Albert Einstein conoció a Tótila en Alemania antes de la Segunda Guerra Mundial y habría recibido con gran impresión su obra escultórica. Einstein, entusiasmado con el chileno de habla alemana, iba a menudo al taller de Tótila mientras este esculpía su cabeza en bronce para la inmortalidad. Einstein, refiriéndose a la obra escultórica de Tótila, decía maravillado:
«Esto es espíritu de mi espíritu».
Sin embargo, la guerra se encargó de separarlos, sin volver a juntarlos más. Pero en la conciencia de ambos quedó la certeza de saber que eran de la misma raza espiritual.










