Éste relato (en caso que lo acepten) participa en el taller de escritura #50 de “Literautas”
La epidemia se esparcía con gran rapidez, pero él no se quedaría a ver las consecuencias, vivía en un extremo de la isla, con nada más que su barco para hacerle compañía. Solía mantenerse al margen de la vida y aun así había notado los cambios en algunos vecinos.
La voz rasposa, piel pálida, ojos casi salidos de sus cuencas y ampollas que parecía reventar con el mero contacto visual. Y esos eran apenas los primeros síntomas, algunas familias se habían atrincherado en sus casas, presas del pánico y luchando por no contagiarse.
Él no era como ellos, en cuanto notó los primeros síntomas, a diferencia de los demás, fue guardando provisiones “por si acaso” y eso le estaba salvando la vida justo ahora. Se iría de noche para evitar llamar la atención, los buenos para nada de sus vecinos irían tarde o temprano a pedir su ayuda.
Pero para cuando eso pasara él ya estaría muy lejos de ahí, viviría una vida de ermitaño y con suerte no sería molestado por el resto de sus días.
O al menos eso tenía planeado hasta que una infantil voz llamó su atención. Se giró a la fuente del sonido y descubrió a la pequeña hija de los biólogos, con sus botas y chamarra de cuero. Le veía con una sonrisa dulce. Ella y su familia eran los únicos que le daban pena, siempre ayudando a los demás, sus padres tratando de encontrar la cura y los únicos que habían sido amables con él desde el principio.
Eran unas de las pocas familias que estaba seguro, todavía no se habían contagiado, pero solo era cuestión de tiempo para eso, si seguían tratando de buscar una cura, no dudarían mucho. La pequeña le miraba inquieta y estaba a punto de preguntar algo cuando el llamado de sus padres los sobresaltó.
Aparecieron a la distancia y se acercaron con linternas en mano, ambos se veían cansados y una década más viejos. Llegaron en cuestión de segundos y al parecer el otro hijo de la pareja venía tras ellos, cargando a un gato más grande que él y con un labrador pisando sus talones.
La pareja corrió hacia su hija y la abrazó, mientras expresaba lo preocupados que habían estado. Fue entonces que su atención se dirigió al que consideraban un amigo. Al principio parecían confundidos por verlo junto a su barco y con tantas cajas sobre este. Pero les bastó segundos para entender lo que pasaba.
El hombre se puso nervioso, pero estos le dirigieron una mirada que les hacía ver que entendían. Era raro verlos en esas condiciones y no pudo evitar preguntar. Los padres intercambiaron una mirada antes de contar las circunstancias que los habían llevado a ese punto.
Al parecer la enfermedad había adquirido un nuevo síntoma: “locura”. Los infectados habían escapado de su confinamiento y se dirigieron al pueblo, atacando a todo aquel que se cruzaba en su camino y destruyendo todo a su paso. Decidieron que tenían que ocultarse, pero su hija siempre había sido rebelde y había escapado.
No les sorprendió que fuera con el marinero, después de todo le quería bastante, lo que les sorprendió fue ver la casa sola y temieron lo peor. Tomaron a su hijo y mascotas para buscarla, no querían arriesgarse y separarse. Por lo tanto, se mantuvieron juntos mientras buscaban a su hija y cuando los localizaron, no podían estar más aliviados.
Había una parte de la historia que no habían contado, pero no era necesario, que todavía no se marcharan fue suficiente. Seguramente ahora se encontraba su casa junto con el laboratorio en llamas, iban a pedirle que les permitiera quedarse en su casa ahora que él se marchaba.
Los miró e hizo cálculos, la comida debería bastar; tarde o temprano la enfermedad se esparciría y cuando eso pasara sabía que solo ellos serían capaces de detenerla. Miró el cielo y una estrella resplandeció con mayor fuerza que las demás, le daba su bendición.
Estaban por pedir su casa cuando él les interrumpió y con una sonrisa tranquila les dio las llaves de su bote, no aceptaría un “no”. Querían llevarle también, pero no había suficientes provisiones y él lo sabía, no subiría. La despedida era dura, pero no podía ser larga, escuchaban a la multitud acercarse.
El marinero no subió al barco esa noche, pero una familia y la esperanza de aquel mundo lo hicieron y eso era más que suficiente para él.