“Ya pueden pasar mil inviernos, vale la pena esperar por ti y esperar en ellos. “
— Lizzie Lob | Delirio con letras.

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“Ya pueden pasar mil inviernos, vale la pena esperar por ti y esperar en ellos. “
— Lizzie Lob | Delirio con letras.

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1. Golondrina.
Soy esa pequeña ráfaga de viento que rompe el unísono que crea tu voz cuando intento hablar. Soy efímera, intensa, puede que incluso fugaz. Ese tipo de destello que ves aparecer y desaparecer continuamente, porque a pesar de ser intensa pierdo fuerza con facilidad, flaqueo y me tuerzo. Soy esa parte inhóspita que crea la esencia de mi propio ser, que se deshace en pequeños fragmentos que se involucran, se pierden y desaparecen allá donde van tus ojos.
Soy enferma, ni tan enferma, soy cordura pero carezco de ella. Soy abismo y al mismo tiempo algo contrario al vacío; soy reclusión, redención y más tarde temor. Temor por lo vivido, por lo que me queda por vivir y por lo que a día de hoy vivo. Soy yo, tú, ella, él, vosotros, nosotros, soy todos. Soy como una especie de caja que intenta agarrar y llevarse todo eso que el mundo desecha de sí mismo e incluso de todos los demás. Soy ese flujo candente en las venas, algo que arde de manera constante en el órgano central. Ese órgano vital que habita en mi pecho. Soy sangre superflua que recorre cada centímetro, con la clara intención de repartir oxígeno. Soy eso que pesa, que se rodea de una especie de halo que se desvanece de vez en cuando. Soy esa dulce mensajera de la tristeza, esa mensajera que abandona todo por cruzar el mar para llegar lejos. Soy golondrina, esa golondrina que carga con un peso de por vida. Soy vulnerable en ocasiones, vulnerable casi siempre, vulnerable a todas horas. Soy ira, soy quien ataca mi parte libre, quien pisotea una y otra vez el carácter dominante de lo que no es verdad.
Soy yo, me llamo reclusión, soy quien gana las batallas con las venas recargadas, quien pierde el control y pasa de un extremo a otro a través de una corriente. Soy quien no existe, un mero espejismo, un producto de mi imaginación, una clara sensación llena de agonía. Soy quien rompe cada ventana y cada puerta cuando se encuentra recluida mental y físicamente. Soy esa persona que sueña de quien va conmigo, soy esa persona que cree que tiene el valor de poder salvarse a si misma una y otra vez. Soy oscuridad y después, tan sólo después, veo y soy luz. O pienso que en algún momento podría llegar a serlo.
Soy sonrisas, risas, muecas y puede que hasta lágrimas. ¿Sabes quién soy? Ojalá fuese Golondrina. Ojalá pudiese salvarme. Ojalá pudiese ver la luz. Ojalá pudiese romper muros y cristales sin necesidad de romperme las muñecas. Ojalá pudiese desintegrarme como se evapora el último aliento del soldado más viejo. — Lizzie Lob | Delirio con letras
3. El mundo se viene abajo y nadie lo ve.
Parecía que estaba pisando tierra firme. Al principio daba pasos cortos pero certeros, por si algo se derrumbaba o por si algo se caía de repente. Poco a poco, con el paso del tiempo, fui pisando con más seguridad, con más confianza. Hasta que al final terminé caminando con más rapidez, incluso empecé a correr. Reía y saltaba sin miedo a que esa tierra firme que estaba pisando terminase por desmoronarse algún día. Nadie podía rompernos. Estaba erguida y firme. Preparada para cualquier pelea. “¿Qué puede pasar?” pensé. “Todo aquí va bien, puedo ser libre sin destruir nada y sin que nadie me destruya”, pensé. Porque todo iba relativamente bien. De repente, sin pensarlo, sin quererlo, sin permitirlo siquiera, di un salto y el suelo empezó a temblar. No era consciente, pero la guerra sólo acababa de empezar. Empecé a toser, porque el polvo que se levantaba desde el suelo me ahogaba. Miré a mi alrededor para ver qué estaba ocurriendo. Absolutamente todo estaba desplomándose frente a mis ojos. El suelo se partió en dos y todo empezó a caerse poco a poco, trozo a trozo. El tiempo parecía ir más lento. El suelo pasó a ser inestable conforme todo impactaba contra el mismo robándole así el equilibrio a todo el mundo. Recuerdo que la gente gritaba a todo pulmón, lloraba y también se preguntaba qué era lo que estaba pasando. Yo sólo extendí mis brazos y me cubrí el pecho sin saber muy bien qué era lo que debía hacer. Hasta que caí y pasé a estar en un agujero del que ya no podía -ni puedo salir-. Estoy debajo de todo, al fondo, muy al fondo. A kilómetros de distancia de la realidad. Cierro los ojos con fuerza y ejerzo más presión sobre mi pecho porque no deja de doler, porque el dolor no cesa y parece que no tiene pensado cesar en ningún momento. Cada vez que abro los ojos para ver qué pasa veo a todo el mundo a mi alrededor intentando sacarme de aquí. Me tienden la mano y me preguntan cada dos por tres si estoy bien. No, no estoy bien. Estoy en un maldito agujero que no tiene ningún tipo de salida y que no para de consumirme cada día más. Sé que éste es el final, pero no entiendo por qué todo sigue doliendo, por qué el agujero se hace cada vez más grande y más oscuro. Soy consciente de que no puedo más. Así que lo único que me queda es gritar. Grito, una y otra vez, hasta quedarme sin voz. Hasta que todos dejan de oírme y es ahí cuando el silencio empieza a jugar conmigo en mitad de éste tablero. Mi pecho sigue comprimiéndose y mi garganta empieza a secarse, el aire deja de entrar en mis pulmones. Noto como mi corazón va latiendo cada vez más despacio, dejando suaves punzadas mientras el oxígeno intenta recorrer las venas de mi cuerpo. Ya no soy capaz de mantener los ojos abiertos. Porque la realidad duele menos cuanto menos peso cargan tus ojos. Toda la gente va desapareciendo, todos han dejado de hablarme y se ha terminado. Estoy donde nunca quise estar, revolviéndome en mi propia basura. Es real. Todo, absolutamente todo, ha dejado de tener sentido. Poco a poco pequeñas imágenes en movimiento pasean alrededor de mi cabeza, invadiendo por completo mi mente; envenenándola. Y recordándome que estaría mejor en cualquier otro lugar. Ojalá estuviese en un lugar diferente. Pero no hay vuelta atrás, no existen máquinas, métodos ni sustancias químicas que me ayuden a frenar o a retroceder en el tiempo. Todo ha pasado a ser demasiado malo para ser bueno. No hay un equilibrio porque en ésta montaña rusa sólo existen los extremos. Doy dos pasos hacia adelante y tres hacia atrás. Las imágenes se van tatuando en mi cabeza de una manera lenta, tan lenta que se ha convertido en una de las mejores torturas del siglo XXI. Se clavan en mi cerebro obligándome a recordar cada momento una y otra vez. Me fuerza a revivir todas y cada una de las escenas que consiguieron destrozarme, hacerme cachitos. Todo mi pasado vuelve de golpe para abofetearme y recordarme que simplemente salí de un agujero para meterme en otro que es aún más profundo. Así que sólo quedo yo, mi agujero, mis pensamientos, mis imágenes, mi cabeza y los intrusos que ofrecen métodos para dormirme de una vez por todas. Y es que las pastillas no dejan de hablarme. No hay nada más, no tengo nada a lo que pueda aferrarme aquí. Porque da lo mismo que mis heridas vayan sanando lentamente, siempre volverán a abrirse. Mis manos se manchan y da igual si llevo varios días sin comer. Mi cuerpo va cicatrizando a media que las heridas se van marcando más. No importa si veo o no. De todas maneras nunca pude hacer nada a ciegas. Ya no importa cuánto pesa la culpabilidad ni cuánto mide la desgracia. Sólo me queda esperar el final o la próxima catástrofe. — Lizzie Lob | Delirio con letras.
2. Éstos son mis ojos.
Ojalá todo el mundo estuviese muerto, así podrían tener mis ojos. ¿Sabes a qué saben las noches de insomnio? A desesperación. Me permiten dormir en intervalos de quince minutos. Quizás por ello nunca puedo recordar lo que he soñado. Ni las pesadillas que invaden mi mente y que viajan desde mi subconsciente para perjudicarme. Me escuecen los ojos, quiero cerrarlos. Y los cierro. Intento dormir. Procuro pensar qué trazo debe seguir mi mano para continuar invadiendo éste cuaderno. Pero...No hay nada. Hoy tampoco puedo dormir. Todos piensan que tengo las manos llenas de vida, que llevo adornando estas hojas todo el día. Me pregunto entonces por qué no había cubierto mis heridas de esta forma antes. Mientras mis manos mueren el mundo cree que construyen motivos por los que mantenerse vivo. Consideran que tienen vida propia y que por ende yo debería sentirme llena y completa de alguna manera. Pero no conocen el vacío de la misma forma que ellas. Siempre se muestran confusos cuando aviso de mi desagrado por ellas. Intento explicar por qué me acomplejan y por qué las escondo cuando tiemblan. Pero no lo entienden, porque no me entienden. No entienden la cantidad de veces que he tenido que golpearme el pecho para poder seguir respirando. Ni la cantidad de horas que he pasado escribiendo aún cuando me dolían las manos y mis dedos parecían sangrar para no olvidar qué día es mañana. No entienden cuando tenía que presionar el filo del metal para descubrir que seguía viva. Ni cuando me retorcía de dolor porque hacía frío y el señor de las nieves me abrazaba tan fuerte que dolían hasta los huesos. Ni cuando tenía que romperme los nudillos para poder mirar al cielo desde el borde de la ventana. No lo entienden y nunca lo entenderán. ¿Sabes a qué saben las noches de insomnio? A agua de mar. Meto los pies todas las noches, hundo mis pupilas y empiezo a caminar. Me arrastro palpando la humedad de mi propia arena. Pero el agua se te mete en cada recoveco, te arrasa y te ahoga. Por eso arde, escuecen los ojos. Coges aire, te tragas el nudo y escupes toda la sal. Deja seca toda tu garganta y tus ojos sólo buscan correr de esos días en los que sólo llueve. Hoy lleva lloviendo todo el día. De hecho, cuando me he despertado -si es que en algún momento llegué a dormirme-, he visto como entraba el agua en el interior de toda la casa. Todo se ha inundado otra vez. Otra maldita vez. Pero es que todo el mundo está vivo, no tienen mis ojos. No pueden verlo. — Lizzie Lob | Delirio con letras.