Por Jorge Eduardo Venegas Sánchez.
Navidad está por llegar. No puedo creer lo rápido que pasó el tiempo, ayer aún me veía jugando con mis grandes muñecas, vistiéndolas con sus lindos kimonos mientras servían el té. La fragilidad de esa niña amada por la pureza de sus actos se conservaba en mí hasta hace unas cuantas semanas. Irónicamente, cuando me quejaba constantemente de la velocidad de las horas, ahora pareciese que el reloj no avanzara, un día transcurre como un año y un año transcurre como un siglo. Hasta el día en el que me apoderaba de felicidad, me estremecía al pensar en los dos meses que faltaban para cumplir mis dieciocho años, hoy, no sé si seguiré viva para esa fecha, de cualquier forma, yo ya dejé de existir.
Ahora me encuentro encerrada en este tipo de sótano impregnado por el amargo sabor del suplicio. La temible oscuridad reinaba por completo el limitado espacio que me envolvía, mientras que los millones de insectos trepados en mis extremidades desnudas, se adhieren a la viscosidad provocada por los cientos de fluidos que han derramado sobre mi piel herida. Anoche soñé de nuevo con mis padres, mis amados protectores, como deseaba verlos por última vez, mientras ellos creían que había tomado un inesperado arranque de libertinaje por la ciudad, la única verdad era que la repugnancia me estaba consumiendo poco a poco en esta prisión silenciosa, y de haber sabido que no volvería a escuchar sus voces nunca más, no dudaría ni un segundo en decirles que los amo.
Treinta días jamás habían pasado tan lento. Cuando una persona que anteriormente ha expresado sus sentimientos amorosos por ti, y amablemente aparece a mitad de la semana para invitarte a salir después de clases, automáticamente piensas en una divertida cita, acompañados por un humeante plato de ramen, un rollo de sushi o una simple e inocente salida al cine. Realmente esperaba eso de Miyano, reconozco que en un principio fui descortés al ignorar sus intenciones, pero no pretendía ser falsa, no tenía ganas de salir con él. Sí, había escuchado los rumores, llegué a ser testigo de su poder ejercido sobre los demás, vi el escalofrío que recorría el cuerpo de mis compañeros ante su presencia, todas las piezas estaban al alcance de mis ojos pero hice caso omiso a cada una de ellas, que ingenua fui.
Era un hermoso martes de noviembre, el penúltimo del mes. Hacía un poco de frío, pero aun así tenía ganas de disfrutar del agradable clima, así que acepté su invitación. Yo le ofrecía mi amistad, a pesar de que no lo conocía muy bien, me simpatizaba un poco la idea de acompañarlo por ahí, en los alrededores de Tokio. Las clases se hacían más pesadas con el paso de las horas y me venía muy bien relajarme de tanta presión. Mis calificaciones eran excelentes, este ciclo escolar demostraba que tenía las aptitudes necesarias para sobresalir en las asignaturas, a diferencia de muchas de mis amigas, a mí si me gustaba estudiar.
Cuando teníamos recesos me juntaba mucho con Midori, de vez en cuando le ayudaba a practicar su redacción y ortografía, y otras veces nos reuníamos en el patio para ver a los chicos jugar. En una ocasión me preguntó si me gustaba alguno de ellos, y yo le respondí que no, por supuesto que algunos jóvenes eran bastante atractivos, pero no me interesaba entablar algo más que una amistad, sobre todo porque las chicas de mi edad no tardaban mucho en intentar emparejarte con alguien, por eso optaba con darle un fin abrupto al tema, simplemente no estaba lista para los noviazgos.
La mayoría de los estudiantes sabían que Miyano se había interesado en mí, cosa que me ponía en una situación incómoda ya que todos le tenían miedo. En los baños, cafeterías y aulas del instituto murmuraban continuamente lo mismo: Hiroshi es malo. Tanto era su pavor que la mayoría lo llamaba por su apellido para mostrarle respeto, era absurdo, puesto que yo no veía nada misterioso en él, hasta ese día, supongo que su forma de tratarme era muy diferente que con los demás, pero llegó el momento en el que se cansó de fingir.
Mientras caminábamos hacia su auto, pude sentir las miradas de la muchedumbre que se encontraba a nuestro alrededor, en ellas, percibí algo de preocupación, como si supieran muy en el fondo que desde ese día jamás volvería a ver la luz del sol, quizá, podría observar continuamente los brillantes rayos del atardecer con el pasar de las décadas, si algún estudiante del colegio nos hubiera visto; su plan era perfecto.
A unos cuantos metros del vehículo, rápidamente capté a otras tres personas dentro. Me detuve y le pregunté quiénes eran y qué hacían ahí.
- Son mis amigos, los llevaré a casa, me dijo.
Me abrió la puerta delantera y no muy convencida con lo último dicho me senté en el asiento del copiloto e inmediatamente los reconocí: Minato Nobuharo, Jo Kamisaku y Watanabe Yasushi. Anteriormente merodeaban por la escuela y de vez en cuando los veía cortejando con las chicas de la clase de letras, pero jamás había tenido contacto con ellos.
Durante el trayecto los tres acompañantes ubicados en la parte trasera del coche comenzaron a murmurar un montón de frases entre ellos cautelosamente para que nadie los pudiera oír, a la vez que Miyano conducía concentrado mientras sus ojos se perdían en la carretera, el ambiente se había vuelto tan pesado que difícilmente podía respirar, intuía que algo estaba mal. No pasaron ni cinco minutos cuando Yasushi me tomó por sorpresa tapándome la boca y al intentar reaccionar Kamisaku me inyectó una sustancia en el cuello, durmiéndome.
Después de tanto tiempo, cómo anhelaba que esa inyección me hubiera matado. Si ahora mismo se atravesara un espejo delante de mí estaría viendo a una patética adolescente japonesa con el cuerpo tan delgado que sus huesos se volvían cada vez más notorios, su piel pintada en púrpura gracias a los moretones, cicatrices, quemaduras y cortadas tan infectadas que simplemente formaron parte de su ser, cubiertas de sangre coagulada, pus y todo de tipo de suciedad imaginable. Sus manos rojas como la granada de tanta resequedad y putrefacción por los dedos amputados con anterioridad, sus genitales tan explorados que no lograban distinguirse por las incontables lesiones provocadas en las áreas cercanas como sus petrificadas piernas, finalmente, llegamos a su rostro, débil y descuidado, más pálido que la nieve, con los ojos hinchados, nariz rota y una boca tan seca que no ha probado bocado en unos cuantos lustros.
En cuanto desperté la inquietud me comía paulatinamente. Me encontraba atada de manos y pies contra la descarapelada pared de una especie de sótano, ligeramente iluminado por una bombilla que estaba punto de fundirse. Mi uniforme se encontraba desgarrado y mi boca había sido sellada con un pañuelo sucio cuyo nudo llegaba hasta mi nuca, por más que intenté gritar, ni un solo sonido logró salir de mi garganta, al final, fue tanto el esfuerzo que hice para que mis sollozos retumbaran por la pequeña habitación que me rendí y decidí guardármelos.
Al final de cuentas, mi arduo empeño de ser escuchada no pasó desapercibido. Minutos después, la estrecha puerta de la esquina se abrió y Nobuharo entró en el lugar, acercándose lo más rápido que pudo hacia mí con cierta malicia en su asquerosa sonrisa.
- Al fin despiertas, maldita ramera – pronunció y me escupió directamente en la frente.
La repulsión inundó cada rincón de mi espíritu y al encontrarme paralizada proyecté todo el odio que sentía en mis ojos, lanzándole la peor de las miradas.
- Espero que te guste tu nuevo hogar nena, lo hemos preparado exclusivamente para ti. En realidad estamos en el huerto a unos metros de mi casa, pero esta vieja bóveda servía como el refugio de los desperdicios y montones de basura que no necesitábamos dentro, antes venían miles de ratas y se comían todo, habitaban esta pestilente choza junto a las arañas, y ahora la habitarás tú, ponte cómoda, porque pasaras mucho tiempo aquí, te pudrirás como la bazofia que eres, quiero que sepas, que por más que lo intentes, jamás lograrás escapar – lanzó una carcajada siniestra y en ese momento me dio una fuerte patada en el estómago, haciéndome retorcer del dolor.
Mientras cerraba la puerta y metía la llave por la perilla, las lágrimas caían por mi rostro sin cesar. Mi sufrimiento era inexplicable, sentí como el cristal de mi alma se rompía en mil pedazos, pedazos que se clavaron en mi interior justo para provocar la agonizante sensación de la impotencia, lastimándome más fuerte que la patada. Sabía que la tortura estaba a punto de comenzar pero, ¿por qué? No le había hecho nada a ese tipo, ni siquiera lo conocía, a él y a los otros que me atacaron, tenía que ser una pesadilla, no podía estar pasando algo así. Luego, me acordé de Miyano, mi acompañante, mi pretendiente. ¿Él estaba involucrado en esta calamidad? Seguro que sí, no hay ninguna explicación al respecto, las dudas me invadían por completo.
Lo confirmé con el paso de los días. En un principio me tenían amarrada por horas con la boca tapada, se dedicaban a usarme como su saco de boxeo mientras bebían cerveza y se burlaban de mi sumisión. Había pasado una semana cuando Hiroshi entró en el sótano, se sentó en un rincón y rompió en llanto mientras yo lo veía estupefacta ante tal situación, comprendí que era un monstruo, que toda su miserable vida se basaba en el sufrimiento y ahora se desquitaba conmigo, mi insistente rechazo ante sus insinuaciones fueron la gota que derramó el vaso, me lo confesó todo sin tener que pedírselo, incluso mencionó una organización llamada Yakuza, de la cual formaba parte, ¿acaso me creía una estúpida?, conocía ese nombre, pertenecía nada más y nada menos que a la mafia más poderosa de los últimos meses, recuerdo que la sospecha estaba en boca de todos en la escuela, quienes no tenían idea de cómo describir este tipo de sectas criminales, llenas de enfermos mentales como él.
Se mantuvo en silencio un momento y luego se acercó a mí, no le tenía miedo, pero comencé a llamarlo por su apellido, para que su retorcida mente pensará que lo idolatraba, que lo veía como un Dios, que le correspondía; lo mejor que podía hacer en esas circunstancias era jugar con su psicología. Repentinamente, me tomó del mentón para darme un beso en los labios, uno que solo él disfrutó, y claro que se dio cuenta de mi desagrado, pues en ese momento enfureció tanto con mi reacción que disparó fuego de sus ojos y soltó un desgarrador grito de furia, para meter su mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y extraer un poco de cinta industrial que rápidamente colocó sobre mi boca.
Bajó su mano hacía mi desgastada ropa interior y la arrancó con fuerza, mientras mi rostro expresaba toda la desesperación por lo que estaba a punto de pasar, los gimoteos no se hicieron esperar. Pasó una eternidad para que terminara, y cuando finalmente me dejó sola, no quedaban más lágrimas en mi corazón. Nunca pensé que llegaría un momento tan horrible como este, realmente no me lo merecía, de la nada, mi castidad desapareció, él me la arrebató, junto a los miles de sueños que una adolescente anhela, sus rudos movimientos hicieron sangrar mis partes íntimas a tal punto que creí que nunca se detendría, una vez más, hubiera preferido que la hemorragia no se detuviera nunca.
Eso tan sólo fue el inicio, tanto Nobuharo, como Yasushi y Kamisaki me tomaron de las peores formas posibles hasta convertirme en un juguete indefenso, presa del calvario diario al que fui sometida. En ocasiones, cuando despertaba en medio de la madrugada descubría botellas de cerveza introducidas en mis cavidades, algunas de ellas se rompían incrustándose en mi carne, provocando cortadas punzantes que llegaban hasta la ingle, y a pesar de que el dolor era insoportable, mi corazón sufría más.
Todas estas acciones llegaron a hacerme perder el control de mis esfínteres, así que llegué a orinarme encima varias veces, cuando ellos se daban cuenta de esto, me obligaban a beber el líquido, y si no lo hacía, me quemaban el pecho con cigarrillos. Es curioso, porque la orina me mantenía con vida, jamás me permitieron tomar un sorbo de agua y mucho menos me otorgaban algo de comida, si llegaba a rezongar por el hambre, Kamisaki se encargaba de introducir cucarachas vivas en mi boca, apretando mi mandíbula para que las tragara instantáneamente, el cosquilleo que producían los insectos sobre mi lengua generaban unas inmensas ganas de vomitar.
Me encontraba bailando felizmente en mi habitación mientras mis padres meditaban en sus alcobas, pensé en las vacaciones perfectas fuera de Japón, tenía ganas de conocer el mundo, visitar todos los países que pudiera, me había portado bien, y mis protectores me prometieron un viaje, sería el regalo perfecto para esta fecha, eso era lo que quería, entonces mi madre me llamó dulcemente desde la puerta varias veces:
Entonces el impacto de una fuerte bofetada me hizo reaccionar y abrir los ojos, por primera vez, en todo mi secuestro, había soñado algo lindo.
- Despierta, bonita – era Hiroshi, que me despertó a base de cachetadas.
Mi mejilla palpitó hasta inflamarse. El día que esperé por mucho tiempo había llegado, hoy era Navidad. El psicópata me dijo que tenía una sorpresa para mí, y que unas horas más tarde me sacaría del sótano. La ilusión de viajar por el mundo era mi fascinación desde los cinco años, mis padres me lo habían jurado como regalo de cumpleaños, pero como era muy probable que nunca los vería de nuevo, esperaba que tomaran esos viajes juntos. La última vez que hablé con ellos, fue al tercer día de mi captura, cuando Nobuharo me forzó a mentirles a través del teléfono, diciéndoles que había tomado la decisión de mudarme temporalmente con una amiga al otro lado de la ciudad, que no se preocuparan si no sabían mi paradero, que estaba bien. Por supuesto, estaban decepcionados, como lo estaba yo por permitir que estos enfermos abusaran de la integridad de una adolescente responsable, llena de metas, de objetivos, de principios. Cuando colgó, lloré mucho por engañarlos, pero sabía que si no lo hacía, los mataría también, mi deber era protegerlos ahora que yo estaba perdida.
Como lo prometió, Hiroshi me sacó de ahí, y me metió a la casa de su cómplice, que era aún más aterradora que la inmunda cueva en la que me encerraron un mes y tres días, el lugar se encontraba en penumbra, la luz no entraba por las ventanas. Al fondo de la cocina, vi una sombra moverse, al principio no le hice caso, hasta que comencé a escuchar sonidos, estaba cocinando. Después de varios minutos, divisé mejor su silueta, era una mujer, luego caí en cuenta de que era la madre de Nobuharo. Cuando me vio, su rostro expresó horror, y sin decir una palabra, se acercó lentamente y me dejo un plato con un poco de ramen, degusté ansiosa su rico sabor, estaba delicioso, probé cada esencia depositada en el recipiente porque sabía que nunca más volverían a alimentarme.
Los padres de mi raptor casi nunca estaban en la morada, aunque una vez, traté de salir por la puerta trasera arrastrándome y sin darme cuenta un señor de avanzada edad me descubrió, corriendo despavorido a avisarle a mis captores, que llegaron en un santiamén a propiciarme una larga paliza. Ninguno de los dos adultos trataron de ayudarme, aunque no los culpo, ellos también fueron amenazados por Miyano, si en alguna circunstancia se enteraba que sentían compasión o estaban de mi parte, los degollaría, al igual que todos mis antiguos compañeros de clase, también le tenían miedo.
La noche siguiente, uno de los cuatro me inyectó lo mismo que cuando me raptaron y me ató contra la pared del baño, mi visión era borrosa, completamente ausente de lo que pasaba, y antes de desmayarme, más de mil hombres entraron en el cuarto, no sabía por qué, ni tampoco para qué, finalmente, caí rendida. No salí de ahí en una eternidad, los mil hombres que había visto drogada realmente eran doce, y todos ellos me tomaron cuando estaba inconsciente, Kamisaki me confesó cruelmente que me drogó a lo largo de cuatro días, y que aproximadamente cien personas habían entrado, todos miembros de Yazuka.
Seguido de esto, me obligó a arrastrarme escaleras abajo y después de una hora lo pude hacer, tomé una insignificante siesta y al despertar, el salón principal irradiaba una linda pero escasa luz, había amanecido. Sobre la mesa de la cocina colgaba un calendario, era nuevo, no me sorprendí mucho pero no pude evitar los sollozos cuando caí en cuenta de que era 2 de enero. Llegó 1989. Feliz año nuevo. Pasaron ya cuarenta y dos días desde que llegué al infierno y me preguntaba cuánto tiempo más pasará para que terminen conmigo, ¿Qué tenía que hacer para llegar al cielo?
“Sería un año maravilloso, me esperaban grandes aventuras, historias fantásticas que narrar, no tenía que esperar mucho, un par de semanas solamente, por primera vez me subiría a un avión, ojalá no me ponga nerviosa”
La imaginación es un arma poderosa, en octubre, no dejaba de pronunciar lo mismo, una y otra vez, en lo profundo de mi intelecto. Mi vida fantástica pasó a ser destruida con una simple invitación, cuando estaba a punto de alcanzar mi sueño, llegó el viento y se lo llevó.
Los miércoles, los cuatro maníacos tomaban asiento en el comedor y jugaban al mahjong, regularmente a mí no me gustaba, pero era sencillo, lo único que necesitabas era desarrollar tus tácticas y conocer a tu rival. Esa deprimida tarde Nobuharo me forzó a competir también, el cuarteto era bueno, todos tenían experiencia, y se pusieron de acuerdo para insultarme cuando llegaba mi turno y gritaban al unísono que no tenía ninguna oportunidad de ganar ante ellos.
Pasó una eternidad cuando hice que se tragaran sus palabras, increíblemente había vencido al resto y me convertía en la ganadora absoluta del mahjong, aunque quizás no debí tener tanta suerte, pues mi competencia estallaba en furia mientras que las fichas del juego se golpearon contra el muro. Atemorizada, traté de escapar pero el impacto del potente puñetazo que recibí en la cara me hizo estamparme contra el suelo, dejándome sin aire en los pulmones.
Afortunadamente, el fin estaba cerca. Aprovechándose de mi inmovilidad, me rociaron con algo frío de pies a cabeza, entretanto sus risas y carcajadas se consagraron como mi música de fondo. El penetrante olor de la gasolina me impregnó, seguramente todo estaba predicho, aún en estado vegetal, era consciente de que el martirio cesaría hoy. Sumergida en mis pensamientos, la expresión seria de Miyano se encontró con mis húmedos ojos, y pronunció dos palabras que me dejaron atónita, indirectamente, se despedía de mí: Adiós, amor.
El calor de las flamas se prolongó por cada centímetro de mi consumido ser, y en cuestión de segundos me convertí en la mujer de fuego, antes de irme vi mi corta vida pasar, vi a mis padres, a mis amigos, a Midori, la felicidad me inundó tanto que incluso en esas circunstancias logré sonreír por última vez, hasta que los latidos de mi corazón se extinguieron, aquí estaba la respuesta sobre cómo llegar al cielo. Todos mis pesares se desvanecían poco a poco y de pronto sentí una majestuosa satisfacción al verme completamente ilesa, limpia, feliz y tranquila en el reflejo del río espumoso que estaba ante mis pies, vestía un largo vestido blanco y mis alas eran más grandes que el universo. Este era el paraíso, lleno de pájaros y un cielo brillante, donde la gloria se respiraba por doquier.
Por fin dejé atrás el perverso abismo donde fui torturada y violada durante cuarenta y cuatro días consecutivos, en los que sufrí constantemente hasta la llegada de mi muerte. Si alguna vez te llegan a contar mi historia, probablemente te dirán que fue uno de los crímenes más horripilantes suscitados en Japón, donde una estudiante fue secuestrada a finales de noviembre de 1988 y asesinada el cuatro de enero de 1989, a tan sólo dos semanas de su cumpleaños número dieciocho, sus restos, fueron encontrados un año después cubiertos en cemento, depositados en un bidón metálico en las afueras de la ciudad.
Esto es simplemente algo que pasa todos los días, en cualquier parte del mundo. No permitas que nadie más pase por lo mismo, recuérdalo por favor, te lo pido. Cuídate mucho, te deseo una vida plena y maravillosa.