Fanfic Isco AlarcĂłn - Cinco caminos a Grecia
PerdĂłn por la tardanza! Espero que les guste y gracias por leer. El resto del fic aquĂ
CapĂtulo 10
       La vĂspera de Año Nuevo se veĂa lejana. El siguiente año estaba más lejos de lo que lo habĂa visto todo diciembre porque es que el Ăşltimo dĂa se me hizo eterno. Hicimos una limpieza profunda a la casa mamá, Mario y yo, cosa que sĂ era toda una primicia, pero resultaba que mi hermano habĂa decidido rentar un piso e irse a vivir sĂłlo muy pronto. LlamĂ©mosle una resoluciĂłn de año nuevo.
      Estaba exhausta y para la hora que me ponĂa maquillaje y mi vestido nuevo lo que en realidad más añoraba era irme a la cama y que eso fuera un ritual para lo que querĂa mejorar en el prĂłximo año, mis horas de sueño. Aun asĂ accedĂ ir a casa de Paula despuĂ©s de las doce y no me arrepentĂ, o al menos no de todo.
      El año nuevo con mi familia era idĂ©ntico a la noche buena, excepto por el conteo regresivo y la corta hora de baile despuĂ©s de los abrazos. Siempre tenĂamos gorros alusivos, gafas inmensas, sombreros festivos, sonajeros, cornetillas y cosas semejantes que se tardaban mucho más en dejar los empaques que en usarlas de verdad. Y esta vez hubo muchĂsima menos serenata, creo que todos estábamos algo cansados. Yo estaba tambiĂ©n algo taciturna pensando en Francisco, quien se habĂa ido a la montaña de vacaciones con su familia y no me habĂa ni siquiera escrito desde el dĂa anterior. Yo habĂa intentado llamarlo, pero no logrĂ© comunicarme con Ă©l. Seguramente ya habrĂa perdido conexiĂłn o estaba pasándola demasiado bien. Esperaba que sĂ, se lo merecĂa. Nunca antes habĂa reparado en eso, pero Ă©l tampoco paraba, trabajaba como un burro y aunque le encantara lo que hacĂa, tambiĂ©n necesitaba descanso. Necesitaba de su familia sobre todo, pues su carrera a veces lo obligaba a perderse de muchas cosas.
      A las doce, cuando terminamos de abrazarnos, papá me pidiĂł que bailara con Ă©l. AceptĂ©, gustosa, y bailamos un paso doble recorriendo todo el salĂłn. El mĂłvil me vibraba enloquecido en el bolsillo, pero no reparĂ© en Ă©l hasta que terminamos de bailar y me sorprendiĂł ver que en realidad tenĂa pocos mensajes. O al menos muchos mensajes de las mismas personas. Unos eran de Paula diciĂ©ndome que me esperaba, otros del grupo del hospital y otros más de AlarcĂłn. Me habĂa enviado que feliz año nuevo y un montĂłn de emojis de besos, lĂnea tras lĂnea y al final un audio de unos tres minutos. ÂżQuĂ© tanto podrĂa querer decirme en un audio tan largo? Francisco era elocuente y extrovertido, pero no precisamente locuaz y hasta ahora no habĂa sido hombre de discursos ni mucho menos de enviarme declaraciones extensas.
      Me escurrĂ entre la gente hasta lo alto de la escalera para escuchar a hurtadillas lo que me habĂa enviado. Di un respingo cuando me asaltĂł el ruido de un sitio lleno de gente y trastos moviĂ©ndose, como si estuviera abriĂ©ndose paso. Y sĂ, supongo que querĂa acercarse a la mĂşsica, pues me habĂa enviado una canciĂłn.
 Te juro que es verte la cara y mi alma se enciende,
Y sacas al sol las pestañas y el mundo florece.
Dejas caer caminando y pañuelo y mi mano sin mà lo recoge,
Tienes la risa más fresca de todas las fuentes.
       La conocĂa. Era “Mi marciana” de Alejandro Sanz. Porque tĂş no eres de este mundo, habĂa puesto despuĂ©s del audio. TenĂa los pelitos parados y el corazĂłn que se me iba a salir del pecho, especialmente porque escuchaba su respiraciĂłn, demasiado cerca del mĂłvil mientras grababa. De un momento a otro ha empezado a cantar, borracho como una cuba, y yo no sabĂa si morirme de risa o de ternura. Reemplazaba las palabras y donde decĂa “mi hembra”, “mi dama”, Ă©l decĂa “Mi Grecia”. Lo repitiĂł tanto que compensĂł todas las veces que no habĂa dicho mi nombre por tomarme el pelo. Para el momento en que a mĂ me tocaba responderle yo estaba sin palabras.
 “Cuando juntamos las sillas me siento tan torpe…”
       A saber quiĂ©n era más torpe. Si Ă©l molestándome durante años, diciendo frases tontas y haciĂ©ndome enojar o yo, que durante años no he visto el bien que me harĂa. Le respondĂ un montĂłn de chorradas tratando de no perder la compostura y le dije que esperaba que la estuviera pasando muy bien con su familia. Me alegrĂł que el mensaje no le llegara de inmediato porque me encarguĂ© de contemplarlo larga y obsesivamente hasta que se me hizo frĂo, pero no podĂa deshacerlo.
       Poco más antes de la una, mis padres quisieron irse a casa. Les pedĂ que me llevaran a casa de Paula, diciĂ©ndoles que me quedarĂa a dormir con ella. Era la mejor opciĂłn porque contar con Mario serĂa un absurdo, luego del veloz abrazo de año nuevo que me habĂa dado no le vi ni el polvo.
      Cuando lleguĂ©, ya Paula estaba bastante feliz. En su casa habĂa un salĂłn vacĂo que siempre disponĂan para fiestas y reuniones, habĂa una mesa repleta de botellas para preparar tragos y aparte, un frigo llena de otros tipos de alcohol. Sus hermanos bebĂan y fumaban fuera. A ella la encontrĂ© con sus primas y su mamá cantando karaoke a todo pulmĂłn. La apartĂ© sĂłlo por un segundo, cuando me ofreciĂł algo de beber, para contarle lo que me habĂa enviado Francisco y ella pareciĂł encantada, llenándome el trago más de la cuenta. No fue difĂcil integrarme, las ganas de bailar para mĂ eran un poco incontrolables, pero estaba renuente a cantar. Bastaron un par de copas para que me adueñara del micrĂłfono y cantara Mi marciana una vez tras otra, casi con ganas de llorar. Â
      Paula es de las que publica absolutamente todo y estaba muy prendida al Snapchat. Como era de esperar, habĂa grabado por completo nuestra sesiĂłn de karaoke y la habĂa posteado. Yo posĂ© para muchos de sus videos, pero en mi defensa, en ese momento no estaba nada consciente. La mañana siguiente, a eso de las once cuando me levantĂ© y ella seguĂa durmiendo con la rodilla clavada a mi costilla, vi con horror muchas cosas que yo no recordaba haber hecho. Es más, cosas que yo no recordaba haber sentido y que se notaba a leguas en esos videos.
      Rezaba para que Francisco, sumido en su fiesta y su cuota de resaca, no hubiese visto nada de eso, pero igual no querĂa arriesgarme. Paula dormĂa con el mĂłvil debajo de la almohada asĂ que empecĂ© a buscarlo sin cuidado. Ella se despertĂł y me mirĂł con reproche tras la maraña de pelo claro.
      -Joder ¿Qué haces?
      -Préstame tu móvil, reportera. Borra esos horribles videos que subiste ayer.
      -Tú siempre exagerando – se incorporó un poco para alzar su almohada, sin poder abrir los ojos del todo aún.
      -Vale, no pasa nada. Sólo quiero que los borres antes de que Alarcón los vea.
      -ÂżAlarcĂłn? Joder, Grecia, todavĂa lo llamas como si fuera profesor tuyo o tu puto contador.
      -ÂżY cĂłmo quieres que lo llame? Siempre le he dicho asĂ.
      -Pues llámalo por su nombre, al menos. No seas un puto iceberg – me regañó, mientras rebuscaba en su móvil – Vale, pues hay malas noticias.
      -Ya los vio – saltĂ© yo. Ella asintiĂł. - ¡No! ÂżEn serio? – ella me mostrĂł la lista de visto y ahĂ estaba - PensĂ© que tal vez ni te seguĂa.
      -¿por quién me tomas? – se rio Paula.
      -Pues, ya valió – suspiré, algo resignada.
      -¿Por qué te preocupa tanto?
      La miré como si estuviera loca. Ella me devolvió el mismo gesto.
      -¿Cómo que por qué? ¡Es que no me viste a grito pelado cantando la canción que él me envió! ¡Como si no sé…!
      -¿Cómo si estuvieras loca por él?
      -¡Pues sĂ!
      -¿Cómo si lo extrañaras?
      -¡SĂ!       -ÂżY es que no lo extrañas, Grecia?
      Y con eso consiguiĂł callarme, no porque no supiera responder sino porque no querĂa.
      -SĂ, lo extraño – le dije por fin.
      -¿Entonces? – protestó Paula - ¡Suéltate, por Dios! Deja de preocuparte tanto… Incluso por lo que él piense. Que si tienes el agua al cuello, pues vale, flota, nada, haz piruetas. Tienes derecho a querer.
      -¿Y si me ahogo?
      -Aquà tienes tu salvavidas – sonrió y abrió los brazos.
      Muy en contra de mi voluntad, le escribĂ. En parte porque sĂ que lo extrañaba y querĂa saber cĂłmo le habĂa ido, pero tambiĂ©n porque sabĂa que era mejor hacerme la valiente y tomármelo todo con humor. Él, al leer el mensaje, me llamĂł y supe que serĂa más difĂcil de lo que pensaba. Me escabullĂ al baño para contestarle y no tener a Paula haciĂ©ndome señas para que no fuera demasiado yo.
      -Hola, guapa – me saludó - ¿qué tal la resaca?
      Me reĂ, mesándome el cabello.
      -No tan mal ¿y la tuya?
      -Fatal, fatal. Qué razón tiene el mister de que los futbolistas no debemos beber.
      Me contĂł de su noche y lo bien que lo habĂa pasado con su familia.
      -Lo malo es que te he echado de menos todo el rato.
      -Yo también – susurré.
      -¿Tú también te has echado de menos?
      -Idiota – dije, a modo de protesta – a ti.
      -Ah, pues ya iba a decir “qué egocéntrica la Bélgica”.
      Tuvimos una de esas discusiones huecas y en broma. Sobra decir que Ă©l seguĂa tomándome el pelo como siempre lo habĂa hecho y a mà –casi siempre- me divertĂa. Él tuvo el tacto de no mencionar mi interpretaciĂłn en karaoke en la que descuarticĂ© la canciĂłn de Alejandro Sanz y yo tampoco mencionĂ© su alocada nota de voz. Terminamos la conversaciĂłn con sonrisas y prometimos hablar más tarde.
      El dĂa fue sumamente tranquilo, nos quedamos en pijama hasta muy tarde y pasada la hora del almuerzo, calentamos algunas sobras de la cena de fin de año y nos sentamos al televisor con sendos vasos de gaseosas y platos variadĂsimos. Los papás de Paula habĂan salido temprano a visitar a sus ahijados y sus hermanos se despertaron cuando ya casi iba a oscurecer.
      Yo me di un baño, me coloqué ropa limpia y me tomé dos analgésicos, que esta resaca se iba o la echaba, y me fui a casa queriendo que la rutina no volviera nunca.
        ProcurĂ© aprovechar al máximo los pocos dĂas libres que me quedaban y eso querĂa decir que los trataba como una cura de sueño. No era un tratamiento muy moderno que digamos, pero a veces me hacĂa a la idea de que podĂa acumular horas dormidas para cuando me hicieran falta. No volverĂamos a clases sino despuĂ©s del dĂa de reyes y sabĂa de sobra que la juerga decembrina la pagarĂamos caro y con creces en cada guardia, especialmente en las de ginecologĂa con Isturiz.
      Me encantaba no tener nociĂłn del dĂa que era, pero a juzgar por lo lejano que ya se notaba fin de año, me parecĂa que era miĂ©rcoles. Me despertaron unos golpes en la pared del lado de la habitaciĂłn de Mario y entendĂ que habĂa llegado el momento de su tan ansiada mudanza. El primero de enero nos habĂa reunido a todos antes de la hora de dormir y habĂa anunciado que se mudaba solo a un apartamento a más o menos quince minutos de casa. Todos nos lo esperábamos menos Mamá, que sufriĂł conmociĂłn tal que tuve que darle pastillas para dormir. Papá y yo nos alegrábamos por Mario que bastante falta le hacĂa madurar, sin poder evitar sentir que eso hacĂa mella en mĂ, que ya llevaba rato pensando en irme a vivir sola tambiĂ©n y dejar a mis padres en paz de una buena vez.
      Lo cierto es que Mario no se habĂa quedado sĂłlo en palabras y cuando bajĂ© a la cocina lo vi pasar con bolsas de ropa y una caja con su consola de videojuegos. EncontrĂ© a mamá taciturna, con una taza de tĂ© en lugar de cafĂ© y la expresiĂłn de que era la Ăşltima. Le di un abrazo sin decirle nada porque si la obligaba a responderme, seguro llorarĂa. A saber que seguro era la primera madre española que se pone tan sentimental cuando su Ăşnico varĂłn, un hombretĂłn de veintitantos ya con pelos por todos lados, decidĂa dejar la casa para poner una magnánima distancia de quince minutos en coche.
      La dulce July suspirĂł y alisándose los pantalones se incorporĂł para preguntarme quĂ© querĂa desayunar. Le dije que no hacĂa falta, pero ya ella habĂa decidido que lo iba a preparar, buscando tener la mente ocupada y algo muda.
      -¡Grecia, te necesito un segundo! – gritó mi hermano, escaleras arriba.
      Un instante después se oyó el golpe sordo de madera con madera.
      -¡Con cuidao, macho! – dijo una voz que me paralizó.
      Por supuesto que mi pequeña cabecita no habĂa logrado suponer que el ayudante de mudanza de Mario era Francisco. TambiĂ©n escuchaba a Dino ir y venir con ellos. Seguro puse esa cara –que no sĂ© cual es- pero que mi madre siempre detecta, y sin esperas me pregunta quĂ© me picĂł.
      RegresĂ© a mi habitaciĂłn a toda velocidad para gritar un “Ya voy” a medio subir, escuchándolos a ellos en la habitaciĂłn contraria. Quise pasar a hurtadillas, pero una mano me jalĂł hacia dentro. Lo siguiente fue un par de labios chocando con los mĂos y unos brazos que me asĂan con firmeza contra la puerta a la que me habĂan empujado.
      -¿Pero qué…? – traté de decir.
      -Te he echado mucho de menos – susurró con voz ansiosa.
      -¡Francisco! – protesté, asustada de que nos vieran. Él se rio por lo bajo - ¿Estás loco?
      -PensĂ© que ya lo sabĂas – sonriĂł, mirándome con expresiĂłn divertida.
      -Mario nos podĂa haber visto – mi voz le advirtiĂł y mis ojos lo buscaban por la habitaciĂłn, pero mis dedos estaban acariciando distraĂdamente la parte baja de su barba.
      -Grecia… ¿Tú le cuentas todo a Paula?
      AsentĂ.
      -Pues yo le cuento a Mario.
      -¿Mario sabe? – le pregunté, asombrada - ¿Y se lo tomó bien?
      -Mario lo sabe desde el colegio, niña. ¿Cómo le dicen ahora? Nos shippea – dijo, sonriendo.
      -Vale, pero pudo habernos visto alguien más – seguà regañándolo y me aparté de él, tajante.
      -Lo siento, es que… - y con un movimiento rápido volviĂł a besarme – me morĂa de ganas.
      No pude evitar reĂrme y le di un Ăşltimo abrazo antes de escabullirme de nuevo a mi habitaciĂłn. Se me habĂa olvidado por completo que estaba hecha un desastre, que las trenzas que me habĂa hecho para dormir estaban torcidas y espelucadas, me olvidĂ© incluso de lo que habĂa estado pensando por concentrarme de nuevo en esa sensaciĂłn de ardor placentero en el estĂłmago, esas cosquillas en el alma que Francisco me provocaba. Y no sĂłlo eso, que tambiĂ©n me habĂa quedado con el pinchazo de saber que Mario sabĂa de lo nuestro y más que eso, lo apoyaba. No sĂ© si es que soy adicta a la polĂ©mica, pero me ofendĂa –sĂłlo un poquito- que en su papel de hermano mayor no estuviera haciendo de perro bravo, como si no le importara que uno de sus amigos quisiera embochincharse con su hermanita. Â
      Puestas las botas, me decidĂ a ayudarlos guardando siempre la distancia con AlarcĂłn. Me tomaba el tiempo de provocarlo y picarlo para que hiciera uso de los chistes malos con los que siempre me molestaba. Una cordialidad tan fraterna tambiĂ©n podĂa levantar sospechas, estábamos obligados a seguir tomándonos el pelo. Tampoco era mucho lo que Mario se iba a llevar, incluida su ropa, sus libros y su arsenal de videojuegos, lo Ăşnico verdaderamente engorroso fue sacar un librero de madera, siendo ese el Ăşnico mueble que dejarĂa su habitaciĂłn junto con la silla para el ordenador.
      Cuando mamá nos llamĂł a desayunar, sirviĂł la mesa para los cuatro. Papá no estaba, habĂa salido muy temprano al banco. Ella se enfrascĂł en Francisco y en sus vacaciones, cosa que no era del todo inusual, pero se notaba muchĂsimo que evitaba a toda costa hablar de Mario y su Ăşltimo dĂa en casa. Yo estaba tiesa, alerta para no meter la pata ni con comentarios inofensivos y ella, inmersa en su nostalgia, no me notĂł distinta del tedio que siempre demostraba delante de AlarcĂłn.
      -ÂżNos acompañas? – me invitĂł Mario – Me gustarĂa que me ayudaras a organizar el piso. Ya se lo mostrarĂ© a los viejos cuando me lo pongas bonito.
      AccedĂ, sellando la Ăşltima bolsa de su ropa de invierno. Mamá nos miraba desde el pie de la escalera con una sonrisa triste. Él fue a abrazarla.
      -Vengo esta noche a cenar ¿vale?
      Ella recuperĂł el ánimo y se despidiĂł de nosotros. HabĂa una furgoneta en lugar de un camiĂłn de mudanzas, ya lista con las cosas de Mario. Nosotros nos irĂamos en el coche de Francisco, quien me esperaba abriĂ©ndome la puerta.
      -Va, que ahora el tercio se va al asiento de atrás – dijo Mario con falso enojo – me has quitado a mi hombre, hermana.
      -TĂş siempre serás mi primer amor, tĂo – bromeĂł AlarcĂłn.
      No habĂa mucho que decir del nuevo edificio de Mario, era gris, se notaba que lo habĂan construido recientemente y carecĂa de mayores detalles. Nos bajamos del coche y cada quien tomĂł una caja, que a la furgoneta sĂłlo se le pagĂł transporte, no descarga. El apartamento quedaba en el sĂ©ptimo piso y era bastante bonito y agradable, a pesar del aun dominante olor a concreto y a pintura. TenĂa pisos de madera y grandes ventanas por las que entraba el sol. Era de concepto abierto y la sala se confundĂa con la cocina y el área de estar, especialmente ahora que parecĂa a medio llenar. HabĂa un sofá y una poltrona negros y un televisor arrimado al rincĂłn todavĂa sin instalar. La cocina era lindĂsima, de alacenas color blanco y negro, parecĂa lista para usar.
      El piso de Mario, en sĂ, era bastante aceptable. Le faltaba algo de personalidad, pero Ă©l la irĂa creando con cosas que le agregara y detalles que colgara en las paredes. Esperaba yo tambiĂ©n que en esta nueva faceta de soltero independiente le bajara un poco a su desorden y mantuviera el piso limpio y arreglado.
      -Vengan a ver mi habitación – nos invitó.
      TenĂa una cama gigante con cabecera muy alta de madera gruesa. Un closet vacĂo, de puertas tambiĂ©n de madera y en la pared estaba instalado un inmenso Plasma TV.
      -Ya sabemos dónde serán los torneos de FIFA – comentó Isco con entusiasmo, palmeándole la espalda.
      -ÂżA que esta guay la TV? – sonriĂł Ă©l – pero la voy a mover a la sala. AyĂşdame, tĂo.
      Cuando se disponĂan a tomar el gigantesco trasto, el timbre sonĂł y Mario suspirĂł con fuerza, echando la cabeza hacia atrás y chasqueando la lengua, como si supiera perfectamente de quien se trataba.
      -¿Qué pasa? – le pregunté, intrigada.
      -¡DejĂ© los papeles del apartamento en tu casa, tĂo! – se quejĂł, señalando a Francisco.
      -¿Papeles? ¿Qué papeles?
      -El puñetero contrato de alquiler – dijo Mario, abriĂ©ndose paso entre nosotros para ir a por la puerta, pues el timbre volvĂa a sonar – ese debe ser el administrador del edificio.
      Y efectivamente, lo era. Pero ambos con suma amabilidad explicaron la situaciĂłn y aunque a su vez, recibieron respuestas comprensivas, el administrador urgiĂł a Mario a traer el documento en la brevedad, pues tenĂan que archivarlo ese mismo dĂa para hacer la inspecciĂłn final del piso y darle todos los juegos de llaves.
      Asà que volvimos al coche y enseguida pusimos rumbo a casa de Alarcón. Era muy cerca también. Me sorprendió no ir hasta las zonas más exclusivas de Málaga sino a una calle de clase media, cuyas casas estaban bien resguardadas, pero a la vez, a la vista. Si bien, la suya no tanto. Entramos por una gran puerta automática de hierro a una entrada bastante amplia. La casa de Francisco era moderna, su arquitectura era muy geométrica y urbana, por fuera se notaban detalles de vidrio y las pocas plantas a la vista, estaban finamente podadas también con una rectitud milimétrica.
      -Si quieren los espero aquà – ofrecĂ.
      -Venga ¿no quieres ver mi palacio? – bromeó Alarcón y se bajó del coche.
      Por dentro, seguĂa la misma lĂnea de muebles rectos y modernos. La cocina era un sueño, la estufa y demás enseres tenĂan aspecto futurista. El tope era de piedra pulida, seguramente granito o algo semejante. Me sorprendiĂł la pulcritud del lugar, pero por otro lado tambiĂ©n estaba segura de que Francisco no se encargaba de limpiar. Aun asĂ, tenĂa mĂ©rito que la mantuviera ordenada.
      En la sala habĂa un TV gigantesco tambiĂ©n, como el de Mario, instalado en una especie de modular de madera con repisas llenas de trofeos y premios. Toda la pared trasera de la sala era de cristal y daba vista a un patio exquisito.
      -Los papeles deben estar en algún cajón de la cocina, Mario – indicó Alarcón, revisando.
      -¿y Messi?
      -Está en casa de mis padres.
      -¿Messi? – pregunté.
      -Nuestro perro.
      -¿Tienes un perro que se llama Messi? – reà – que fangirl ¿eh?
      -Que no dirĂ© que no admiro al tĂo Âżeh? Es una máquina, pero el nombre se lo puso mi hermano – rio Ă©l tambiĂ©n.
      -¡Grecia, ven a ver! – exclamó Mario desde la puerta que daba al patio.
      Seguidamente fue corriendo a la cocina a buscar algo.
      -¿Qué? – preguntó Alarcón, extrañado - ¡Ah, el pato!
      -¿El pato?
      HabĂa un pato nadando en la piscina. SĂ, Francisco tenĂa piscina y era preciosa, aunque no muy grande, pero del tamaño justo para su bonito patio de gravilla y cĂ©sped.
      -Ah, sĂ. Ese pato viene de vez en cuando. Supongo que le gusta la privacidad.
      Mario habĂa ido a por un trozo de pan y acercándose al borde de la piscina, le ofrecĂa una migaja al animalito que lo ignoraba por completo. SeguĂa impasible nadando con suma gracia sobre el agua cristalina. Era de colores oscuros y tenĂa el pico tambiĂ©n oscuro, las plumas hĂşmedas le brillaban al sol. Le lanzĂł la migaja y el pato dio un rodeo para atraparla con agilidad, pero no se acercĂł a Ă©l. LanzĂł otra migaja, muy cerca del borde donde estaba, pero el pato estaba renuente a acercarse.
      -Mario, déjalo en paz – me reà – vas a caer al agua.
      -Vale, que solamente quiero ver si se deja tocar.
      -Por supuesto y no se te acerca ni un metro, vale.
      Casi burlándose de mĂ, el pato nadĂł cautelosamente en direcciĂłn a Mario que, en su emociĂłn, dejĂł su mĂłvil en el suelo y se echĂł al agua. El pato aleteĂł, ofendido, pero permaneciĂł en el agua y Mario comenzĂł a maniobrar y a hacer tonterĂas.
      -¡El lago de los patos! ¡Próximamente en teatros! -  anunció.
      Francisco y yo nos partĂamos de risa.
      -Más bien pareces una sirena, tĂo – se burlĂł su amigo y eso hizo que Mario hiciera más payasadas.
      -Las sirenas no son tan peludas.
      Por lo bajo, Francisco me hizo señas de que le prestara mi mĂłvil para subir un video y entre las risas, lo saquĂ© de mi bolsillo y se lo entreguĂ©. Al instante de caer en su mano, la otra empujĂł mi hombro y caĂ casi en cámara lenta a la piscina yo tambiĂ©n. Aun bajo el agua, podĂa escuchar las risas de ellos dos y cuando pude apartármela de los ojos, Francisco estaba grabándome con mi mĂłvil.
      -¡Idiota! ¿Cuándo van a madurar ustedes dos? – chillé, furiosa.
      -Venga, Macedonia, que el patito pidiĂł tu compañĂa – se reĂa AlarcĂłn.
      -¡Eres un…!  - de nuevo estaba corta de adjetivos para él.
      Para el pato ya eso era demasiado y huyó lo más rápido que pudo.
      -Yo parezco sirena y tú un pollito remojado, Guecha – se burló mi hermano, que era quien más se estaba riendo.
      Francisco se lanzó al agua también para abrazarme. Yo me aparté, buscando las escaleras para salir.
      -Venga, Grecia, no te enfades – sonrió él.
      -Y para más, está helada. Nos dará bronquitis a todos.
      -Vale, vale. Ya voy por las toallas – cedió él, ayudándome a salir.
      Me exprimĂ el cabello y la ropa lo más que pude, temblando, buscando con la mirada el rayito de sol más fuerte bajo el que podrĂa ponerme para conseguir algo de calor. Mario todavĂa dejaba escapar risitas.
      -¿Cómo se supone que me devuelva a casa? – me quejé, palmeándome las piernas empapadas.
      -No pasa nada, que los asientos del coche son de cuero y tiene calefacciĂłn – se escuchĂł la voz de AlarcĂłn que volvĂa de adentro – te secas en un ratito – se encogiĂł de hombros, entregándome una toalla.
      -¡Vale y volver al trabajo resfriada! ¡Wohoo! – salté con todo el sarcasmo que pude.
      -Puedo prestarte algo mĂo, si gustas – ofreciĂł – no es tu estilo, pero seguro te va bien.
      Lo mirĂ© mal mientras me sacudĂa el cabello.
      -Algo de ropa mĂa debes tener aquĂ, macho – dijo Mario, entrando en la casa.
      -Lo siento – me dijo Francisco, por lo bajo – de haber sabido que iba a molestarte tanto, no lo habrĂa hecho. Era una broma.
      -TenĂas que haberlo sabido.
      -SabĂa que te cabrearĂas, pero no tanto – y no pudo evitar reĂrse.
      Mientras tanto yo reevaluaba nuestra naciente relaciĂłn y el hecho de que Francisco tenĂa muchas cosas buenas, pero le faltaba mucho para ser un adulto. Él me propuso entrar y me buscĂł algo para cambiarme. Trajo una camiseta negra sin mangas y unos pantalones cortos de los que usaba para jugar al fĂştbol.
      -Esto es todo lo que tengo en stock – dándome la ropa y tratando de no reĂrse.
      -Gilipollas – dije por lo bajo, quitándosela de las manos.
      -Venga, no te enfades conmigo – y me abrazó por la cintura.
      -No lo haré… cuando crezcas – solté y fui a cambiarme en el baño.
      El chapuzĂłn suspendiĂł la tarde de decoraciĂłn. Los chicos igualmente querĂan ir al piso de Mario, pero yo, que seguĂa con las bragas y el sostĂ©n mojados, ya me podĂa dar de baja. Francisco me alcanzĂł tambiĂ©n una chaqueta suya, de esas de algodĂłn, porque a pesar de la ropa seca seguĂa tiritando. LlevĂł a Mario hasta su edificio para que entregara el contrato que le habĂan pedido y Ă©l se devolviĂł con nosotros hasta la casa para quedarse de una vez a cenar. El trayecto un tanto silencioso en el coche provocĂł que me calmara y para cuando llegábamos a casa y Mario se dio prisa en bajar, AlarcĂłn intentaba disculparse de nuevo. Atontada por el calor y el agradable olor de su chaqueta azul, yo estaba dispuesta incluso a regalarle una sonrisa.
      -Vale, no pasa nada. Tal vez haya exagerado un poquito.
      -¿Un poquito? – inquirió él.
      -No te pases – advertĂ, pellizcándolo.
      Él se rio de esa manera tan suya y se despidió con un beso.
      -Te escribo luego ¿vale?
      -Vale y la ropa me la quedo.
      -Caro me salió el chapuzón – se lamentó.
      No sabĂa que al cruzar la puerta, un tribunal me esperaba sentado en el sofá. July con su estela de punto de cruz.
      -Han llegado pronto.
      -SĂ… Lo dejamos para otro dĂa.
      -ÂżTe has caĂdo en un charco? – preguntĂł, sin levantar la vista del bordado.
      -Algo asĂ. Estos tontos me han empujado en la piscina – contestĂ©, con un dejo de risa.
      -¡Ah! Mario no me dijo que tenĂa piscina.
      -No, no. Fue en la piscina de Alarcón.
      -Ya decĂa yo, ustedes me cuentan todo – sonriĂł - ÂżY tĂş cuando vas a contarme que sales con ese chaval?
      La pregunta me atajó en seco en mi camino las escaleras.
      -¿Qué has dicho? – inquirà con una risa nerviosa.
      -¿Me lo vas a negar? – la sonrisa se hizo más pronunciada.
      -Venga, mamá. No sé de qué me hablas.
      -Ah, te haces la tonta – afirmĂł. Dejando de lado su trabajo para mirarme con una gran expresiĂłn de satisfacciĂłn – Desde hace dĂas estas pegada al mĂłvil, cosa que no es tan usual en ti. Te has puesto un vestido hace poco, que lo he visto en la ropa sucia, y no ha sido para ningĂşn dĂa de navidad, por lo que asumo que saliste y no ha sido una salida tan casual como de costumbre. Esta mañana habĂa una tensiĂłn extraña entre tĂş y Francisco y ya no ponĂas cara de querer morirte cada vez que Ă©l abrĂa la boca. Ahora, Mario entra primero que tĂş, lo que seguramente quiere decir que los ha dejado despedirse y pues, para mayor evidencia, entras con el cabello mojado y ropa del muchacho en cuestiĂłn. Sobre todo el su nombre en el dobladillo del pantalĂłn te delata – y señalĂł el lugar al que estaba mirando.
      Instintivamente mis ojos rodaron por mi atuendo prestado. No sabĂa si reĂr o llorar ante la minuciosidad con que mamá habĂa expuesto su caso y lo justo que habĂa dado en el clavo con cada una de sus suposiciones.
      -Y de todo eso, Âżasumes que salgo con Ă©l? – inquirĂ con una risa absurda, aunque sabĂa que ya estaba pillada.
      -Pues, sales con alguien – se encogiĂł de hombros – Eso lo sĂ© desde hace dĂas. Hoy me he dado cuenta de que es con Ă©l o que al menos lo piensas… De otra forma, habrĂas preferido venir desnuda que ponerte su ropa.
      Ahora le sonreà con sinceridad.
      -Eres increĂble, bruja – neguĂ©, divertida.
      -No soy bruja, sólo soy tu madre.
      Fui a sentarme a su lado y ella me acarició el cabello.
      -No te habĂa contado porque no quiero que te hagas muchas expectativas, yo sĂ© que tĂş lo quieres…
      -¡Vamos, que es un chaval para comérselo!
      -SĂ, sà – reĂ otra vez – por eso mismo Âżeh? Y es algo que va comenzando, entonces…
      -No te preocupes, hija – me palmeĂł el dorso de la mano – que es tu vida y no he de meterme yo, ¡pero me mola muchĂsimo! Es un muchacho educado, encantador, de buena familia…
      -Vale, vale. El prĂncipe azul…
      -Y se le cae la baba por ti desde siempre ¿eh?
      -¿Tu también? – salté.
      -Ay, Grecia, tú estas como Shakira… Ciega, sorda y bruta.
      -¡Muda!
      -No, muda de eso nada ¿eh?
      Nos reĂmos, me rodeĂł los hombros y me dio un abrazĂł ajustadito.
      -Ahora falta que lo sepa papá.
      -Tienes una oportunidad este dĂa de reyes.
      -¿Ah?
      -Vale, que yo lo he invitado a cenar y Ă©l me ha dicho que sĂ. Y venga, que tĂş eres muy mala mintiendo, asĂ que ya ahĂ podemos formalizar el asunto.
      AhĂ se me fue el alma a los pies. Precisamente le decĂa que no querĂa darle ningĂşn tinte de seriedad a lo mĂo con AlarcĂłn y ella me organiza cena formal para que yo se lo presente a mi papá.
      -No seas tan dramática. Que a tu papá le tienen sin cuidado esas cosas.
      -Pues, eso sĂ. Y seguro a Ă©l tambiĂ©n le cae mejor Francisco que yo.
      Ella me miró, divertidamente ofendida y me dio un manotazo suave en la cadera. Le di un achuchón que la hizo recostarse en el sofá. Y asà estuvimos el resto de la noche, hablando de mi más reciente “adquisición”, hasta que el cabello se me secó del todo.
      La expectativa de incluir a AlarcĂłn, ya sin tapujos, a mi familia me daba un miedo terrible, pero por otro lado podĂa agradecer que sin querer, habĂa pasado el trago agridulce de tener que sincerarme. Agradezco siempre ese instinto superior que es mamá.










