Encontrose con un gaucho y le preguntó:
-¿A qué hora llegaré a tal parte?
-Si sigue al galope -le contestó-, llegará mañana; si marcha al trotecito llegará lueguito no más.
-¿Y cuántas leguas hay?
-¿Y cómo es eso; si está tan cerca, como he de tardar más, andando más ligero?
-¡Oh! -contestó el paisano, echándole una mirada de compasión al caballo de su interlocutor-; es que si lo sigue apurando al mancarrón ahorita no más se le va a aplastar.
Lo cual oÃdo por el viajero hizo que recogiendo la rienda se pusiera al trote.
La aplicación de mis máximas, viajando en todas estaciones, de dÃa y de noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me ha dado siempre el mejor resultado.
He llegado a donde me proponÃa el dÃa anunciado de antemano, sin dejar caballos cansados en el camino y sin fatigar fÃsica ni moralmente a los que me acompañaban.
Mi regla era inalterable.
PartÃa al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguÃa al tranco cinco minutos, trotaba enseguida otros cinco, galopaba luego otro cuarto de hora, y por último hacÃa alto, echaba pie a tierra, descansaba cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el terreno lo permitÃa.
Los maturrangos que me seguÃan se quejaban de que cambiara tanto el aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta de reflexión; segundo, porque a ellos una vez que el cuerpo se les calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos más jueces en la materia que los que los montan, estoy cierto, que en su interior decÃan, cada vez que oÃan la voz de alto y la orden de saquen los frenos: ¡bendito sea este coronel!
Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.
Las lecturas más largas son esas en las que no hay alteración ni en la cadencia ni en la dicción.
El autor de la tragedia de Leónidas habÃa invitado varios de sus amigos para leerles una nueva composición.
A la hora convenida doce jueces selectos entre los que habÃa algunos académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente de ellos, con una mesa por delante el poeta.
La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseÃa el arte de hacer magnÃficos versos; pero que no sabÃa leer.
LeÃa con una voz sepulcral, monótona e invariable.
Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio, aplaudiendo los dos primeros actos.
Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada a su alrededor, encontró que el auditorio dormÃa profundamente.
Comprendiendo lo que habÃa pasado, apaga las luces, y en lugar de continuar leyendo, se pone a declamar a oscuras el resto de la tragedia que sabÃa de memoria.
La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.
Todos se despiertan exclamando: ¡bravo! ¡bravo!
El autor no se detiene, sus amigos creen que aquello es un sueño, que están ciegos, porque abren los ojos y nada ven, vuelven en sà después de un momento de espanto y la escena termina con esta enseñanza útil.
La monotonÃa es capaz de hacer dormir a los mejores amigos.
Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada a la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones anteriores qué habrÃa sido de los pobres caballos y de nosotros mismos, si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope.
HabrÃamos tardado más en llegar a Leubucó, más en salir de allÃ, más en volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el sueño y la fatiga.
Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte Sarmiento y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer la marcha al trote, y nada más que al trote.
Todos querÃan galopar o tranquear.
Los franciscanos clamaban al cielo.
La consigna era al trote y al trote se marchaba y las distancias parecÃan más largas y las horas eternas y todos se dormÃan y se llevaban los árboles por delante e interiormente exclamaban «malhaya el Coronel».
El Coronel tuvo sin embargo sus razones para dar esas órdenes; razones que no son del caso y que respondÃan a un sentimiento de prudencia previsora.
La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonÃa de la marcha, por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello gran parte.
Yo tenÃa motivos para retardar mi arribo a la Verde, en donde no querÃa detenerme, sino encontrarme en todo caso con el capitán Rivadavia, o con algún embajador de Mariano Rosas.
Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha, mandé poner los frenos y cinchar.
Al tiempo de movernos descubriéronse a retaguardia dos polvos siguiendo la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.
«Es uno que corre un avestruz», decÃan estos; «es uno que corre una gama», decÃan aquellos; «no es nada de eso -decÃa Camilo Arias-; es un indio que corre una cosa que no es animal del campo».
Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los franciscanos que se iban haciendo gauchos, metÃan su cuchara calculando qué serÃan los tales polvos.
Yo trepidaba; querÃa seguir y salir de dudas.
Camilo Arias cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo asÃ, hasta tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:
-Es un indio que corre un perro.
-Ha de ser Brasil que se ha de haber escapado -exclamaron varios a una.
-¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!
Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que habÃa hecho en Carrilobo.
Mi pecado no era grande empero.
Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente Brasil -hablo del perro-, vino mansamente, a echarse a mi lado, mirándome como quien dice; cuando nos vamos de esta tierra, meneando al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa afable o con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una frase picante.
No sé si lo he dicho; que Brasil a más de ser muy guapo, era un can gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.
Pero sÃ, recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan una vida verdaderamente de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas, tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; dirÃase al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas antidiluvianas, en que sólo vivÃan disecados por una temperatura plutoniana los enroscados durmonitas y los alados y cartilaginosos pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.
Ramón, enamorose de la magnificencia de Brasil, cuya gordura contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.
-¡Qué perro tan gordo, hermano -me dijo-, ¡y qué lindo! ¡y los mÃos qué flacos!
-No les dará de comer -hermano, le contesté.
-¿Y qué les da de comer?
Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: yo no quisiera estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez habÃa tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura, durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX; progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame Monsieur Bijau, Mister Pinch o el Señor don Barcino.
Y dirigiéndome a mi interlocutor, repuse:
-Es que son maulas estos mÃos. Usted podÃa regalarme el suyo para que encastara aquÃ.
¿Qué le habÃa de decir?
-Está bueno, hermano -le contesté-, tómelo; pero hágalo atar ahora mismo porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir conmigo.
Ramón llamó y al punto se presentaron tres cautivos.
Habloles en su lengua; quisieron ponerle un dogal al cuello, con un lazo que por allà estaba, más fue en vano.
Brasil mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñÃa, se encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tÃmidos cautivos no se atrevÃan a violentarlo.
Me parecÃa que los desgraciados comprendÃan mejor que yo la libertad, y que no era por cobardÃa sino por un sentimiento de amor confuso y vago que respetaban al orgulloso mastÃn.
Juré yo mismo ser el verdugo de mi fiel compañero.
Brasil me miró cuando me levanté a tomar el lazo, echose patas arriba mostrándome el pecho como diciéndome: mátame si quieres.
Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos que parecÃan cristalizados.
Y me vi horrible, y a no ser la palabra empeñada, me habrÃa creÃdo infame.
Brasil se dejó atar humildemente a un palo.
Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de silencio.
Al abandonar el toldo de Ramón entré en él a despedirme de su familia.
El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal que su libertad habÃa concluido, viéndome salir sin él, prorrumpió en alaridos que desgarraban el corazón.
¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!
Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón cansado de sus lamentaciones le soltó viéndonos ya lejos.
Brasil se dijo probablemente también, viéndose suelto:
Ils vont, l'espace est grand, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le habÃan hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.
Los dos polvos avanzaban sobre nosotros con celeridad.
TenÃamos la vista clavada en ellos.
De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:
Lo confieso, persuadido de que era Brasil que venÃa hacia nosotros, las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habrÃa hecho en un campo de batalla ver caer prisionero a un compañero de peligros y de glorias.
Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados tristes.
El mal no tenÃa remedio.
-Vamos -dije-, y partà al galope.
-¿Y qué lo dejamos? -exclamaron los franciscanos.
-Vamos, vamos -contesté-; y una idea fijó mi mente mortificándome largo rato.
¿Por qué me preguntaba pensando en la suerte de Brasil, no ha de tener alma como yo, un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el calor y el frÃo, en dos palabras: el dolor y el placer sensual, lo mismo que yo?
Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué se dice:
Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo o malo: Ese perro es muy hombre.
¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira inclusive nuestra propia raza?
¿La moral será algún dÃa una ciencia exacta?
¿Adónde iremos a parar, si la anatomÃa comparada, la fisiologÃa, la frenologÃa, la biologÃa, en fin, llegan a hacer progresos tan extraordinarios, como la fÃsica o la quÃmica los hacen todos los dÃas, tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el hombre?
¿Qué le falta descubrir?
Por medio de la electricidad, de la óptica y del vapor ha penetrado ya en las entrañas de la tierra y en los abismos del mar hasta insondables profundidades; ha descubierto en los cielos remotos e invisibles luminares y su palabra recorre millares de leguas con mágica y pasmosa rapidez.
Soñando en esas cosas iba distraÃdo, cuando mi caballo se detuvo en presencia de un obstáculo, no sintiendo ni el rebenque ni la espuela.
Estábamos al pie de los médanos de la Verde.