Hace una semana, en medio de lo mismo —la soledad, el vacío— te conocí. Coincidimos en la desesperanza, enredamos las ideas, y después, las manos.
Todo últimamente pasa demasiado rápido, apenas cerré los ojos en medio de una traba, y ya estabas tú bailando desnuda.
Ni siquiera alcancé a destapar el vino. Supongo que teníamos más sed de nosotros que de alcohol.
Entre el sudor y los gemidos sentí tu corazón latir, y el mío queriendo salirse. Me miras, sonríes, y dices que todo pasa tan rápido.
Yo, mientras tanto, vivo en ilusiones transitorias de lo que podríamos llegar a ser, juntos.
Me acomodo las medias y me pongo los zapatos, miro la hora y pienso:
el tiempo pasa tan rápido.
Nos acabamos el vino, y entonces me miras otra vez, con esa calma que no encaja con el desastre, y me dices:
“Debes irte antes de que mi novio llegue.”
Salgo sin hacer ruido.
El aire afuera es distinto, más frío, más real.
Camino unas cuadras sin rumbo, con el sabor del vino barato y de tu piel aún mezclados en la boca.
La ciudad sigue girando como si nada, pero algo en mí se quedó allá, entre las sábanas y el desorden.
Enciendo un cigarro, y pienso que hay amores que solo existen en los ratos muertos, en los silencios que nadie ve.
Tal vez eso fuimos: un paréntesis entre dos vidas que no se iban a cruzar otra vez